La Batalla de Carabobo y el Problema de la Nacionalidad

Segundo Paso para Nuestra América - La Batalla de Carabobo (24 de junio de 1821), en vísperas de su Bicentenario, permite repensar, a través de varios autores, el tema de la venezolanidad, la nuestramericanidad y las nacionalidades, una problemática socio cultural de carácter identitario que no ha perdido vigencia y que exige recrear una pedagogía nacional y popular que supere la herencia colonial.

Los historiadores Jorge Berrueta y Álvaro Arismendi en el libro escrito en coautoría La fiel guerrilla del rey,[1] plantearon algunas hipótesis medulares; entre tantas, destaca una de significativa importancia socio política: ¿realmente representó la Batalla de Carabobo el fin de la guerra de Independencia en Venezuela? [2]

El largo y tortuoso camino en la conformación del Estado venezolano, rompe los límites impuestos por las historiografías militarista y romántica donde destacan biografías y hechos llevados adelante por semidioses encarnados en las figuras emblemáticas de Simón Bolívar, Antonio José de Sucre, José Antonio Páez, entre otros que conforman el cuadro de los próceres de la independencia nuestroamericana.

Justamente, la interrogante esbozada por los citados escritores también muestra una problemática de carácter socio cultural; es decir, subraya el tema de la venezolanidad. En efecto, reflexionan en el citado texto que en tiempos de la Gran Colombia (1821-1830) se conformaron unidades guerrilleras a favor de la causa realista. En relación con este caso, destaca la participación del baruteño José Dionisio Cisneros, “el cual una vez derrotado el ejército español en Carabobo en 1821, se atrincheró en las montañas que serpentean los Valles del Tuy, logrando reunir una facción guerrillera que, al grito de “Viva el Rey y la Religión”, azotó y desoló esta importante región agrícola a lo largo de una década”.[3]  

El porqué de este levantamiento de un venezolano, “mestizo de indio”, después del sonado triunfo patrio del 24 de junio en las sabanas de Carabobo, invita a considerar el problema social de las castas, fundado por el coloniaje español, además de la cultura del latifundio[4] que lo sostiene y legitima.

Amén de las lecturas historiográficas oficiales de principios y mediados del XIX, podemos afirmar que a finales de ese siglo surgió un movimiento intelectual conformado por civiles interesados en comprender el asunto de la nacionalidad sobre bases científico sociales y naturales pero que, en última instancia, tampoco pudo responder a la inquietud sobre si el proceso de independencia, que aparentemente se había sellado en Carabobo, despejó y consolidó el álgido tema de la venezolanidad.

Detalle de la obra "Batalla de Carabobo", del pintor Martín Tovar y Tovar,

ubicada en el Salón Elíptico del Palacio Federal Legislativo, sede de la Asamblea Nacional, Caracas.

En ese sentido, José Gil Fortoul, Lisandro Alvarado, Luis López Méndez, Alejandro Urbaneja, y muchos más, intentaron repensar el país desde premisas modernas, en detrimento de las ideologías de macheteros y caudillos. Reconstruir el Estado nacional sobre bases científicas fue la principal preocupación de estos escritores, quienes fueron críticos de los gobiernos personalistas, así como de los promotores de arbitrariedades políticas y legitimadores de pactos al margen de la ley.

En suma, preconizaron un liberalismo político racional y, por tanto, moderno. De allí que las ciencias sociales y humanas, las artes y las ciencias naturales justificaron sus discursos, a fin de consolidar estructuras administrativas y políticas objetivas, como bases de la nacionalidad y el nacionalismo; al respecto, Eloy Guillermo González escribió para El Cojo Ilustrado:

