Pandemia, Precarización Laboral y Neoliberalismo

Segundo Paso para Nuestra América.- Cómo será la era post-COVID19, habrá un regreso a la normalidad o tendremos que acostumbrarnos a una nueva normalidad. En todo caso, y en muy poco tiempo, la pandemia ha permitido impulsar nuevas maneras de explotación de la fuerza de trabajo intelectual. Dicho de otro modo, el neoliberalismo ha sabido aprovechar la crisis pandémica para crear nuevos mecanismos de precarización laboral a través del trabajo a distancia. Conozcamos de qué manera se aceleran algunos procesos económicos y sociales que están configurando un nuevo esquema en las relaciones de producción.

Durante el último año, ha sido común escuchar y repetir la afirmación de que “la pandemia lo ha cambiado todo”. Cada vez queda más claro que un “regreso a la normalidad” es bastante improbable, si no imposible. Más bien, la crisis del coronavirus ha funcionado como un acelerador de varios procesos económicos y sociales que van configurando un nuevo esquema de relaciones de producción, eso que ha sido asomado como “la nueva normalidad”. Se trata de un salto hacia adelante en la implementación de esquemas neoliberales, cuya mayor expresión está en las formas de explotación y precarización del trabajo.

Vamos a ver cómo ha ocurrido todo esto.

Una de las cosas que ha puesto de relieve el extraordinario escenario global que aún acontece, es la consolidación de la centralidad del trabajo inmaterial, o también llamado trabajo intelectual, en el sistema del capital y, a partir de allí, en la caracterización de las formas occidentales (ahora globales) de sociedad. Esto de la centralidad del trabajo inmaterial no quiere decir que la mayoría de la población esté conformada por trabajadores intelectuales, sino que las actividades que conforman este tipo de trabajo tienden a ocupar un lugar más relevante en la lógica reproductiva del capital. Aunque, hay que decirlo, cada vez su importancia aumenta también en términos cuantitativos. Lo que comenzó hace décadas en las sociedades del centro global, hoy se va convirtiendo en realidad incluso en nuestros países del Sur.

Para mencionar un ejemplo concreto de este proceso, es útil citar los datos aportados por el escritor y pensador venezolano Luis Britto García en un artículo recientemente publicado en el diario Últimas Noticias, que lleva por título: ¿Qué es y qué hace un intelectual? Allí Luis Britto describe el caso de Venezuela:

“Para el cuarto trimestre de 2018, el Instituto Nacional de Estadística informa que de 32.985.763 venezolanos están económicamente activos 15.947.719, cerca de la mitad. De ellos, 15,08% son profesionales, técnicos y afines; 3,6% gerentes, administradores o directores¸ 7,1% empleados de oficina y afines, y 17,8% vendedores y dependientes. Un 44,3 % de la fuerza de trabajo, aproximadamente la cuarta parte de la población, se desempeña en labores de recolección, procesamiento y difusión de información, en las cuales prepondera aproximativamente el uso del intelecto sobre el esfuerzo físico. Se los puede catalogar por ello como trabajadores intelectuales”.

Y no se trata de un proceso nuevo. Esta transformación fundamental del sistema capitalista viene ocurriendo desde hace al menos 30 años. En los 90, los filósofos italianos Antonio Negri y Maurizio Lazzarato describían y explicaban esta tendencia, que se ha consolidado durante las dos últimas décadas y, de manera más acelerada durante los últimos 10 años. Los desarrollos en las tecnologías computacionales, particularmente internet, computación en la nube, internet de las cosas y “edge computing”; la ciencia de datos y el “big data”; las conexiones 5G; y particularmente, la inteligencia artificial (aprendizaje automático y aprendizaje profundo), nos hicieron sentir en los años recientes la proximidad de una sociedad que hace un par de décadas era imaginada como un futuro fantástico. La pandemia lo que hizo fue informarnos que ese futuro ya ha llegado.

