¿Qué es el Desarrollo? Una Mirada Genealógica desde el Sur Global

Segundo Paso para Nuestra América.- El presente artículo estudia el origen de la problemática del desarrollo y las políticas desarrollistas, así como sus efectos nefastos en América Latina debido a los mecanismos de desposesión y ajuste estructural, al establecer la financiarización de las materias primas como única salida para el ansiado crecimiento económico, lo que condujo a la desindustrialización.

INTRODUCCIÓN


La pregunta kantiana sobre la Ilustración establece que un individuo carente de la libertad de hacer un uso público de la razón está incapacitado de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. La persistencia de las causas que posibilitan ese estadio de tutela, pereza o cobardía contribuyen a eternizar todos los absurdos posibles en tanto facultan a otros a orientarles en una vida carente de propósitos propios. Al ampliar los alcances de la interrogante kantiana, y preguntarnos sobre la trascendencia de la idea del desarrollo, encontramos que la triada individuo, libertad y razón que fundamenta la tradición ilustrada se propone como un telos normativo para las sociedades no-europeas. Por supuesto, la tutela -como estado transitorio- reproduce la adolescencia que censura Immanuel Kant cuando se refiere a la Ilustración como espacio de autodeterminación individual. De este modo, la interrogante que funda e interpela a la categoría de países y regiones como Tercer Mundo delinea una programática normativa que ofrece una selección de políticas modernizadoras que conducirían a un estado de plenitud que se concebía como modernidad. Esta operación epistemológica construye, inventa y fabrica un ámbito objetual, los mecanismos de intelección para alcanzar la deseabilidad del horizonte y los agentes modernizadores desde una geopolítica del conocimiento. El desarrollo, como política y horizonte de una racionalidad tecno-instrumental, se convirtió en la idea-fuerza de las élites regionales de África, Asia, Oceanía y América Latina en sus proyectos de occidentalización de sus realidades, aunque subordinadas económica y políticamente a las fuerzas fácticas del capitalismo global. El desarrollo se concebía como la adopción de comportamientos y actitudes racionales, caracterizados por la búsqueda de la máxima productividad, en correspondencia con la creación de condiciones para la inversión extranjera directa que condujeran al impulso de los procesos de acumulación de capital en las zonas periféricas.
 

La problemática del desarrollo suponía la actualización de una estructura de sentimientos fundada en los procesos de cristianización, civilización y modernización que sirvieron de suplemento político-espiritual a la expansión del capitalismo europeo. La ecuación lineal expresada en el célebre punto cuatro de la Doctrina Truman entre industrialización, urbanización y difusionismo científico construyó las condiciones de posibilidad de las políticas de expansión capitalista de los Estados Unidos. Desde la CEPAL hasta la Conferencia de Bandung, los intensos debates sobre el desarrollo, la modernización y la modernidad siguieron una línea crítica que cuestionaba algunas de las premisas iniciales de las políticas desarrollistas. En este contexto, la teoría de la Dependencia -en su multiplicidad epistémica- planteaba un crudo diagnóstico económico-estructural que se complementaba con tareas inmediatas de cambio revolucionario. La subordinación económico-política anclada en la relación centro-periferia amplificaba el deterioro de los términos de intercambio, y por consiguiente reproducía la histórica división internacional del trabajo. El desarrollo y el subdesarrollo, se comprendían como estadios históricos simultáneos que cumplían roles diferenciados en los procesos de acumulación de capital. La dependencia no es solo un fenómeno externo, sino que se expresa en su pluralidad fenomenológica como una dimensión interna política, económica y culturalmente. La apoteosis crítica de la Teoría de la Dependencia se percibía como una tarea económica, política e intelectual y se nutría tanto de los procesos de descolonización en África, Asia y Oceanía como del influjo inicial de la Revolución Cubana. La creencia ideológica de que los objetivos del desarrollo eran correlativos a las múltiples realidades del Tercer Mundo contribuyó a consolidar un cemento en la organización de los países no-alineados.
 

