Las miradas antimperialistas de Miguel de Unamuno y Rubén Darío

Segundo Paso para Nuestra América.- Miguel de Unamuno, en su propuesta sociohistórica termina fundando una epistemología. En su obra escrita, básicamente, en Del sentimiento trágico de la vida, revaloriza la relación entre el hombre de carne y hueso y el nosotros en detrimento de la concepción objetivista; matriz legitimadora de las relaciones sociales que centra su racionalidad en torno de la ciencia, la técnica y el idealismo cosificantes. De igual manera, Rubén Darío, en El triunfo de Calibán, critica el substrato ideológico instrumental que atraviesa y determina la estructura y la acción social del monroísmo como proyecto civilizatorio.

Miguel de Unamuno, en Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, aspira interpretar los hechos históricos sobre bases epistemológicas contrarias al objetivismo; es decir, pretende comprender el rico entramado social sobre su propuesta centrada en el hombre de carne y hueso, el yo y el nosotros, como sujeto y objeto de toda filosofía.[1] En consecuencia, intenta fracturar la concepción epistemológica empirista:

"(…) una cierta doctrina que llamábamos positivismo, que hizo mucho bien y mucho mal. Y entre otros males que hizo, fue el de traernos un género tal de análisis que los hechos se pulverizaban con él, reduciéndose a polvo de hechos.”[2]

El hombre de carne y hueso, ocupa un lugar fundamental en la epistemología unamuniana. De esta manera, el investigador social queda desprovisto del método científico como enlace explicativo entre el ego y el hecho. El hombre de carne y hueso unamuniano, observa y comprende la gramática social al relacionarse con el otro desde el sentimiento. Si bien, en esta propuesta, la carga semántica del sentimiento es antipsicologista. El maestro soslaya el psicologismo y el subjetivismo alienantes:

"La filosofía es un producto humano de cada filósofo, y cada filósofo es un hombre de carne y hueso que se dirige a otros hombres de carne y hueso como él. En el punto de partida, en el verdadero punto de partida, el práctico, no el teórico, de toda filosofía, hay un para qué."[3]

El lenguaje adquiere relevancia teórica en esta epistemología. El vinculo entre el yo y el nosotros sólo es posible a través del lenguaje. El verbo expresa la riqueza sociocultural de un pueblo. El filósofo como hombre de carne y hueso reflexiona la lengua de una realidad históricamente dada, centrado en personalidad individual y la personalidad colectiva expuestas en la memoria y la tradición: “La memoria es la base de la personalidad individual, así como la tradición lo es de la personalidad colectiva de un pueblo.”[4] De esta manera, la poética, la dramaturgia, la novelística, el cuento, la biografía, el epistolario y la tradición oral adquieren valor metodológico. La gramática social es elaborada desde la práctica interactiva con el “otro”, al dejar de ser un simple concepto:

"La íntima biografía de los filósofos, de los hombres que filosofaron, ocupa un lugar secundario. Y es ella, sin embargo, esa íntima biografía, la que más cosas nos explica."[5]

Justamente, según Unamuno, es allí donde radica la problemática del sentimiento trágico de la vida; quiere decir, en la imposibilidad de salvar el abismo entre el sentido común y el conocimiento científico:

"Y el más trágico problema de la filosofía es el de conciliar las necesidades intelectuales con las necesidades afectivas y con las volitivas. Como que ahí fracasa toda la filosofía que pretende deshacer la eterna y trágica contradicción, base de nuestra existencia. Pero ¿afrontan toda esa contradicción?"[6]

El filósofo vizcaíno rechaza la pretensión científica y metafísica del conocer por conocer y de conocer la verdad por la verdad misma. Explica que la curiosidad por el conocimiento “brotó de la necesidad de conocer para vivir (…).”[7] Una vez satisfechas las necesidades primarias, el hombre es capaz de pensar y recrear el mundo. La sociedad debe su ser al instinto de conservación del individuo. Y de este instinto “florece” la razón. La razón como producto social, tal vez debe su origen al lenguaje. El hombre, por tanto, es un fin, no un medio. A decir del autor:

"Y si el individuo se mantiene por el instinto de conservación, la sociedad debe su ser al instinto de perpetuación de aquél. Y de este instinto, mejor dicho, de la sociedad, brota la razón. La razón, lo que llamamos tal, el conocimiento reflejo y reflexivo, el que distingue al hombre, es un producto social. Debe su origen quizás al lenguaje. Pensamos articulada, o sea reflexivamente, gracias al lenguaje articulado, y éste lenguaje brotó de la necesidad de transmitir nuestro pensamiento a nuestros prójimos."[8]

El yo y el nosotros, en conjunto con el lenguaje, conforman y determinan las relaciones socioculturales. En última instancia, al asumir la estructura racional de la personalidad individual y la personalidad colectiva, Unamuno deslegitima posturas científicas, filosóficas y teológicas que tienden a anular el yo. Sin embargo, no trata de una postura egocéntrica.

