El Surgimiento De Una Civilización Desde El Desierto

Islamaldia - Quinientos setenta años después del nacimiento de Jesús, el Mesías –con él sea la paz-, en los márgenes de las grandes civilizaciones de esa época, Persia y Bizancio, tuvo lugar un gran evento simbólico.

Los habitantes del desierto de la Península Arábiga habían acopiado en La Meca diversos ídolos que eran adorados en el templo del profeta Abraham. Los relatos antiguos cuentan que este templo cúbico había sido construido para Dios y tomado el nombre de “la Ka‘bah”. Habían sido colocados símbolos especiales alrededor de la Casa de Dios que habían quedado como una reminiscencia de lo que habían realizado el Profeta Abraham, su hijo Ismael, y su esposa Agar. De entre los más importantes símbolos que se encuentran junto a la Ka‘bah se puede mencionar la fuente de Zamzam y el lugar donde se arrojaron piedras a Satanás.

Ese gran y significativo evento ocurrió cuando el rey de Abisinia, al otro lado de las aguas, decidió destruir el templo de la Ka‘bah porque ya la ceremonia del Hay, con aquel ritual de circunvalación alrededor de la Ka‘bah, se estaba propagando cada vez más, y atraía cada día a más personas hacia La Meca para realizar actos de devoción.

No está claro lo que discurría por la mente del rey. ¿Acaso quería hacer esto por Dios o por Satanás? Quizás él era un representante de la civilización cristiana bizantina para detener a los árabes que en esos días, no obstante ser simples habitantes del desierto, tenían ciertas ceremonias dudosas que sustituían a la espiritualidad judía y cristiana.

Abrahah era ese mismo rey que se había dirigido a la península con un ejército de elefantes, a raíz de lo cual ¡tuvo lugar otra señal! Unos pájaros sobrevolaron sobre el ejército y soltaron guijarros sobre las cabezas de los soldados, y no quedó vivo más que uno solo de ellos para que pudiera llevar la noticia de ese sorprendente portento al rey, para luego tener él el mismo final.

Los árabes, que no sabían mucho sobre la civilización, las matemáticas y el calendario, dispusieron que ese año sería un nuevo comienzo de su historia, y lo llamaron el Año del Elefante, solo que no sabían que en ese mismo año, nacería un niño que, cuarenta años después, ¡cambiaría el mundo!

Desde el principio, Dios Único presentó a sus profetas una misma religión llamada “Islam”, desde aquellas épocas en que Adán era el único ser humano, y en que Noé con unos pocos seguidores se embarcó en el Arca y el agua ahogó a los politeístas y los incrédulos. Asimismo, Abraham invitó a la religión de Dios, el Islam, al punto que fue condenado a ser quemado en el fuego. ¡El fuego que a su vez también fue una señal cuando se volvió frío y no quemó a Abraham!

¡Todas fueron señales que una tras otra, estaban dirigidas a la ignorancia y la civilización humanas! Cuando los seres humanos se queman en su propia ignorancia, y cuando se jactan de su propia civilización, caen de bruces en el suelo y son salvados por una lluvia de señales. Ahora, en “el Año del Elefante”, había surgido una señal de un nuevo símbolo. Una pieza de un gran rompecabezas estaba generándose y conformándose. Piezas que en algunos casos tardan hasta cuarenta años en construirse y consumarse para que en el momento previsto realicen su calculado movimiento.

Cuando Moisés dejó a su pueblo, les dijo a sus seguidores que el Mesías vendría pronto. Los judíos esperaron al Mesías prometido, y cuando se afirmó que él había aparecido, a pesar de que muchos aceptaron su religión, algunos lo consideraron un mentiroso y trataron de matarlo. Jesús mismo era una señal, porque no tuvo padre, porque su madre María lo trajo al mundo milagrosamente, y porque habló en la cuna. El hecho de que Jesús permaneciera vivo, cuando se dijo que había sido crucificado ¡fue como cuando Abraham fue salvado del fuego! Jesús sobrevivió, así como Abraham lo hizo. Los cristianos y los judíos supusieron que había sido matado. Es así que los judíos, siguiendo lo encomendado por Moisés, continuaron esperando al genuino Mesías prometido, en tanto que los cristianos también permanecieron a la espera de que reapareciera. ¡Acusador y acusado, ambos esperan al Mesías!