Necesitamos vida propia, vida nacional; carácter esencialmente venezolano, americano siquiera, a cada una de las manifestaciones de nuestra actividad: utilizar todas las influencias que en el orden intelectual se ejerzan sobre nosotros y consolidar y consagrar como nuestras las resultantes de esas influencias…la patria contemporánea, tan ultrajada por cuenta de caprichosa adversidad, quiere anales suyos, sin exaltaciones, sin hojarascas, sin cantos fetichistas a sus hijos inmortales, sin atenuaciones y disimulos atentatorios a la genuina grandeza nacional.[5]

Cuando González, en la cita precedente, puntualiza que “necesitamos vida propia, vida nacional; carácter esencialmente venezolano”, manifiesta una frase de honda preocupación patria que nos llama a la reflexión acerca del significado antropológico de lo que éste denomina “carácter nacional”.

Janicce Martínez, en su artículo “Nacionalismo y Memoria”,[6] nos aproxima a tan espinoso asunto, invitándonos a participar de su propia angustia:

…¿quiénes somos?, y esa pregunta remite a ¿hay una identidad: individual y colectiva?, y esta, a su vez, a ¿lo que somos pasa por lo que fuimos, al fin de cuentas, somos lo que hemos sido?, de ahí el salto grácil a ¿cuál es el lugar de la memoria en nuestra propia definición?, luego, fatalmente, desembocamos en el delta del tiempo: ¿hay un origen, hay un principio?... El llamado mundo occidental, al cual no era -de muchos modos- ajeno la fundada república, atravesaba la consolidación de los Estados nacionales y, en ese mismo orden, las preguntas por identidades locales cobraban cada vez más sentido.[7] 

Justamente, esta multiplicidad de voces remite de nuevo al nudo articulado por nuestros autores iniciales: ¿Estos focos guerrilleros surgidos después de los acontecimientos de Carabobo en verdad lucharon en nombre del “Rey y de la Religión”? Sin duda alguna, soslayando la interpretación de que tan solo se trataba de bandoleros y mercenarios, justo es considerar la complicada tesis de las castas −arma ideológico cultural asumida por la Corona y la Iglesia Católica, con pretensiones cohesionadoras y represivas inherentes al modelo civilizatorio impuesto −como trasfondo de tales reyertas.  

Juan Uslar Pietri, en su libro Historia de la rebelión popular de 1814,[8] escribió descarnadamente sobre la conflictividad social que reveló el proceso de independencia y que complejiza la pregunta de Martínez sobre “¿quiénes somos?”. La pugna entre castas, silenciada y refrenada a través del verbo, la cruz y la espada, fue configurando y dándole forma a la intrincada historia nacional desde los repartimientos y encomiendas, los pueblos de misiones y doctrinas, la colonia propiamente dicha, la Sociedad Patriótica, entre otros hitos fundamentales ocurridos entre 1810 y 1830, incluyendo la Guerra Federal.

Detalle de la obra "Batalla de Carabobo", del pintor Martín Tovar y Tovar,

ubicada en el Salón Elíptico del Palacio Federal Legislativo, sede de la Asamblea Nacional, Caracas.

Respecto del año 1814, en la Segunda República, Uslar Pietri traza conjeturas de interés: a) “Boves tiene el valor histórico para el estudio de la sociología venezolana de que fue el primer conductor de masas”;[9] b) “Bolívar…comprendió, cuando Boves desaparecería del campo de la acción, que una nueva época iba a comenzar…pues la unión de todos los venezolanos pardos, blancos y negros…era el indicio más elocuente de una verdadera lucha por la nacionalidad”;[10] si bien, en 1847 fusilaron al último guerrillero venezolano “realista”; a decir de los autores: no es ningún despropósito afirmar que los que “se opusieron en contra del proyecto de emancipación, como lo fue el caso de Cisneros, eran tan venezolanos como Bolívar, Páez, Soublette, Urdaneta…o cualquier otro de los tantos que lucharon por la independencia”.[11]   