“Es un futuro en el que nuestros hogares nunca más serán espacios exclusivamente personales, sino también, a través de la conectividad digital de alta velocidad, nuestras escuelas, los consultorios médicos, nuestros gimnasios y, si el estado lo determina, nuestras cárceles. Por supuesto, para muchos de nosotros, esas mismas casas ya se estaban convirtiendo en nuestros lugares de trabajo que nunca se apagan y en nuestros principales lugares de entretenimiento antes de la pandemia, y el encarcelamiento de vigilancia «en la comunidad» ya estaba en auge. Pero en el futuro, bajo una construcción apresurada, todas estas tendencias están preparadas para una aceleración de velocidad warp (forma teórica de moverse más rápido que la velocidad de la luz)”.

Estas son palabras de Naomi Klein, quien hace ya un año escribió un revelador artículo en The Intercept donde señalaba cómo las grandes corporaciones tecnológicas están aprovechando la crisis pandémica para asegurar y acelerar las transformaciones que consolidan la preponderancia de su modelo de negocio y amplían su margen de ganancia y su importancia financiera. Eric Schmidt, quien pasó de ser CEO de Google a presidente de la Junta de Innovación de Defensa y presidente de la Comisión de Seguridad Nacional sobre Inteligencia Artificial de Estados Unidos, venía desarrollando antes de la pandemia una intensa campaña sobre la necesidad de que se invirtiera dinero público en los programas de investigación, desarrollo e innovación (I+D+I) de las compañías tecnológicas puntales para protegerse de la ventaja que tenía China en estos ámbitos. Y con la crisis del coronavirus, pasó a ser en 2020 el coordinador de la comisión de trabajo para “reimaginar la realidad post-covid19” en el estado de Nueva York. Así, las actividades que involucran la recolección y procesamiento de datos, así como la conectividad que garantice el trabajo a distancia pasaron de ser ventajas competitivas y “vanguardias” industriales a ser, primero, razones de seguridad e importancia geopolítica, y luego necesidades vitales para la supervivencia social ante la emergencia global.

La pandemia significó una doble aceleración de este camino. Por un lado, justificó un proceso de acumulación originaria de capital, con la inyección de sumas asombrosas de dinero público, es decir, dinero de la gente, hacia las corporaciones privadas. Y por el otro, consolidó el trabajo a distancia como protagonista de las dinámicas productivas, tanto en términos estrictamente económicos como en términos de las formas de relacionamiento colectivo y, por tanto, de producción de subjetividad social.

A su vez, esta centralidad del trabajo a distancia, protagonizado como es lógico por el trabajo inmaterial, genera las condiciones para una doble precarización. En primer lugar, quedan excluidas grandes cantidades de personas de los sistemas laborales. Con la paralización que significaron las medidas de confinamiento, no todo el mundo pudo continuar trabajando, ya que no todos los trabajos pueden realizarse “desde casa”. Mucha gente quedó sin empleo. Vimos cómo millones solicitaron los programas de seguridad social para cobrar el beneficio de “paro forzoso”, en los países donde esto funciona, como Estados Unidos o España, por ejemplo. En otros países, como los nuestros del llamado “tercer mundo”, periferia o Sur global, lo que se produjo fue una gran masa de trabajadores lanzados a su surte a buscar las maneras de “resolver” la supervivencia y procurar el sustento de sus familias. Esto produce la desvalorización de la fuerza de trabajo, ya que las personas se ven en la desesperada necesidad de trabajar de cualquier manera y muchas veces a cambio de sumas irrisorias.

