publicado el: 23 junio 2021 - 07:30
Reinaldo Iturriza: asistimos a una segunda ola democrática y revolucionaria

Segundo Paso para Nuestra América.- Advertimos que estamos ante la emergencia de algo muy cercano al concepto de la política de lo común, o la política de los comunes. Por eso, decidimos entrevistar al sociólogo y escritor venezolano Reinaldo Iturriza, quien con su trabajo ha desarrollado una reflexión muy interesante desde la experiencia popular venezolana, y cuya visión puede aportar luces para la comprensión del actual momento latinoamericano.

Una de las características de los movimientos que han estremecido varios países de América del Sur durante los últimos años, particularmente Colombia y Chile, es que se trata de grandes movilizaciones de masas en las calles manifestando su rechazo a la imposición del dogma neoliberal. Las multitudes han puesto en jaque a los gobiernos de Sebastián Piñera e Iván Duque, obligándolos a echar atrás decretos y reformas legales; pero ha ocurrido algo más: parece que estos acontecimientos están marcando el final de un ciclo y el comienzo de algo nuevo. No se trata de los liderazgos tradicionales de izquierda, sino más bien de una política basada en la comunicación y articulación horizontal, en la solidaridad, en la cooperación como forma de lucha.

Reinaldo Iturriza fue ministro de Comunas y Movimientos Sociales, así como de Cultura, del Gobierno Bolivariano de Venezuela, y es autor, entre otros, de los libros “El chavismo salvaje” (2017) y “27 de febrero de 1989: interpretaciones y estrategias” (2006). Actualmente, tiene dos libros inéditos: “Chávez lector de Nietzsche” y “Política de lo común”. Además, en su blog elotrosaberypoder.wordpress.com ha publicado un gran cantidad de artículos que dan cuenta de su pensamiento y su investigación acerca de los procesos revolucionarios y las bases populares les dan sentido y sustento.

Le consultamos acerca de los levantamientos recientes en Colombia, su relación con la “Rebelión de Octubre” chilena y las perspectivas que se abren a partir del escenario presente nuestroamericano. Estas son sus respuestas.

SPNA: Colombia ha vivido las últimas semanas un estallido que parece estar conmoviendo la estructura política tradicional de ese país. El levantamiento popular que comenzó el 28 de abril en torno a una demanda específica, el retiro de la reforma tributaria, devino en un encadenamiento de protestas de diferente signo que convergieron en un horizonte común: el rechazo generalizado a las políticas neoliberales de Iván Duque. Esto reproduce, según mi interpretación, lo que Ernesto Laclau llama una lógica “populista” de articulación política. Es decir, se ha constituido un pueblo como cuerpo antagónico que ha logrado encontrar unidad, aun cuando en su seno actúan sujetos múltiples. Los pueblos indígenas, con altísima organización, los trabajadores, los estudiantes y jóvenes que conforman “la primera línea” de las protestas, sectores de clase media, gremios profesionales, pero también desempleados, la gente pobre que no cabe en ninguna de las categorías anteriores, los marginados, los “salvajes”; todos han conseguido actuar en común y sostener un movimiento por varias semanas, resistiendo las brutales embestidas de la represión policial y paramilitar. Todo esto al margen de los políticos, aunque muchos han acompañado y procurado hacerse ver del lado de las manifestaciones populares. Es un escenario muy interesante y con muchos aspectos para abordar. Pero comencemos por tu visión sobre este acontecimiento. ¿Cómo interpretas lo que está pasando en Colombia, desde la perspectiva del movimiento popular?

R,I.: Lo primero que debo decir, con absoluta responsabilidad, es que no tengo conocimiento en detalle sobre la situación en Colombia, circunstancia que impone límites muy claros a la hora de intentar hacer un análisis. Pero la información que manejo es suficiente como para comprender que, a partir del 28 de abril, con el inicio del Paro Nacional, la situación del país es completamente otra: un movimiento realmente disruptivo ha logrado estremecer los cimientos del statu quo. Todos los reportes coinciden en que la masividad de la respuesta popular sorprendió incluso al Comité Nacional de Paro: hablamos de diez millones de personas en las calles, en un país con una población de poco más de cincuenta millones de habitantes. Es decir, una de cada cinco personas.

