Colón en la autopista Guaicaipuro y Mamerto Ñáñez Pinzón (Parte II)

Segundopaso - Nadie que tenga un mínimo sentido de justicia desearía ser un alcahuete de la ignominia ni contribuir a que un Francisco Fajardo, un Diego de Losada o este Sarmiento trascienda los tiempos como héroe, sino que lo haga como pérfido malandrín, bribón y truhan; o como dijo Cabrujas, refiriéndose a don Alonso de Bobadilla, que el diablo continúe asándolo en la “sexta paila por petulante y mala persona”.

Durante la segunda conmemoración del Día de la Resistencia Indígena (2004) ocurrió algo interesante que es necesario mencionar aquí y comprender en su contexto. La estatua de Cristóbal Colón, obra del escultor venezolano Rafael de la Cova, fue derribada por el poder popular. Estaba situada en la Plaza Venezuela de Caracas. Más tarde, en marzo de 2009, fue retirada otra efigie de bronce del goloso genovés, a quien por cierto no le dijeron que aquí era de mala educación señalar con el dedo, porque su figura siempre apunta hacia alguna parte, como para distraernos. Esta obra era del escultor Arturo Rus Aguilera, estaba ubicada en el paseo El Calvario y su dedo señalaba hacia las torres de El Silencio (interesante casualidad)…

Ambas acciones tuvieron una connotación descolonizadora que exigía la reivindicación de los espacios públicos, los cuales habían sido secuestrados por la concepción clasista de la burguesía. Es decir, la clase dominante se había convertido en custodio e instancia legitimadora de la cultura colonial (Darcy Ribeiro) y por ello bautizó los espacios y las formaciones naturales con los nombres de los verdugos del pueblo. En este sentido, el comandante Chávez expresó esto durante un discurso de ese Día de la Resistencia:

“…no tenemos los venezolanos, no tenemos lo latinoamericanos porqué rendirle honores ni tributo a Cristóbal Colón. Cristóbal Colón fue la punta de la lanza de la invasión y del genocidio más grande que se recuerda en la historia de los pueblos… Convirtieron en héroes los asesinos que refundaron estas ciudades al estilo europeo, Diego de Losada aquí en Caracas, hasta un himno tiene Diego de Lozada, fue un asesino Diego de Losada, sépanlo, fue el Jefe de una partido de bandoleros y asesinos que atropellaron a los indios Caracas, que los masacraron; y le elevaron estatuas a Hernán Cortés, o a Pizarro, que no fueron sino los Jefes del genocidio, peores que Hitler, pero mucho, mucho más grave el genocidio de aquellos siglos a cualquier otro que podamos señalar en los últimos dos mil años y más… La mentalidad o más bien la ideología colonial como nos la inyectaron, es decir nos lavaron el cerebro, generación tras generación, que nos llevaron a lo absurdo de venir a rendirle armas y honores a Cristóbal Colón y de Guaicaipuro ni hablar.”

El pueblo sabe que una estatua y un rótulo o placa con el nombre de un criminal posee una carga ideológica tremenda; sabe que no se trata de algo inocuo o ingenuo. Sabe también que pronunciar repetidas veces el nombre de un malvado es como desgastar una mentira hasta que se convierte en verdad. Es como limpiar su inmundicia moral y enaltecerlo, mantener viva su memoria. Por ejemplo, siempre me pregunto cómo es posible que Domingo Faustino Sarmiento, quien conoció al heroico prócer José de San Martín, se le considere un héroe nacional en Argentina; es algo insólito que este genocida que exterminó y esclavizó a querandíes, diuihets, mapuches, taluhets, ranqueles y tehuelches durante la Conquista del Desierto (1878-1885), tenga estatuas erigidas en Buenos Aires y Boston.

Nadie que tenga un mínimo sentido de justicia desearía ser un alcahuete de la ignominia ni contribuir a que un Francisco Fajardo, un Diego de Losada o este Sarmiento trascienda los tiempos como héroe, sino que lo haga como pérfido malandrín, bribón y truhan; o como dijo Cabrujas, refiriéndose a don Alonso de Bobadilla, que el diablo continúe asándolo en la “sexta paila por petulante y mala persona”.