En suma, el otrora rector vizcaíno, facilita la comprensión de los procesos culturales en el terreno de la intrahistoria, asunto que vulnera, sistemáticamente, el método científico en sus pretensiones universalistas.

En el caso de Rubén Darío, en su célebre ensayo El triunfo de Calibán, ataca la superestructura ideológico-política inherente a la matriz positivista; por ello, afirma que el yankee está “circunscrito a la bolsa y a la fábrica. Comen, comen, calculan, beben whisky y hacen millones. Cantan Home sweet home, y su hogar es una cuenta corriente, un banjo, un negro y una pipa”.[9]

En el marco del concepto social de raza, muy propio de su tiempo histórico, eleva la condición de la raza latina al ideal arielista en detrimento de Calibán personificado por la civilización del hierro, el cemento y el dollar. De los legitimadores del Uncle Sam, Emerson y Whitman, salva a Poe “pobre cisne borracho de pena y alcohol…”.[10] Al punto que elogia la defensa política realizada por Roque Sáenz Peña, Paul Groussac y, tal como él lo llama, “el señor Tarnassi”,[11] a favor de aquella España agredida por el coloso del Norte de América. Si bien, deja en claro que salvaguarda únicamente la dignidad de la España de Cervantes, Quevedo, Góngora, Gracián, Velázquez y otros egregios. Por ende, el poeta nicaragüense impulsa la conformación de la Unión Latina “…pues los pueblos… sienten…la oleada de la sangre y la oleada del común espíritu…”.[12]

Cabe destacar, que Darío enfila su pluma contra los banqueros norteamericanos favorecedores de la Doctrina Monroe y admiradores del imperio británico por sus intereses bien resguardados en la caja del Banco de Inglaterra. Por este motivo, alerta las pretensiones de Calibán en América Latina. Ahora bien, por su contenido aleccionador, vale la pena su lectura, aunque sea parcial:

"…Esas pobres Repúblicas de la América Central no será con el bucanero Walker con quien tendrán que luchar, sino con los canalizadores yankees de Nicaragua; México está ojo atento y siente todavía el dolor de la mutilación; Colombia tiene su istmo trufado de hulla y fierro norteamericanos; Venezuela se deja fascinar por la doctrina de Monroe y lo sucedido en la pasada emergencia con Inglaterra, sin fijarse en que con doctrina de Monroe y todo, los yankees permitieron que los soldados de la Reina Victoria ocupasen el puerto nicaragüense de Corinto; en el Perú hay manifestaciones simpáticas por el triunfo de los Estados Unidos; y el Brasil, penoso es observarlo; ha demostrado más que visible interés en juegos de daca y toma con el Uncle Sam."[13]

Por todas estas razones, el gran poeta, padre del modernismo, celebró la claridad política de José Martí, ya que nunca dejó de “predicar a las naciones de su sangre que tuviesen cuidado con aquellos hombres de rapiña, que no mirasen en esos acercamientos y cosas panamericanas, sino la añagaza y la trampa de los comerciantes de la yanquería”[14]

Alexandra Mulino

amulinove@yahoo.es

BIBLIOGRAFÍA

Darío, Rubén. Retratos y figuras. Biblioteca Ayacucho, Colección “La expresión americana”, Caracas, 1993.

Unamuno, Miguel de. Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. Edición de Nelson Orringer, Tecnos Editorial, Madrid, 2005.

[1] Miguel de Unamuno. Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. Edición de Nelson Orringer, Tecnos Editorial, Madrid, 2005, p. 97.

[2] Ibídem. p. 104.

[3] Idem, pp. 131-133.

[4] Idem, p. 106.

[5] Idem, p. 97.

[6] Idem, p. 114.

[7] Idem, p 124.

[8] Idem, p. 127.

[9] Rubén Darío. Retratos y figuras. Biblioteca Ayacucho, Colección “La expresión americana”, Caracas, 1993, p. 144.

[10] Ibídem.

[11] Ídem, p. 147.

[12] Ídem.

[13] Ídem, p. 148.

[14] Ídem, p. 146.

La profesora Alexandra Mulino es socióloga, editora, escritora e investigadora. A través de su ELUCIDARIO AMERICANO nos invita a releer la riqueza ontológico social nuestroamericana, a contracorriente del canon occidental, con la pretensión última de legitimar otra mirada de carácter descolonizadora de los procesos históricos sociales y culturales que han consolidado hitos en torno de la nacionalidad y americanidad. 

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