Rufino Blanco Fombona: Tres Epístolas a Miguel de Unamuno

Segundo Paso para Nuestra América.- El problema de la raza atravesó las principales discusiones sociológicas y filosóficas de mediados y finales del XIX sajón, galo y europeo occidental en general. Inevitablemente, esta polémica alcanzó a América Latina. En el caso venezolano, algunos eruditos aspiraron repensarse en ruptura con España; es decir, intentaron hallarse en su ser fuera del radio de la colonialidad; sin embargo, paradójicamente, bajo la óptica socio-antropológica de la raza.

En el caso de Rufino Blanco Fombona (Caracas, 1874 / Buenos Aires, 1944), destacado representante generacional, al igual que sus contemporáneos Pedro Emilio Coll, Eloy Guillermo González, César Dominici, entre otros, aspiró comprender el ser de la venezolanidad en el campo de la estructura valorativa neocolonial; por consiguiente, asumió la noción de “tipo de raza” al objeto de explicar el fenotipo heterogéneo americano (y venezolano en particular) como obstáculo para el desarrollo sociocultural autónomo. En definitivo, según cánones positivistas y modernos, aspiró conformar un tipo humano propio en términos físicos y culturales que sufragara a favor del nuevo carácter nacional.

Algunas de las cartas escritas por Rufino Blanco Fombona a Miguel de Unamuno, revelaron sentimientos nacionalistas y bolivarianos muy particulares; tal vez, su singularidad residió en la lectura eurocéntrica que desarrolló acerca del pensamiento político e ideológico del Libertador Simón Bolívar y su gesta independentista; en relación con lo planteado, cabe entonces preguntarse: ¿por qué su mirada respondió a preceptos ideológicos propios del pensamiento colonialista a pesar de su profundo rechazo a la política imperialista estadounidense?

En las mencionadas cartas seleccionadas, escritas por el caraqueño en los años de 1901, 1908 y 1914, subyacen racionalidades que posibilitan la interpretación positiva de su hondo nacionalismo y americanismo sobre la base de la noción de raza como problema sustancial de mediados y finales del siglo XIX. Al respecto, léase con detenimiento la siguiente reflexión:

Pero yo, por otra parte, desde muy joven he viajado y seguido este consejo anónimo, de cuyo autor no recuerdo: “Si quieres conocer tu lengua estudia las ajenas.” Y este consejo, deliberadamente o no, lo siguen muchos jóvenes americanos. Además, la inmigración, el comercio, la vida política, exterior, nos ponen en comunicación constante con otros pueblos y con otras razas. De ahí, creo yo, cierto tinte especial de nuestra lengua y cierto morro de nuestro pensamiento. Por supuesto, operando sobre nuestra sangre mixta de indios, de negros, de europeos –con especialidad de españoles como U. comprende–. Piense ahora cuántas sangres distintas se juntaron en cualquier europeo –español, inglés–, hasta fundar el tipo, y dígame si América no está en los umbrales de su propio ser, si no está por llegar a ser. A esta diversidad de razas, añada el influjo poderosísimo allá –del medio– y concluya conmigo en que en América no hay por el momento una literatura porque no hay todavía un tipo de raza, aunque si existan, como escriben brillantes ingenios, personalidades distinguidas, tanto como las de Europa. Yo creo que de ahí se debe partir para un estudio sobre nosotros. (De RBF a MU, Ámsterdam, 12 de enero de 1901).

Ahora bien, ¿qué significó para el escritor venezolano, desarrollar “(…) un estudio sobre nosotros”? ¿Por qué para éste, a principios del siglo XX, aún no llegaron a ser? ¿Qué supuso para él, ser americano, ser venezolano? ¿Cómo lograrían su esencialidad? Posiblemente, sus trazos íntimos al maestro vizcaíno logren desvelar la relación intrínseca entre su concepción bolivariana y el problema de la raza, básicamente, el de la “raza ibérica”.

Lo hispánico para el autor de El Hombre de Hierro, representó no sólo la cultura sino también el temperamento, el espíritu y hasta el fenotipo que terminaría absorbiendo los demás rasgos morales y físicos de las “razas inferiores” con el propósito de lograr un tipo definido de raza con todos estos atributos. Concerniente a lo dicho, vale la pena destacar que no dejó de reconocer el cruce de razas que conforman el fenotipo y el carácter general del venezolano medio, aunque abogó por un mestizaje como el de los europeos: “(…) Piense ahora cuántas sangres distintas se juntaron en cualquier europeo –español, inglés– (…)” si bien, terminaron conformando un tipo, el hombre blanco. Por lo tanto, la variedad fenotípica latinoamericana, muy especialmente la venezolana, fue considerada por el escritor caraqueño, un defecto con consecuencias civilizatorias inevitables: “(…) en América no hay por el momento una literatura porque no hay todavía un tipo de raza (…).” (Ibídem, 1901).