Volviendo al tema de las estatuas, los medios nacionales e internacionales quisieron descalificar estas acciones como actos vandálicos llevados a cabo por las huestes y esbirros del dictador Chávez; pero la historia es inclemente y hace justicia a través de la verdad. Los pueblos, tarde o temprano, arremeten contra toda aquella iconografía que represente la opresión. ¿Acaso no está sucediendo esto mismo en Estados Unidos, luego del asesinato de George Floyd? ¿No ha sido el poder popular estadounidense que ha derribado o exigido el retiro de gran parte de la estatuaria sureña que representa a los confederados y a los esclavistas? ¿Qué motivó a los movimientos antisupremacistas y antirracistas para que decapitaran recientemente una estatua de Colón en la ciudad de Boston? Solo sabemos una cosa, estos justicieros no eran indígenas ni venezolanos expertos en derribar a Colón de sus pedestales, y es posible que allí hubiera solo unos pocos latinoamericanos.

El hecho es que, sea donde sea, no se pueden erigir monumentos a genocidas, asesinos y canallas, esto debe ser una máxima moral de alcance universal ¿Acaso no es denigrante circular a diario por calles, autopistas y avenidas que llevan el nombre de nuestros homicidas; o contemplar una hermosa montaña cuyo verdor queda manchado por el apellido de un usurpador colonialista? Por tal razón, desde el año 2010, los caraqueños nos referimos al majestuoso cerro que nos separa del mar Caribe y nos protege de huracanes y tormentas tropicales como Waraira Repano y no como El Ávila; ya no evocaremos más el nombre del encomendero Alférez Mayor de Campo Gabriel de Ávila, Alcalde Ordinario de la ciudad de Caracas (siglo XVI).

De acuerdo con esto, parece que no fue suficiente todo el sufrimiento y el genocidio que han padecido los pueblos originarios por más de quinientos años, sino que los operarios y gerentes del colonialismo quisieron execrarlos de la historia, borrarlos a punta de bronce fundido; arrancarlos del léxico, echarlos por el retrete, hacerlos ceniza. Esto se conoce como culturicidio o memoricidio. Esta estratagema es harto conocida y muy utilizada por los imperios. De hecho, sus practicantes llegan al absurdo de describir el método y enunciar los pasos a seguir de manera pública y notoria, y además con cobertura mediática planetaria.

Un ejemplo de ello es el discurso que pronunció el presidente Obama (Premio Nobel de la Paz, 2009; aquí debería ir uno de esos emoticones que se ríen a carcajadas o ponen carita de ¡Por Dios!; o el del furioso enrojecido) durante la Cumbre de Las Américas, el 11 de abril de 2015, llevada a cabo en Panamá. Dijo el afrodescendiente desclasado algo como esto, palabras más palabras menos: “Debemos liberarnos de los viejos resentimientos y argumentos que nos han atrapado en el pasado… debemos mirar hacia el futuro…no podemos ser prisioneros del pasado”. Y en nombre de los valores universales apuntó esto otro: “Soy un estudioso de la historia, conozco los episodios en los que Estados Unidos no ha sido coherente con el respeto a los derechos humanos…Hay capítulos oscuros en nuestra historia y reconozco que algunas veces no hemos cumplido con los principios e ideales fundacionales de EEUU”. Luego, refiriéndose al presidente Correa, quien lo precedió en el orden de palabra, expresó más o menos lo siguiente: “No podemos pasar todo el tiempo hablando de agravios e injusticias pasadas… es una excusa muy cómoda utilizar a Estados Unidos para justificar problemas políticos nacionales, eso no va a aportar progreso y acabar con la pobreza… no me interesan las batallas que hubo antes de que yo naciera” (creo que no existe un emoticón que sea tan superlativo e hiperbólico como para acompañar esta trastada).

¡Válgame Dios!, con estas barrabasadas Obama le lanzaba un zapatazo a la historia como quien espanta una cucaracha a media noche y quiebra algún objeto de valor y lo hace añicos sin importarle un bledo, y sin matar la cucaracha por supuesto. Pero no piensen que eso fue espontáneo ni mucho menos, no, es algo calculado y medido, algo que forma parte indisoluble del discurso hegemónico para actuar en el inconsciente de toda la humanidad que lo escucha. Una manipulación, una seña confusa, la paradoja del malintencionado, una ópera bufa, algo así como: “Somos asesinos, pero creemos en valores universales; hemos cometidos algunos genocidios, pero solo son descuidos intrascendentes; olviden siempre el pasado, la historia no sirve para nada, eso se acabó hace tiempo, el mal que les hagamos hoy deben olvidarlo mañana”.

