Colón en la autopista Guaicaipuro y Mamerto Ñáñez Pinzón (Parte I)

Segundopaso - Imágenes oníricas vienen a mi mente cuando escucho el nombre del infame Cristóbal Colón, sobre todo luego de que lo vi bailando chachachá en el estreno de la ópera bufa Los Martirios de Colón (1993) del compositor Federico Ruiz, basada en los textos satíricos del periodista y humorista venezolano Aquiles Nazoa (1920-1976): “Los martirios de Colón, fragmento de un diario escrito por el famoso erudito Mamerto Ñáñez Pinzón” e “Importancia y Protección de la Ñema de Colón” del libro Humor y Amor (1971).

He tenido varios encuentros con Colón en mi memoria sin haberlo nunca convidado. Nada bienvenido es ese marinero pelucón que debió haberse atorado en el mar de los Zargazos por falta de vientos hasta ser engullido por las anguilas. Pero siempre está allí diciendo “yo no fui”, el muy descarado. Su sombrerito siempre me ha parecido un barquito encallado en el guano de la historia, pero el intruso lo asoma de vez en cuando por la ventana o se le ve pasar en calzones huyendo hacia adelante donde el mar se ha convertido en fuego vengador.

Recuerdo, con total nitidez, la primera vez que lo vi estampado en los libros de primaria. Me parece estar oliendo en este momento esa mezcla maravillosa de pegamento y tinta que emanaba de los textos de estudio de la escuela. Siempre me agradó ese efluvio que brotaba del bulto, que era como llamábamos al bolso, morral o maletín donde llevábamos los útiles, cuadernos y libros. El mío era un maletín de cuero que, con el tiempo, provocó una callosidad en mis manos, pero hasta eso formaba parte de mi tradicional atavío como imberbe y barbilampiño escolar; además, esta marca daba fe de mi inquebrantable prosecución educativa. Ahora sé que esos tiernos años de formación transcurrieron sin percatarme que estaba siendo sometido a un proceso educativo signado por la ideologización y desculturización; y de manos de quién, pues del oportunista Colón.

Este recuerdo, que es imborrable, viene íntimamente ligado a otro que fue forjado en mi memoria por la yerra, al rojo vivo, de la educación colonizadora: el tenaz esfuerzo y la voluntad misionera de las maestras para que memorizáramos el nombre de las tres carabelas (que siempre confundí con su parónimo calaveras) invasoras del extraviado Colón y la fecha del Descubrimiento de América, así como algunos datos de esa lección contenida en el libro Nociones elementales y ejercicios prácticos, que fue una herramienta didáctica diseñada para el olvido de la identidad y la confusión histórica. En los grados superiores la lección histórica fue básicamente la misma, solo se incrementó la complejidad de la información, el nombre de los tripulantes principales de aquellas cara (cala) belas (veras), las fechas de los viajes y los intríngulis y tejemanejes de los negocios con la reina Isabel; quien, por cierto, estaba muy envalentonada tras haber ganado la Guerra de Granada contra el sultanato nazarí, lo que la historia cataloga como la Reconquista, un término con una fuerte carga ideológica nada neutral y que apesta a Cruzada.

Otro momento en que le vi las calcetas al contratista isabelino fue en la universidad donde estudié, cuando un honorable profesor y mentor político dijo en su clase de literatura latinoamericana que la conquista española se hizo a sangre y fuego, que aquello fue un exterminio sistemático, un etnocidio, un culturicidio o, más bien, glotofagia o lingüicidio, dado que asesinar a los pueblos es asesinar también sus lenguas originarias (y viceversa), lo cual constituye un genocidio semántico cultural. Me impresionó su narración bien argumentada y documentada. Su relato enumeraba vehementemente, uno tras otro, las barbaridades y atropellos apocalípticos cometidos por aquellos hombres fusionados a sus caballos, cuyos cuerpos enjaulados o acorazados y el fuego de sus arcabuces causaban terror entre los pobladores sometidos al proceso de conquista.