Pero lo disruptivo del movimiento no solo tiene que ver con la masividad de la protesta, sino con el contenido de las demandas, que son al mismo tiempo básicas y radicales, y suponen una contestación del modelo neoliberal imperante desde la década de los 90: renta básica para las familias más empobrecidas, mejores condiciones laborales para el personal de salud, el cese del cobro de matrículas en las universidades públicas, defensa de la producción nacional, defensa de los derechos laborales, medidas contra la violencia machista y la no privatización de empresas públicas. Se trata claramente de una rebelión de carácter antineoliberal, en la que participan organizaciones que pueden resultarnos familiares, como las sindicales y las estudiantiles, pero con el singular protagonismo de eso que en Colombia llaman los ninis: jóvenes subproletarios que ni estudian ni trabajan, estigmatizados como “vándalos” por el discurso oficial, muchos de los cuales integran lo que se conoce como la primera línea de la resistencia popular. Por supuesto resulta imposible predecir cuál será el desenlace del Paro Nacional, que ha logrado extenderse durante siete semanas. Me parece que, más allá de las predecibles maniobras de la oligarquía colombiana para tratar de recomponer el cuadro político, tal cosa dependerá en buena medida de la capacidad popular para lograr niveles adecuados de articulación. Entiendo que a eso apunta la reciente creación de una Asamblea Nacional Popular.

Dicho todo lo anterior, es inevitable el comentario: ¡cuántas diferencias saltan a la vista entre la resistencia popular colombiana y lo que aquí en Venezuela intentó proyectarse con el mismo nombre, tanto en 2014 como en 2017! La distancia entre una situación y otra es abismal.

SPNA: Es inevitable relacionar lo que ha ocurrido en Colombia con la experiencia chilena, la llamada “Rebelión de Octubre” de 2019. Aunque, obviamente, son hechos independientes, presentan elementos sorprendentemente comunes. Desde la concatenación de protestas y demandas sin liderazgos políticos aparentes, al menos en un primer momento, frente a la imposición, otra vez, de políticas que entran en el paradigma neoliberal; la brutal represión por parte del Estado, que incluso ha coincidido en cuando a la macabra práctica de la mutilación ocular con balas de goma. En el caso chileno, las protestas lograron un amplio consenso en torno a la necesidad de modificar la constitución, que representaba el modelo político que estaba siendo cuestionado. Del momento del estallido se pasó al momento político con la elección de la convención constitucional y las elecciones regionales de mayo de 2021, que arrojaron un resultado sorprendente, con la emergencia de sujetos políticos surgidos de los movimientos sociales, listas independientes, así como el fortalecimiento de actores de izquierda como el Partico Comunista. Todo esto es producto directo de este movimiento y la crisis política que le es causa y consecuencia. También está el caso de Ecuador, donde hubo levantamientos contra un paquete impuesto por el FMI, que mostraba una potencia similar a los otros dos casos, pero al parecer esto no logró cristalizarse luego en el plano electoral. ¿Podemos identificar vasos comunicantes entre estos acontecimientos? ¿Qué está ocurriendo en Suramérica?

R.I.: En un artículo que escribí en septiembre de 2009, intitulado “El chavismo y la segunda oleada”, y que incluí en el libro “El chavismo salvaje”, planteaba que tarde o temprano el llamado giro a la izquierda en la región nuestroamericana sufriría retrocesos, incluso significativos, pero que, tras los reacomodos correspondientes, estaríamos en presencia de una segunda oleada democrática y revolucionaria, protagonizada por movimientos populares que, por diversas razones, fueron mantenidos al margen por los gobiernos llamados progresistas. Obviamente, no hacía un ejercicio de clarividencia, simplemente me limitaba a dejar constancia de un aspecto que resultaba, ya para entonces, muy evidente: la fuerte tensión de la mayoría de estos gobiernos de carácter popular con “las fuerzas sociales, culturales y políticas que apuestan al cambio y generan el consenso social necesario para llevarlo adelante”, para decirlo con Isabel Rauber, a quien citaba en ese artículo. Más implícitamente, planteaba que la posibilidad de una segunda oleada dependería de nuestra capacidad para encarar con madurez política esa dificultad persistente, que es nuestra tendencia a relegar a un segundo plano al pueblo organizado, que a la postre es el verdadero protagonista de los procesos de cambio. Y una cosa que no planteaba entonces (lo hice luego, en una versión más actualizada del mismo artículo, que escribí para unos compañeros brasileños), es que cabía pensar en una segunda oleada dado el empeño de la derecha continental y global en presentar al neoliberalismo como la única alternativa, es decir, justo aquello contra lo cual ya se rebelaron los pueblos, lo que produjo aquel giro a la izquierda. Me parece que ambos dilemas, a la derecha y a la izquierda del espectro político, siguen vigentes: la primera aferrada a la ilusión del neoliberalismo como alternativa, y la segunda enfrentada al problema de impulsar procesos alternativos de cambio sin descuidar el protagonismo popular.