NEOLIBERALISMO Y CRECIMIENTO ECONÓMICO

A mediados de la década de los setenta el impulso de cambio se había agotado como imaginario de redención coincidiendo con una emergente recesión económica de los países industrializados, la ofensiva del neoliberalismo disciplinario y la crisis del desarrollismo. Este cóctel explosivo de raigambre neoliberal y neoconservadora transformó radicalmente las interrogantes sobre el desarrollo, y un darwinismo social emergente se impuso como forma dominante de interpelación de las realidades de nuestras regiones. El mercado autorregulado se ofrecía como el destino de una nueva Edad Dorada cimentada en la competencia, mientras que el Estado debía ocuparse de crear las condiciones para el ejercicio de una liberal igualdad de oportunidades. El triángulo entre individuo, libertad y propiedad de la ontología posesiva fundaba el desmantelamiento del Estado de bienestar (aunque la región es dominada por la escena de un Estado nacional-popular), construyendo los prerrequisitos funcionales de la libertad negativa. En palabras de Friedrich von Hayek, uno de los arquitectos de la ofensiva neoliberal a escala global, las personas tienen <la libertad de hasta morirse de hambre> en tanto la pobreza es caracterizada como una elección individual. La eficacia material y simbólica de la retórica neoliberal permitió la irrupción del neoliberalismo disciplinario en Chile, Argentina, Brasil y Uruguay, los programas de ajuste estructural, las reformas estructurales y la emergencia del posliberalismo en toda la región.
 

El desarrollo debía dar paso al crecimiento económico, y la formación científica en la región precisaba orientarse en esta nueva dirección, para acometer los ingentes desafíos de la competitividad regional. En su conjunto las políticas de ajuste estructural condujeron a un proceso de desindustrialización que instaló mecanismos de desposesión estructural en América Latina al establecer la financiarización de las materias primas como única salida para el ansiado crecimiento económico. El retorno de las ventajas comparativas de David Ricardo, transmutadas en ventajas competitivas por Michael Porter, servía de cemento estratégico a las políticas de inspiración neoliberal. Incluso, el anudamiento entre las privatizaciones como transferencias de recursos y bienes públicos hacia las grandes corporaciones y la exención fiscal como política de atracción de inversiones externas consolidaron la tendencia anti-fiscal de un empresariado que no contribuye con el bienestar de la nación. Las transformaciones políticas-económicas de los gobiernos de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido sirvieron de soporte ideológico a la ofensiva neoliberal-neoconservadora. La frase <no hay alternativa> de Margaret Thatcher se convirtió en un sentido común epocal de amplias resonancias político-culturales contra los logros del Estado de bienestar. Las políticas de privatización, flexibilización laboral y el desmantelamiento de los sociales profundizaron las desigualdades sociales y las exclusiones políticas en un contexto de precarización de la existencia en la región.
 

POSDESARROLLO Y DECOLONIALIDAD
 

El desmantelamiento progresivo de los ambiguos y exiguos avances de las políticas de industrialización cepalina impulsado por la programática neoliberal reestablecieron las condiciones de reprimarización de la economía de la región. En este contexto, la búsqueda de alternativas societales al neoliberalismo se consolidó en los planos de los movimientos antisistémicos y en las indagaciones críticas a los conflictivos efectos de los procesos de modernización en América Latina. Incluyendo, el giro a la izquierda de la Primavera Política que implicó la consolidación de un cambio de época y la recuperación de la memoria larga como agenda política del progresismo. Un movimiento molecular comenzó a nuclearse en la defensa de los bienes comunes de comunidades indígenas, campesinos y movimientos populares, al mismo tiempo que irrumpían hermenéuticas críticas a la occidentalización del mundo centradas en la necesidad de repensar la herencia moderna. El debate modernidad y posmodernidad, que animó a un conjunto de autores con diversas tradiciones de pensamiento euroccidentales, se radicalizó con las críticas provenientes de los estudios culturales y poscoloniales, al reenfocar la mirada en las historias enterradas y forcluidas en el proceso de implantación del logos colonial-moderno. Estas sendas revisiones de la historia de la Conquista y la colonización, vistas desde el lugar de enunciación de los Condenados de la Tierra por usar la poderosa metáfora de Frantz Fanon, desplazaron los contenidos de los debates sobre el ser, el saber y el poder en tanto relativizaron y cuestionaron la universalidad de las narrativas europeas.
 