Esta afirmación aventurada por los historiadores Berrueta y Arismendi, deja en claro que después de Carabobo la conflictividad social por hacerse con el poder tuvo igualmente su expresión en la “fiel guerrilla del Rey”. Al respecto, Uslar Pietri alega que esa defensa de Cisneros, y muchos otros, a la Corona no fue más que una justificación al propio odio y a la rivalidad sentidas en contra de los blancos criollos; si bien los mentados intelectuales deducen parcialmente que “la posición que en defensa de la monarquía asumió Cisneros y el propio reconocimiento que la República le hizo en varias oportunidades…permiten concluir que, por lo menos desde un punto de vista formal, su insurgencia se enmarcó bajo la defensa de la monarquía española”.[12]

En líneas generales, en el marco de este Bicentenario de la Batalla de Carabobo, es de sumo estratégico retomar las discusiones en torno de la venezolanidad. Para ello se deben considerar los substratos culturales hegemónicos que legitimaron las culturas del latifundio y del petróleo como expresiones de los estados coloniales y neocoloniales que todavía atraviesan y especifican relaciones socioculturales que deben ser superadas a través de transformaciones curriculares que den al traste con estas rémoras valorativas alienantes que seguimos arrastrando. En consecuencia, el desconocimiento de las estructuras socio antropológicas venezolanas obliga a pensar el proceso de socialización a partir de culturas académicas extrañas y, por tanto, cosificantes.

La revolución curricular debe primero conocer en profundidad el rasgo cultural concebido por el latifundio, que aún pervive entre nosotros, a fin de recrear una pedagogía nacional y popular que supere la herencia colonial manifiesta en: a) la figura del “cacique”; las culturas del abuso, la sobreexplotación y el racismo; el pernicioso dualismo entre la raza superior y la inferior; b) la cultura del “peonaje”, antiguos integrantes de las castas organizadas por el coloniaje español. Alrededor del peonaje surgen las cantinas o “Macán”, las galleras y las bodegas de los patrones; c) los rasgos culturales de la “clase media” apegada a la cultura superflua de otras latitudes; y d) la disputa entre las distintas fracciones de la oligarquía consolidando el personalismo.

Se trata de una pedagogía que haga implosionar deformaciones normativas y valorativas como consecuencia de nuestra situación de dependencia económica. Al respecto, es de importancia capital lo que expresa Rogelio León en el Prólogo de la novela Clamor Campesino, de Julián Padrón[13]: “Sesenta y cuatro años después Caripe sigue hablando, viviendo, laborando y ambicionando casi totalmente como en los tiempos de Padrón; hasta Saturio Cuaima, ahora culto y moderno, celular en mano y con su yate en la red, sigue haciendo de las suyas con un viejo carnet en el bolsillo y buen tomacorriente donde enchufarse a la rémora del poder”.[14]        

Alexandra Mulino

amulinove@yahoo.es


[1] Jorge Berrueta y Álvaro Arismendi. La fiel guerrilla del reyEl accionar guerrillero de Caracas como factor determinante en los planes de reconquista española (1821-1831). Colección Bicentenario, AGN, CNH, Caracas, 2011.

[2] Ibídem, pp. 11-15.

[3] Ídem, p. 11.

[4] Investigación en curso.

[5] El Cojo Ilustrado. 15 de marzo de 1895, Año IV, nº 78, 169.

[6] Véase en Janicce Martínez y Alexandra Mulino (Comp.). Cuatro Miradas. Fondo Editorial de la FHE, UCV, Caracas, 2014. 

[7] Ibídem, p. 134.

[8] Juan Uslar Pietri. Historia de la rebelión popular de 1814. Monte Ávila Editores Latinoamericana, Serie Bicentenaria, Caracas, 2010.

[9] Ibídem, p. 95.

[10] Ídem, pp. 236-237.

[11] Jorge Berrueta y Álvaro Arismendi, Op. Cit., p. 126.

[12] Ibídem, p. 130.

[13] Julián Padrón. Clamor campesino. El perro y la rana, Caracas, 2010.

[14] Ibídem, pp. 14-15.

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