Pero también se consolidó otra forma de precarización y “superexplotación”. En el propio sector de los trabajadores intelectuales, que han contado con la “suerte” de poder seguir vendiendo su fuerza de trabajo, y más específicamente quienes cuentan con las condiciones, propias o asignadas por el empleador, para poder trabajar a distancia, también ha operado una intensificación de la explotación y un despojo de derechos laborales. Quien trabaja desde casa ha visto cómo la jornada laboral prácticamente se difumina, y termina trabajando “todo el día”, entremezclando el trabajo con las actividades domésticas. El tiempo de descanso desaparece o se reduce de forma importante. Los empleadores pueden exigir trabajo o atención en cualquier momento del día, sobre la base que el trabajador está en casa y se trata entonces de condiciones laborales “flexibles”. Además, en muchos casos se ha reducido el monto del salario o se han reformulado las condiciones de contratación: se pasa de un contrato fijo a uno por “honorarios profesionales”, se retiran los beneficios de seguridad laboral, etc. Muchos se han visto en la necesidad y en la oportunidad de completar el ingreso con trabajos adicionales, también a distancia, lo que obviamente suma a la condición de explotación y precariedad de la actividad productiva.

Todo esto ha sido normalizado en medio del “shock” de la emergencia pandémica. Estos fenómenos ya existían antes del coronavirus, pero una especie de “estado de excepción” ha permitido su generalización y consolidación.

La “flexibilización del trabajo” es una de las características de los modelos neoliberales, que buscan maximizar el beneficio corporativo precisamente mediante la precarización de las condiciones laborales.

Otras formas de precarización laboral impulsadas por la pandemia son el “emprendedurismo” y el “autonomismo”. Otra vez, tanto los emprendedores como los “trabajadores autónomos” existían antes del virus. Eran tendencias en alza, pero la crisis actual les hizo dar un gran “salto adelante”. Estas formas de aparente “autoexplotación” también responden a la lógica del capitalismo neoliberal. Las personas son despojadas de los regímenes de derechos laborales que costó cientos de años de luchas obtener. Como dice el filósofo surcoreano Byung Chul Han, “ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose; es la pérfida lógica del neoliberalismo que culmina en el síndrome del trabajador quemado” (burnout).

Los trabajadores intelectuales, esos que laboran desde casa, a pesar de su centralidad en el nuevo esquema metabólico del sistema capitalista, están cansados, superexplotados y precarizados. Y lo más peligroso es que las estructuras de protección, las regulaciones adelantadas durante décadas e incluso siglos, tienen a debilitarse frente al discurso neoliberal potenciado por la crisis.

Como lo explicaba Naomi Klein recientemente en una entrevista, los grandes beneficiarios de todo esto son los millonarios de las empresas tecnológicas. “Llegaron a esta pandemia obscenamente ricos y se han aprovechado extraordinariamente. Jeff Bezos el que más, y Google ha realizado enormes avances en nuestras escuelas. Es la herencia del neoliberalismo. El Estado estaba tan débil antes de la crisis que la ha hecho peor y mortal, con hospitales y servicios sociales ya colapsados previamente y con la capacidad de producir vacunas dentro de nuestros países erosionada. Y por esa debilidad muchas tecnológicas han podido entrar en escena, una privatización por la puerta de atrás”.

Este escenario produce condiciones de producción extremas y también condiciones de vida extremas. El neoliberalismo es una máquina ideológica de destrucción. Está ciego en la sed de acumulación infinita. Pero esta configuración límite provoca, así mismo, el desencadenamiento de las reacciones por parte de las clases trabajadoras, que necesariamente insurgen en contra de la opresión. Ejemplos de esto los tenemos ahora mismo en Colombia, donde las clases trabajadoras se han levantado contra la violenta política neoliberal de Iván Duque, y se ha visto en Chile, donde está ocurriendo un verdadero terremoto político con la elección de una convención constituyente con una contundente mayoría anti-neoliberal. Y se observa, con sus particularidades, en cada uno de los países de Nuestra América.

La globalización y los propios desarrollos tecnológicos que propician la explotación también permiten o facilitan la comunicación, el flujo de información y, por tanto, los relacionamientos entre los explotados. Se trata de la producción de “lo común”, eso que conforma un cuerpo con la potencia de convertirse en un contrapoder.

El neoliberalismo, con su característica centralidad del trabajo inmaterial, al tiempo que asegura la reproducción del capital y el régimen social que lo sustenta, genera también las condiciones de posibilidad para la ruptura y el cambio social. Esto lo veremos más ampliamente en el próximo artículo.

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