publicado el: 23 febrero 2021 - 00:08
¿Qué significa en realidad el Patriarcado?

Segundopaso - En las últimas décadas la ideología feminista se ha ido imponiendo en el mundo y también en Latinoamérica. Lamentablemente por el recrudecimiento del maltrato a las mujeres, ha tomado mayor fuerza como movimiento social. Si bien el feminismo no es uno solo, sino que hay tipos y niveles de radicalidad, su discurso se basa en torno al machismo, violencia y derechos, de allí que el sentimiento justicia y solidaridad, en busca de una verdadera equidad y acceder a mejores condiciones de vida las mujeres han alimentado este proceso.

Este es un fenómeno complejo que, pese a la legitimidad de su lucha, corre el riesgo de perderse en medio de terminologías de ideólogas feministas han insertado en las ciencias sociales y en la academia, de manera que las teorías de género se han convertido en una manipulación de conceptos estandarizados que responden a una agenda global, con formatos de comportamiento basado en las libertades sin condicionamientos. Una de tantas confusiones que se manejan es sobre el término patriarcado.

Originalmente, se lo utilizaba para expresar el poder de los padres, cabezas de familia. Estos padres cumplían ciertas responsabilidades básicas como jefe de hogar. Este “poder” se refería a su capacidad de cumplir ciertos trabajos, para conseguir básicamente alimento y techo para su familia. Esta relación poder – deber se fortalece con las doctrinas religiosas principalmente monoteístas, que delimitan los roles femeninos y masculinos dentro de los conceptos de paternidad, maternidad y fraternidad.

La palabra patriarcado ha ido redefiniéndose con el paso de los años, especialmente en las dos últimas décadas. Hacia 1960, los movimientos feministas comenzaron a utilizar esta palabra para definir la organización sistemática de la supremacía masculina y la subordinación femenina. (Kramarae, 1992; Stacey, 1993). El patriarcado se define como un sistema de autoridad masculina que oprime a las mujeres a través de instituciones sociales, políticas y económicas (Asiyanbola, 2005).

En estos dos conceptos se nota claramente un sesgo para radicalizar su ideología, en el primer caso usando los términos “supremacía vs subordinación” sistemática y en el segundo, utiliza palabras más contundentes: “autoridad y opresión” creando un claro antagonismo conceptual, que poco a poco sostiene una corriente hostil específica hacia los hombres (varones), así también involucra a las instituciones dirigidas por hombres como promotoras de la opresión. Si bien las estructuras socio – económicas y políticas marcan una pauta de desigualdad, la protesta de los feminismos no se dirige necesariamente al sistema capitalista neoliberal, sino que está apuntada a la figura masculina y al estado “machista y patriarcal” No ataca las causa, sino a los efectos.

Revisando el concepto de la palabra machismo, se nota una gran coincidencia con el concepto feminista del patriarcado, provocando una confusión, pues al hacerlas sinónimos se cae en graves generalizaciones y por extensión es usado de forma errónea.

Se puede definir al machismo como una ideología que defiende y justifica la superioridad y el dominio del hombre sobre la mujer; exalta las cualidades masculinas, como agresividad, independencia y dominancia, mientras estigmatiza las cualidades femeninas, como debilidad, dependencia y sumisión.

Notemos la diferencia, el patriarcado original es una denominación que se refiere a la forma de dirigir un grupo humano, basada en una estructura familiar que funciona con una interdependencia de sus miembros y conserva relaciones de parentesco; no es una construcción social, y en sí mismo no es bueno ni malo, depende de la manera de administrar.  El machismo es una ideología que definitivamente demuestra una marginación de la mujer y el hombre adopta comportamientos prepotentes que denigran su dignidad.

El patriarcado, bien concebido, es simplemente “la autoridad del padre” que establece reglas y supone un sistema de protección más cercano y seguro para la mujer, tema que en la actualidad tanto se habla a nivel jurídico traspasando la obligación del hombre al Estado. Es decir, antes la mujer tenía derecho a su hogar para gobernarlo, significaba un respaldo económico y un estatus social. Hoy el Estado debe proporcionarle a la mujer trabajo, educación, seguridad, etc. pero no puede darle afecto y amor.

En estudios sociológicos y antropológicos, se han ido añadiendo otros elementos que amplían el discurso feminista, la autonomía personal, la participación en el espacio público y derechos reproductivos. Si bien estos son reivindicaciones sociales muy justas, su enfoque desestima las diferencias naturales de hombre y mujer desde el punto de vista biológico y psicológico que las mismas ciencias modernas lo exponen; por el contrario, se ha declarado una guerra a los “sistemas patriarcales” principalmente a la religión induciendo a las mujeres a la liberalización de estas ataduras, por lo tanto, reniegan de la institución matrimonial que las “oprimen”.

Esta situación lo único que ha conducido es a exacerbar el machismo, elevar el índice de divorcios y madres solteras que pasan a ser “jefas de hogar”, su poder no ha aumentado, sino que ha multiplicado sus responsabilidades, sobrellevando las cargas de manutención, por lo que son más propensas de caer en la explotación laboral por necesidad. En definitiva, esto le significó únicamente abandono y muchas veces soledad, incrementando más la violencia de parejas casuales sin compromiso, que se aprovechan de las circunstancias de vulnerabilidad emocional. Este escenario desfavorable para las mujeres ha provocado deterioro de lazos familiares, abusos sexuales, extendiéndose la violencia machista también hacia los menores de edad.

La familia no es una opresión ni para el hombre ni para la mujer, es un espacio donde interactúan sus miembros y crean lazos afectivos que hay que conservarlos. Lo que se necesita es que estas relaciones de interdependencia sean saludables y edificantes en condiciones equitativas acorde a edad, sexo y capacidades individuales con objetivos en común, llevando juntos un Proyecto de vida.

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