El posdesarrollo y lo decolonial, emergen como tópicos reflexivos en distintas universidades del mundo, y comienzan a formar parte de las nuevas gramáticas emancipadoras de los movimientos antisistémicos. De este modo, el fracaso de la retórica neoliberal y la irrupción del progresismo latinoamericano coincide con la necesidad epocal de rescatar la vitalidad de alguna noción de desarrollo. La recuperación de la utopía de la Patria Grande (bolivariana y martiana), se inscribe en este juego de tensiones que posibilitó el breve interludio de principios de siglo para repensar el desarrollo. De allí, la efímera consolidación institucional de los novedosos experimentos de integración regional que se ensayaron después de la frustrada iniciativa del ALCA en la Cumbre de Mar de Plata. La crisis hipotecaria del 2008, con sus consecuencias subsiguientes en los mercados de las materias primas, enterraría política y económicamente la agenda del progresismo latinoamericano al desnudar las falencias estructurales de las economías regionales. Principalmente, en cuanto el desarrollo nacional se revelaría como un concepto esencialmente ilusorio en el contexto de las restricciones objetivas de la economía-mundo capitalista. Los procesos de acumulación de capital tienden a la concentración del plusvalor, al mismo tiempo que incrementan las disparidades regionales volatizando cualquier perspectiva de planificación del desarrollo. En retrospectiva, este último sigue siendo esa esquiva olla de oro al final del arco iris para los países del Tercer Mundo, al descubrir que su promesa y su destino conducen a la profundización de las desigualdades sociales y regionales, y a la occidentalización del mundo. Antes al contrario, en un sentido lukasiano, las demandas de los movimientos populares y antisistémicos por forzar una retención del plusvalor pueden contribuir a trazar nuevas rutas para políticas que garanticen el acceso universal a la educación, la salud y al ocio, en correspondencia con la profundización de la eticidad democrática. Indudablemente, la recuperación del sentido transformativo que inspiró la Teoría de la Dependencia es una de las actuales tareas del pensamiento crítico para proyectar ese deseo llamado utopía.
 

Ciertamente, la ecuación lineal que conduciría a ese estado de plenitud que llamamos desarrollo se guiaba en su acontecer político-práctico por una geopolítica del conocimiento. Y esta última, se orientaba por el monopolio económico, militar y político, que ejercía los Estados Unidos en el sistema histórico capitalista desde finales de la Segunda Posguerra. En todo caso, el dominio de la Pax Americana no es inmutable, y está sujeto a dinámicas económicas, militares y políticas que integran en una totalidad histórica el surgimiento de unas zonas y la declinación de otras. En la actualidad, los cambios globales en los procesos de acumulación de capital reorganizan las zonas geográficas en correspondencia con los nuevos imperativos sistémicos. En cualquiera de los casos, la debilidad estadounidense y la emergencia china configuran un campo de fuerzas que definen la virulencia de los conflictos geográficos en los distintos ámbitos de la competitividad intra-sistémica. En términos metafóricos, una Doctrina Monroe en declive y una Ruta de la Seda en ascenso configuran las subrepticias tensiones de una irreconciliable política existencial en el sistema histórico capitalista. Sin duda alguna, las características que asuma el juego de sombras del conflicto sistémico se verá atravesado por dinámicas globales más profundas que catalizan tendencias seculares. Al comprender, las profundas interrogantes éticas, políticas y ecológicas contenidas en el cambio climático, la globalización de las enfermedades infecciosas y la inmigración, las alternativas a ese estado de cosas se convierte en un acuciante desafío para pensar las cosas de otra manera desde el Sur Global.
 

En este contexto, América Latina se encuentra en una crisis multi-factorial que se manifiesta en el fracaso económico y político de los mecanismos de integración regional, en el incremento de las desigualdades sociales, en las inestabilidades de los sistemas políticos y en la irrupción de conflictos interregionales. Este cuadro sinóptico, define un horizonte signado por la precariedad y la incertidumbre, al igual que en la década de los cincuenta el locus de control sigue siendo externo cuando se piensan críticamente las alternativas. Los dilemas de la pregunta kantiana, persisten y se han profundizado con el pasar de los años, la fragmentación y el desencanto se han convertido en un estado de sociabilidad permanente. Recuperar la dimensión crítica de la política, como la capacidad de proyectar nuevos derroteros de realización, es una de las tareas del pensamiento crítico en correspondencias con las intensas movilizaciones sociales que atraviesan a la región como un todo. En días recientes, el fallecimiento del pensador boliviano Juan José Bautista Segales autor de una vasta obra crítica y Premio Libertador al Pensamiento Crítico, sorprendió a la región. Valga este pequeño recordatorio como un reconocimiento a sus invaluables aportes a pensar América Latina como si fuera América Latina, como nos legó en una de sus obras.

GEOPOLÍTICA DEL CONOCIMIENTO

Miguel Ángel Contreras Natera es un eminente sociólogo, escritor, ensayista, articulista, investigador y docente universitario de dilatada trayectoria. El objetivo de esta columna semanal que nos ofrece el profesor Contreras es contribuir al esclarecimiento de las grandes dinámicas societales que se superponen y entrecruzan conflictivamente en un contexto de grandes transformaciones globales. La disputa político-espiritual entre el Atlántico Norte (Estados Unidos) y el Asia Oriental (China) que definirá las nuevas áreas de la acumulación capitalista y la irrupción de nuevas conflictividades en una pluralidad de espacios regionales. Las tensiones entre Estados y Grandes Corporaciones, entre la economía fósil y la economía digital, entre trabajo e Inteligencia Artificial conformará los contenidos de los grandes debates políticos, económicos y sociales del Siglo XXI. 

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