Ellos sabían que éste no era el final de la historia. Las predicciones religiosas les dijeron que para el advenimiento del Mesías debía completarse el último eslabón del Mensaje. Las señales indicaban que el Profeta del final de los tiempos nacería en la Península Arábiga, al margen de Persia y Bizancio, las civilizaciones de aquellos días. Algunos judíos y cristianos se dirigieron al desierto de Arabia para presenciar la gran señal. El Año del Elefante era en sí mismo una señal, pero muchos no sabían lo que estaba ocurriendo. ¡Todavía hacían falta cuarenta años para eso!

Las civilizaciones de Persia y Bizancio se enfrentaban entre sí. Las guerras y retiradas continuaban, y los árabes seguían viviendo bajo un sistema de simples clanes y alejados de la civilización. Pura ignorancia. Eso mismo conformaba una señal. Transcurrieron cuarenta años hasta que una persona de entre los descendientes de Ismael, el hijo de Abraham, tal como lo hiciera Jesús, proclamó ser profeta. Él era monoteísta ¡pero sin ser ni de los cristianos, ni de los judíos! Él surgió en medio de idólatras y de clanes árabes idólatras. ¡Esos mismos que habían convertido a la Ka‘bah en un templo de ídolos! La Ka‘bah en aquel entonces no había sido destruida porque el ejército de elefantes había sido repelido. Los ídolos estaban esperando a otro Abraham, de la descendencia de Abraham, para ser destruidos.

Pasaron cuarenta años, y Muhammad anunció que Dios lo había elegido. Muchos no lo aceptaron hasta que vieron los milagros uno tras otro y escucharon la verdad, al punto que multitudes aceptaron el Islam, ¡incluso judíos y cristianos!

¡Pero todavía había personas que no creían! ¡Las señales no eran suficientes para ellos! El gran rompecabezas estaba siendo completado. ¡La última pieza también apareció para ser la iniciadora de una nueva civilización en el mundo desde el corazón de la zona geográfica más carente de civilización de la Tierra! Esta vez la religión de Dios era escrita en árabe y el milagro de Su Profeta era un Libro inserto en lo profundo de la ignorancia.

Él informó de parte de Dios que Persia había vencido a Bizancio, y dijo que pronto sería derrotada, y así sucedió. Los seguidores de Muhammad, tras él, se dirigieron hacia el mundo más allá del desierto de Arabia, e increíblemente ¡recorrieron los territorios de Persia y Bizancio y llegaron hasta China y Egipto! Desde Al-Ándalus hasta Abisinia pasaron a ser territorios del Islam.

¡Pero todavía quedaba algo en la oscuridad! Destruyeron civilizaciones y construyeron otras nuevas, ¡pero eso no era más que una repetición del pasado! Y nuevamente regresaron a la ignorancia inicial.

Sólo un destello de esperanza quedó parpadeando. Eran pocos los creyentes que sabían que los símbolos y señales, a pesar de dilatarse en el tiempo, son verdaderos, y que el Mesías pronto se manifestaría. Uno por uno, caminaron con estandartes y banderas específicas, con estrellas brillantes en las noches oscuras de los siglos hasta llegar a la última de esas señales: Él es quien tiene el mismo nombre de Muhammad y es hijo de su descendencia. El duodécimo Imam, que como señal y símbolo en el apogeo de los milagros, nació como Abraham, Moisés y Jesús, y pronto reaparecerá junto con Jesús. Los musulmanes, al igual que judíos y cristianos, también están esperando al Mesías. El Mesías no fue matado, y volverá.

Todas las piezas del gran rompecabezas están listas; está siendo encajada la última pieza. ¡Cuarenta años o más, no importa! La civilización y la ignorancia humana están pereciendo y el mundo comenzará cuando el Mesías regrese. Esta vez, la gran civilización del mundo, con centralidad en el Universo, ocurrirá, incluso si los seguidores de las religiones no la aceptan por engreimiento. Una tras otra las señales aparecieron y los símbolos se manifestaron. Ahora estamos a la espera de las señales devastadoras antes del advenimiento.

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