Por todos estos supuestos, como trasfondo teórico e ideológico de sus cavilaciones, Rufino Blanco Fombona confesó que su “(…) patriotismo es un sentimiento de raza” (RBF A MU, París, 27 de mayo de 1908). No por casualidad, este último consideró a Bolívar un “genio de la raza”, por supuesto de la “raza ibérica”. En estos términos, el Libertador fue, simplemente, cosificado; es decir, concebido como un arquetipo del conquistador celtíbero. Por ello, celebró la interpretación unamuniana entre las similitudes caracterológicas entre Bolívar y Don Quijote:

“Ha pasado un siglo hasta que un español nos descubre el quijotismo de Bolívar, que es una de las esquinas de su carácter, y por eso quijotismo caballeresco e idealista, generoso, altruista, –llama de un gran fuego de amor– es que los pueblos prácticos, limitados, comerciantes, groseros, canibalescos, como los Estados Unidos, y aún la Argentina, comprenden con dificultad a Bolívar. Por eso Bolívar es tan superior a Washington, que era el grande hombre mediocre y a San Martín, tan inferior a su época y a su papel histórico de libertador”. (De RBF a MU, Madrid, 9 de octubre de 1914).

Lo dicho, no trata de una comparación inocente; es decir, significó españolizar al Libertador, borrando toda posible huella indígena de su tipo, mucho más aún cualquier mácula africana, entre otros caracteres antropofísicos y psicológicos “inferiores”.

No cabe duda que para el autor en cuestión, el creador de la República de Colombia simbolizó la grandeza de España; en consecuencia, le encargó al otrora rector de la Universidad de Salamanca, introducir su libro sobre Bolívar: “(…) pienso publicar un volumen sobre Bolívar y va a ser usted, español, quien me lo va a prologar, si consiente en ello.” (Op.cit., París, 1908).

Así, con el transcurrir del tiempo, el pensamiento prohispánico del intelectual venezolano, terminó consolidándose, definitivamente, en la noción colonialista de “raza superior”; examínese a continuación:

“(…) leo en un diario tan conservador como ABC mis propios pensamientos, casi con mis propias palabras. ABC recomienda la aceptación de lo que Bolívar significa, como obra política y previsora de parte de España. Transcribo sus palabras suscritas por un Don José Gutiérrez-Rave, gacetillero que, según entiendo, anda metido en las antesalas de los diplomáticos. « (…) Bolívar es una gloria netamente hispana que no debemos dejarnos arrebatar, a pretexto de un falso patriotismo que hoy no tiene razón alguna de ser (…). En Bolívar seguramente, más que en ningún otro prócer de la independencia hispanoamericana, está personificado el carácter español con todos sus heroísmos, con todas sus arrogancias, con todas sus virtudes e incluso con todos sus defectos. Y fue él (el carácter hereditario) con el empuje y tenacidad característica (sic) de la raza, cuando de la defensa de altos y nobles ideales se trata, quien lo llevó al triunfo (…). Creador y regenerador de una nueva España, frente a la caduca, gastada y bastardeada (se refiere a la España de Fernando VII) contra la que lucharon también nuestros abuelos en la península, durante el siglo XIX».” (Rufino Blanco Fombona, 1991, 159).

En suma, puntos de vistas, matices teóricos, discursos ideológicos, conformaron y atravesaron el imaginario de las generaciones de mediados y finales del XIX, y principios del XX, venezolano. En última instancia, después de tres siglos de opresión colonial, los sucesos de la Guerra de Independencia, la creación de la República, los terribles pero definitorios años de la Guerra Federal, entre otros movimientos guerrilleros e insurrecciónales, definieron un ideal que se expresó en las lecturas sociohistóricas realizadas por positivistas, modernistas, evolucionistas, relativistas y espiritualistas; Blanco Fombona, representó, sin duda alguna, en calidad de epónimo, parte de un movimiento intelectual finisecular prohispánico y antiyanqui inspirado, en parte, en el modelo civilizatorio pensado por José Enrique Rodó.

Fuentes consultadas

Bibliográficas

Blanco Fombona, Rufino (1991). Diarios de mi vida . Caracas: Monte Ávila Editores.

Hemerográficas

Rufino Blanco Fombona. Ámsterdam, 12 de enero de 1901.

____________________. París, 22 de mayo de 1908.

____________________. Madrid, 9 de octubre de 1914.

La profesora Alexandra Mulino es socióloga, editora, escritora e investigadora. A través de su ELUCIDARIO AMERICANO nos invita a releer la riqueza ontológico social nuestroamericana, a contracorriente del canon occidental, con la pretensión última de legitimar otra mirada de carácter descolonizadora de los procesos históricos sociales y culturales que han consolidado hitos en torno de la nacionalidad y americanidad. 

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