No, está prohibido olvidar, algún día el rey de España tendrá que pedir perdón por las masacres en América. Del mismo modo, algún día los Estados Unidos de América tendrá que pedir perdón por sus masacres, injerencias, bloqueos, cañoneos, golpes de estado, invasiones, bombardeos, sabotajes y asesinatos en Panamá, El Salvador, Nicaragua, República Dominicana, Granada, Argentina, Chile, Haití, Guatemala, México, Uruguay, Paraguay, Venezuela, Cuba y pare de contar. Algún día. Como dije antes, fue Obama, en este contexto, que me llevó a realizar la tercera lectura de Las venas abiertas de América Latina; era inevitable.

Pero a pesar de la conseja de Obama, le salieron al ruedo dos pájaros pico e’ plata que le cantaron varias verdades y hechos acerca del significado del pasado y la necesidad de conocer la historia para alcanzar la emancipación. El primero fue Raúl Castro, quien dio una clase magistral sobre el prontuario intervencionista de Estados Unidos en América Latina (los “momentos oscuros” a los que se refería Obama). Le recordó el contenido del perverso memorándum redactado por el Subsecretario de Estado Lester Mallory en 1960 y en el que recomendaba esto: sembrar el desencanto, el desaliento, la insatisfacción y todo tipo de penurias económicas en Cuba para acabar con el apoyo popular al gobierno revolucionario; debilitar la vida económica, reducir los salarios, privar de dinero y suministros con el fin de provocar hambre y desesperación en la población.

Luego vino Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, que le dijo al resbaladizo Obama: “La historia no está compuesta de testimonios oscuros y muertos… la historia es una fuerza viva… nos sentimos orgullosos de nuestra historia, no nos arrepentimos de ella porque no hemos bombardeado ni asesinado a pueblos hermanos… La historia no puede ser detenida ni ocultada”. El pobre Obama salió paticojo de aquella cayapa ideológica propiciada por los insurgentes.

Precisamente, como el pueblo ha ido tomando conciencia de la historia, ahora clama por implementar mecanismos de "descolonización y reivindicación". Es por eso que, a partir de ahora, en el marco de la reciente conmemoración del Día de la Resistencia Indígena, todos los espacios públicos en Caracas llevarán el nombre de nuestros caciques. El mismo día 12 de este mes se llevó a cabo el primer cambio. La autopista conocida como “Francisco Fajardo”, una las principales arterias viales en Caracas que une a Petare con Caricuao, ahora se llama “Gran Cacique Guaicaipuro”, en honor al indómito Jefe de Jefes que no dio descanso ni tregua a Fajardo en las montañas y planicies de este hermoso valle. Fajardo, en cambio, fue un mestizo que traicionó su origen indígena, un desclasado, aunque conquistador y colonizador muy animoso, que acabó ahorcado y troceado en cuartos por Alonso Cobos en Cumaná. Acabó como acaban todos los traidores, muerto por aquellos a quienes vendió su alma.

Ahora los venezolanos, tan inclinados al humor, en las horas de mucho tráfico, diremos “hay un Colón en la autopista Guaicaipuro”; y a Cristóbal, tan porfiado en querer asomarse por la ventana de la historia, lo veremos correr hacia el río Guaire, con un caucho inflado puesto sobre sus hombros, cuando escuche al pueblo preguntarse lo mismo que aquel esbirro de Isabel en la pieza de Nazoa: “¿Le suelto los perros?/ ¿Lo saco con humo?/¿Lo entierro? / ¿Lo inhumo?/ ¿Lo mando a peinar?”. Pero no se dejará lanzar a las fétidas aguas sin antes gritar, como cuenta el famoso erudito Mamerto Ñáñez Pinzón: “!No, no, yo no sé nadar!/ Hacedlo por patriotismo: / ¡No me tiréis al abismo / donde reina el calamar!” Nosotros le decimos ¡Adiós genovés!, saludos a Bobadilla, te deseamos lo mejor, y no te preocupes que de seguro allí, en el Guaire, navegarás entre iguales.

Ramón Medero

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