En líneas muy generales, y apelando a una perspectiva histórica no cortoplacista, creo que esto puede ayudarnos a comenzar a comprender lo que ocurre en nuestros países. No es mi intención realizar juicios sumarios, algo que además no me corresponde, pero me parece que, en el caso de Ecuador, hay que revisar detenidamente la relación entre el liderazgo de la Revolución Ciudadana y el movimiento indígena. En el caso chileno, llama poderosamente la atención la capacidad manifiesta del Partido Comunista, así como de otras organizaciones de izquierda, para acompañar las luchas populares que, por supuesto, exceden lo que podría considerarse como el área de influencia de la izquierda partidista, y cuya expresión más clara sería el peso de los y las convencionales independientes.

SPNA: Silvia Federici habla de “la política de los comunes”, que, dice, no se trata de la promesa de un retorno imposible al pasado, en el sentido de una especie de nostalgia por relaciones y prácticas “preindustriales” o de desconocer la utilidad de los desarrollos tecnológicos, sino de “la posibilidad de recuperar el poder de decidir colectivamente nuestro destino en esta tierra”. Argumenta que la vida no tiene sentido en un mundo hobbesiano, en el que cada persona compite con todas las demás y la prosperidad se alcanza a expensas de otras personas. Y que el sentido y la potencia de muchas luchas que se están librando en todo el planeta para combatir la expansión de las relaciones capitalistas es “defender los comunes existentes y reconstruir el tejido comunitario destruido durante años de asedio neoliberal sobre nuestros medios de reproducción más básicos”. Tú tienes un libro titulado “La política de lo común”, que aún está inédito. Háblanos un poco de tu visión sobre este concepto, como se diferencia o se encuentra con el planteamiento de Federici y otros autores, y cómo se relaciona con las experiencias políticas del tiempo presente nuestroamericano.

R.I.: Ese título, “Política de lo común”, lo tomé prestado de un artículo que escribí en noviembre de 2015, en mis tiempos de ministro: “El chavismo: la política de lo común”. Si tú me preguntaras qué es lo que distingue al chavismo, comenzaría respondiéndote justo eso: la política de lo común, de los y las comunes. En este libro incluyo doce artículos que escribí mientras asumí funciones de ministro: de Comunas y Movimientos Sociales, primero, y luego de Cultura, todos sobre la cuestión comunal y, más allá, sobre lo que considero es la manera propiamente chavista de ejercer la política. En la primera parte del libro reúno varios textos inéditos, en los que intento profundizar en este último punto: qué es lo que distingue al chavismo y la manera como concibe la política. Entre otras cosas, procuro aproximarme al chavismo en contraste con lo que algunos autores llamaron en su momento el adequismo, identificando líneas de continuidad y ruptura. De igual forma, me detengo en los años 90, un lapso de tiempo muy poco estudiado por nosotros, y que considero la década virtuosa de la política venezolana, entre otras cosas, por la ruptura epistemológica que supondrá el “descubrimiento” de la idea fuerza de democracia participativa y protagónica. La idea de lo caribe, y más específicamente de una política caribe, está presente también en el análisis: me parece que cabe hablar de un chavismo contracolonial, calibánico (rescatando la herencia del marxismo negro), en contraste con un chavismo más bien arielista. Justamente indagando en las distintas interpretaciones históricas de los personajes de “La Tempestad”, de William Shakespeare, fui a dar con el libro de Silvia Federici, “Calibán y la bruja”, extraordinario y sugerente, aunque debo aclarar que no alcancé a incluirlo en mi trabajo. Su libro “Reencantar el mundo”, en el que habla expresamente de una “política de los comunes”, lo conocí mucho más recientemente. En todo caso, más allá de lo anecdótico, y de que pueda considerarse una casualidad afortunada, me parece que la coincidencia temática o conceptual responde a la necesidad de nombrar o definir aquello que tienen en común muchos de los movimientos contestatarios o contrahegemónicos a escala global. Sin duda alguna, lo más lúcido y genuino del chavismo pertenece de hecho y de pleno derecho a ese movimiento de contestación mundial, de carácter profundamente radical y democrático.

Entrevista realizada por Ángel González

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