Para constatar todo aquello, el noble profesor nos recomendó la lectura de la obra de dos autores fundamentales, Darcy Ribeiro y Eduardo Galeano. El primero nos proporcionó una cifra alarmante que supera cualquier holocausto y genocidio en la historia de la humanidad. Según este antropólogo brasileño, los traumáticos procesos de conquista y colonización hicieron que la población indígena en América se redujera de unos cien millones de habitantes a tan solo tres millones y medio, esto en apenas ciento cincuenta años. Al leer estos dos autores - los cuales recomendamos a quienes deseen comprender el pasado y el presente de Nuestra América- pudimos conocer que en aquellos tiempos las calamidades eran como nubes de langostas que se zampaban en un tris a los hombres de maíz. Todo ello a causa de la gente non sancta que nos vino a visitar a finales del siglo XV.

Una de los más atroces hechos fue el uso de armas biológicas, con el fin de causar devastadoras pestes y epidemias en la población indígena. Lo hicieron de manera involuntaria o como parte de una perversa estrategia militar, o ambas, no sé, lo cierto es que las bacterias y virus endémicos de Europa diezmaron las poblaciones y facilitaron su sometimiento. Los indígenas morían como moscas, indefensos ante las nuevas enfermedades: la viruela y el tétanos, la caries; las enfermedades pulmonares, como la tuberculosis, la neumonía y el coqueluche (que no sé lo que es, ni quiero saberlo, pero suena muy feo); las de tipo intestinal; enfermedades venéreas, como la gonorrea y la sífilis; el tracoma, el tifus y la lepra; la gripe, el sarampión, la malaria, las paperas y la manía de no bañarse, agregaría yo. Y a pesar de tanta plaga y mugre importada, sobrevivieron reductos de aquellas asombrosas culturas que poco a poco prosperaron poblacionalmente y que hoy día levantan su voz para exigir el derecho sobre sus tierras y sobre sus vidas. Si esto no es RESISTENCIA no sé qué pueda ser.

Por otro lado, se implementaron distintas estrategias para aplacar la rebeldía y disminuir los frentes de resistencia como, por ejemplo, la compra de conciencias con el oro de la traición. Reclutaban para ello, malinches y cipayos conversos que estaban ansiosos de poder y venganza. O las guerras de exterminio entre poblaciones, provocadas por los conquistadores españoles. En esa écfrasis documentada en códices y crónicas se encuentra la muerte por esclavitud, pero también el canibalismo, el empalamiento, el descuartizamiento, la quema de personas vivas, las violaciones y otras conductas nada cristianas ni apostólicas, aunque sí muy romanas, propiciadas por aquellos brutales invasores venidos allende el mar, alucinados todavía por los mitos y leyendas medievales. Todo ello encomendado y financiado por una monarquía supremacista, amparada en el fundamentalismo católico (inquisitorial) y su ideología misionera que dejó su hedionda huella en la maltrecha Abyayala. 

El siguiente encuentro que tuve con el nefasto y codicioso genovés y la ignominiosa historia de la conquista y colonización de América fue cuando leí Las venas abiertas de América Latina, del inolvidable escritor Eduardo Galeano. En realidad, se trata de tres campañas o jornadas de lectura, con varios años de por medio entre una y otra. La primera fue cuando era estudiante de Letras en Mérida, otra estuvo ligada a la figura del comandante Chávez, a su discurso a favor de los pueblos indígenas, y la otra a Barak Obama. Respecto a la primera, confieso que me abrumó tanta información detallada sobre aquel ultraje que continúa impune hoy día. No tenía idea de que esas atrocidades alcanzaron dimensiones verdaderamente infernales y que hayan ocurrido justo aquí, en la tierra por donde hoy camino, vivo y sueño. Vaya campanada a la conciencia, vaya despabilamiento del pensamiento; por décadas, el velo que me cegaba había estado alimentándose de la falsaria mediática, de la mentira academizada, hasta que llegó Galeano y mandó a parar, como lo cantaría Carlos Puebla. Cuando ese gordo velo cayó al suelo, retumbó la tierra.

