José Martí y la desacralización de Cristo

Segundo Paso para Nuestra América.- El prócer cubano, José Martí, escribió, profusamente, a favor de la causa independentista de Nuestra América; inspiró a hombres y mujeres durante las muchas luchas revolucionarias emprendidas en este continente, aún con las “venas abiertas”, a través de ensayos políticos, poética, novela, teatro y artículos periodísticos; si bien, su reflexión en el terreno religioso es poco común. Su anticlericalismo lo expuso con agudeza sociológica en “Hombre del campo”; carta reflexiva dirigida a los sectores campesinos con la finalidad última de descubrir las falacias propias de la teología dogmática practicada por la mayoría del clero según sus propios intereses económicos y políticos. En consecuencia, en diálogo franco con estos explotados, demostró el verdadero sentido histórico y social del cristianismo a contrapelo de un Dios sin rostro humano.  

José Martí nació en La Habana, Cuba, el 28 de enero de 1853 y murió durante una cruenta batalla en Dos Ríos, Cuba, el 19 de mayo de 1895, con apenas 42 años de edad. Espíritu superior que, con el pasar del tiempo, inspiró a cientos de hombres y mujeres por su alto concepto de la justicia social. Es decir, su moral no fue pacata sino íntegra, siempre a favor del otro quien ocupó un lugar especial en todo su quehacer político y literario.

Lo expuesto se evidencia en toda su obra escrita, en sus proezas militares y en el amor insondable profesado a la familia que trascendió los límites de la propia, la consanguínea, hasta el sacrificio.

Escribió incansablemente hasta su muerte, lo sintió su deber para con el afligido, el explotado y el humillado en general. Supo que la guerra sin contenido político, ideológico y moral carecía de importancia. Por ello, no fue un caudillo, sino una persona de bien. En consecuencia, no lo siguieron los macheteros sino las musas que lo inspiraron para lo grande y lo hermoso.

En estas cuantas líneas, preciso destacar un ángulo de su lucha inmensa y multifacética, la teológico moral de la liberación en contra de una teología católica positivista, sin compromiso con el prójimo. Por consiguiente, denunció que la adoración a Dios sin responsabilidad por el sufrimiento ajeno, deviene en un sinsentido; es decir, en un accionar carente de toda lógica.

Al respecto, Martí escribió ensayo significativo titulado “Hombre del campo”.[1] Justamente, por el alcance de sus planteamientos, vale la pena subrayar algunas de sus lúcidas tesis que parecieran escritas por los mártires salvadoreños Rutilio Grande, Monseñor Óscar Romero, Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, entre otros.

Iglesia, poder y oscurantismo

“Hombre del campo: No vayas a enseñar este libro al cura de tu pueblo; porque a él le interesa mantenerte en la oscuridad; para que todo tengas que ir a preguntárselo a él…Y como es una injustica que se explote así tu ignorancia, yo que no te cobro nada por mi libro, quiero, hombre del campo, hablar contigo para decirte la verdad…No te exijo que creas como yo creo…El primer deber de un hombre es pensar por sí mismo. Por eso no quiero que quieras al cura; porque él no te deja pensar”.[2]

De este razonamiento, puede afirmarse que Martí no fue un librepensador, ni un diletante. Al contrario, es notorio que abogó por la secularización de la educación a fin de sostenerla sobre pilares científicos (naturales y sociales) y morales que permitan al otro ejercitar la crítica constructiva a favor de un Estado soberano y de derecho. Así pues, no batalló por construir una educación cientificista y menos todavía amarrada a los intereses de una iglesia católica mercantilizada, generadora de barbarie.

¿Quién fue Cristo?

Martí en contra de todo dogma, rechazó el carácter sagrado de los sacramentos. En última instancia, aspiró defender el genuino significado del cristianismo. “Cristiano quiere decir semejante a Cristo”.[3] Entonces, ¿quién fue Cristo para el prócer cubano? “Fue un hombre sumamente pobre, que quería que los hombres se quisiesen entre sí, que el que tuviera ayudara al que no tuviera, que los hijos respetasen a los padres, siempre que los padres cuidasen de los hijos; que cada uno trabajase, porque nadie tiene derecho a lo que no trabaja; que se hiciese bien a todo el mundo y que no se quisiera mal a nadie”.[4]

Al rechazar la divinización de Cristo, echó por tierra a la teología dogmática, humanizando lo trascendente, lo intangible. De esta manera, el redentor aparece transfigurado en el rostro cansado y adolorido del caído en oposición a los altares. De alguna manera, propuso atisbos de una moral cristiana comprometida con el sufrimiento del hermano que padece tiranías de toda suerte. Por ende, subrayó con fuerza, “Cristo estaba lleno de amor para los hombres. Y como él venía a decir a los esclavos que no debían ser más que esclavos de Dios…los déspotas que gobernaban…lo hicieron morir en una cruz”.[5]

El correcto sentido del bautismo

Martí dejó en claro −al sujeto a quien se dirige con sumo ardor: el campesino− que el acto del bautismo significa “tu voluntad en hacerlo semejante”[6] a Cristo. Por lo tanto, le preguntó ¿por qué otorgarle ese poder a otro hombre? Máxime, al exigir un pago por ello. Un clérigo, “¿… puede querer a tu hijo más que tú?”[7] Al punto, arremetió con fuerza con este otro argumento, el cura bautiza para que tu hijo “entre en el reino de los cielos…si le pagas dinero, o granos, o huevos, o animales”.[8]

La salvación no se vende  

El héroe cubano continuó con su razonamiento sobre el pago en metálico o especies por el sacramento del bautismo. De ahí que no dejó de cavilar sobre ese hecho que contradice el amor de Dios expresado en los hombres. De esta suerte, increpó con angustia: “Ese Dios que regatea, que vende la salvación, que todo lo hace a cambio de dinero, que manda las gentes al infierno si no le pagan, y si le pagan las manda al cielo, ese Dios es una especie de prestamista, de usurero, de tendero.”[9]

¡No, amigo mío, hay otro Dios!

Para Martí, “Dios es. La idea de sustancia creada que envuelve en sí la idea de esencia creadora. Y sustancia creada como somos, nos rige un algo que llamamos conciencia; −nos dirige otro algo que llamamos razón, disponemos de otro algo que llamamos voluntad.− Voluntad, razón, conciencia, −la esencia en tres formas.− Si nosotros vida creada, tenemos esto, −Dios, ser creador, vida creadora, lo ha de tener. –Y a quien tanto da, mucho tiene−. Dios es, pues. Y es la suprema conciencia, la suprema voluntad, y la suprema razón”.[10] En otras palabras, priorizó la moral respecto del culto. Su cristianismo trató de la “observancia rígida de la moral”.[11] Esto es, “mejoramiento mío, ansia por el mejoramiento del otro”.[12]

Su lucha independentista tuvo ese fundamento moral. En definitiva, la pelea por el bien común, la libertad y la autodeterminación de los pueblos, lo llevaron por el camino del holocausto. En su horizonte, la igualdad entre los hombres como única religión.  

Alexandra Mulino

amulinove@yahoo.es

Bibliografía  

Vitier, Cintio. Martí en la universidad. Editorial Félix Varela, La Habana, 1997.


[1] Cintio Vitier (Selección y Prólogo). Martí en la universidad. Editorial Félix Varela, La Habana, 1997.

[2] Ibídem, p. 134.

[3] Ídem, p. 134.

[4] Ídem.

[5] Ídem, p. 135.

[6] Ídem.

[7] Ídem.

[8] Ídem, p. 136.

[9] Ídem.

[10] Ídem, p. 133.

[11] Ídem.

[12] Ídem.

La profesora Alexandra Mulino es socióloga, editora, escritora e investigadora. A través de su ELUCIDARIO AMERICANO nos invita a releer la riqueza ontológico social nuestroamericana, a contracorriente del canon occidental, con la pretensión última de legitimar otra mirada de carácter descolonizadora de los procesos históricos sociales y culturales que han consolidado hitos en torno de la nacionalidad y americanidad. 

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