Sí, aquella primera cita con el genio de Galeano me abrió los ojos (así de chato y con ese cliché lo digo), pero casi al unísono tuve que cerrar las páginas de ese libro de cabecera para reposar mi mente por un tiempo y digerir aquellos métodos y formas tan sanguinarias del pillaje, descritos y argumentados metódicamente por el recordado escritor; pillaje que después de 528 años continúa sin castigo ni resarcimiento, sin confesión de parte ni rectificación histórica de los victimarios. Fue quizás esa manera tan particular de decir las cosas que tenía este uruguayo eterno lo que me impidió proseguir la lectura hasta el final; aclaro: cuando comprendí que en el presente seguimos padeciendo la misma expoliación y tropelía que las practicadas por aquellos primeros ladrones y asesinos advenedizos, solo que más avanzadas y efectivas, me produjo tal angustia, desconcierto e indignación que le di unas puntadas de sutura a esas venas abiertas para no ver correr tanta sangre, recursos e injusticias. Es decir, cerré el libro por varios años. Sin embargo, aquello que leí (que no fue poco), me aclararon muchas dudas acerca de la historia de América Latina y de los males causados por el poder hegemónico.

La segunda lectura del libro de Galeano la realicé días después de que el presidente Chávez instituyó el Día de la Resistencia Indígena, el cual fue sancionado por la Asamblea Nacional de Venezuela en el Decreto 2028 del 12 de octubre de 2002. Esta vez sí terminé de leer la obra completa, de cabo a rabo, de popa a proa, de estribor a babor. Los libros son como casas o barcas que uno visita o no, en ellas podemos conversar con quienes allí habitan para luego salir y regresar, o no, o simplemente decidimos quedarnos viviendo entre su tinta, si nos dejan. Esta lectura sí fue sistemática y continuada, no como la primera, en la que daba saltos de una página a la otra, de un capítulo a otro, de un dato a otro. Así que por aquel dichoso y trascendente evento y por la lectura, me tropecé de nuevo con el mequetrefe de Colón.

Mediante este Decreto se creaba una nueva identidad cultural. Ya no habría nada que justificara una celebración en ese día, sino que a partir de ese momento la fecha sería una oportunidad para enaltecer a los líderes indígenas que dieron su vida por la libertad (los caciques Guacaipuro, Tiuna, Tamanaco, Terepaima, Guaicamacuto, Naiguatá, Arichuna, entre muchos otros, en el caso venezolano), para condenar el genocidio y reivindicar la resistencia heroica de los pueblos originarios. Se acabaron los ridículos eufemismos, la hipocresía y el descaro impuesto por los historiadores burgueses, lameescudos de la rancia y monárquica madre patria. Ya no se dirá más Descubrimiento de América, Día de la Raza, Encuentro de dos mundos, Encuentro de dos culturas, entre otras boberías.

Incluso, el fallecido escritor y dramaturgo José Ignacio Cabrujas, que no renegaba de su pasado catalán y cuyos ancestros participaron probablemente en aquel raspa olla desenfrenado del Nuevo Mundo, razón por la cual simpatizaba con el término Descubrimiento, nos dice en su crónica “¡Barco!” (El Nacional, 1992) lo siguiente:

(…) llamar, «encuentro de dos mundos» o «de dos culturas» a lo que mi maestra de primer grado definía simple y francamente como descubrimiento y conquista, me parece una soberana idiotez o una joda divertida, a poco que uno piensa que ese «encuentro» no se ve ni existe por ninguna parte en la historia del continente … ni puede denominarse con semejante eufemismo la conducta de los marineros de la Santa María en 1492 o la interpretación que tenía de la propiedad privada un desalmado como don Alonso de Bobadilla, a quien el diablo continúe asando en la sexta paila por petulante y mala persona.

Ramón Medero

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