Colonialismo, apartheid y guerra contra Palestina. Parte I: El discurso de la industria del holocausto.

Segundo Paso para Nuestra América.- El presente artículo es la primera parte de una trilogía acerca de la coyuntura política y militar que hizo posible la irrupción de un Discurso del Holocausto. Aquí, el sociólogo Miguel Ángel Contreras Natera analizará cómo, desde la Guerra de los Seis Días, se explotó industrial, mediática y comercialmente los afectos y emociones de la Industria del Holocausto.

La  Guerra de los Seis Días forjó las condiciones geopolíticas para la irrupción de una industria epistémica, subjetiva e institucional de explotación emocional del Holocausto. Este acontecimiento se convirtió en un punto de inflexión en la construcción ideológica de un formato que modificó radicalmente el panorama heredado de la Segunda Guerra Mundial. En el marco de la Guerra Fría, las élites judeo-estadounidenses olvidaron el Holocausto nazi debido a la alianza estratégica de Alemania Federal con Estados Unidos en su confrontación ideológica con la Unión Soviética. La política de remover el pasado no cumplía ningún objetivo práctico en la geopolítica global. La guerra árabe-israelí en 1967 supone la incorporación del Holocausto en la cotidianidad de los medios de información en los Estados Unidos. En palabras de Norman Finkelstein, "el Holocausto no es un constructo arbitrario, está dotado de coherencia interna. Sus dogmas fundamentales respaldan importantes intereses políticos y de clase". De este modo, emerge la sociedad estratégica entre los gestores de la industria del Holocausto y el neoconservadurismo estadounidense como justificación ideológica de la guerra contra los árabes como Guerra Preventiva. Este artefacto ideológico sintetiza el poderío militar y el triunfalismo israelí que modifica el marco interpretativo regional, y sirvió para validar la condición de pueblo elegido.

La alianza estratégica entre Estados Unidos e Israel que construyó la Guerra de los Seis Días, remodeló radicalmente la situación y el Holocausto en mayúscula, se convirtió en un vector ideológico de la geopolítica regional. Incluyendo, la contención político-militar del proceso de descolonización mediante una restauración del conjunto de relaciones que posibilitaran el colonialismo y el imperialismo en la región. Esta operación ideológica se propuso simplificar, banalizar y pervertir la historia del Holocausto, por un lado, y canalizar recursos financieros para la explotación comercial por el otro. La finalidad del dispositivo neocolonial es producir una narrativa político-espiritual que garantice la excepcionalidad inmunitaria del estado de Israel en el logro de sus objetivos militares, políticos y económicos regionales. La explotación del sufrimiento de las víctimas del Holocausto nazi se traducía en la singularidad del pueblo judío, otorgándole derechos especiales merecedores de cualquier esfuerzo para su sobrevivencia. La vulnerabilidad como construcción simbólica que le concede la mitificación creada por la industria del Holocausto a Israel, los autoriza a impedir con todos los medios posibles la defensa y expansión de su territorio.

De este modo, el anudamiento entre la política colonial de los asentamientos israelíes, la represión, persecución y criminalización de la población palestina configuró un mecanismo sistemático de apartamiento y segregación. Globalmente, esta política de apartheid inspirada en el Plan Alón tenía como objetivo escindir la tierra árabe de su habitante palestino, anexionando los cuerpos de aguas, las tierras productivas y estratégicas, y ceder la administración de núcleos poblados a un régimen de autonomía limitada. El sionismo invocaba los principios lockeanos para reclamar que habían trabajado la tierra y desarrollado redes de irrigación, esa actividad consuetudinaria le otorgaba derechos de posesión e incluso derechos de pertenencia nacional. La colonia como la nación en la ideología sionista dependía de una ontología posesiva que precisaba la expansión constante de un proyecto político-cultural. En efecto, este proyecto colonial coincidía con las pretensiones del sionismo cultural, político y religioso de finales del siglo XIX de crear en Palestina un Estado con una aplastante mayoría israelí. Para resolver lo que se denominaba la cuestión judía. El proyecto sionista reproducía el razonamiento antisemita y seguía su lógica para concluir que la resolución de la cuestión judía requería una entidad política perteneciente a la nación judía. Suponía como resultado una ideología radicalmente excluyente que convertía a los no-judíos en una presencia superflua y prescindible. De hecho, en el Occidente ilustrado el desplazamiento de la población Palestina era la consecuencia lógica del progreso de la civilización moderna. El paralelismo entre la conquista de los colonos estadounidense del Oeste de sus fronteras y los desafíos de los asentamientos de los colonos judíos se comenzó a establecer como programa político-territorial.

La política de desposesión territorial del sionismo supone el desarraigo, la creación de zonas de confinamiento espacial, la reubicación forzada y la destrucción sistemática de los tejidos materiales y axiológicos de la población palestina. El debate político-espiritual contra el apartheid sionista precisa de una ruptura con la mirada estereotipada que ha producido y produce la explotación emocional de la industria del Holocausto. La lucha por los conceptos adecuados es una lucha epistémica y política fundamental para los proyectos de emancipación humanas, y en este caso particular, supone la demolición teórico-conceptual de un conjunto de agravios contra la población palestina. Las absurdas entelequias que declaran que el Estado judío es la única salvaguarda contra un odio milenario ha fortalecido un dogma que los licencia a todo tipo de crímenes. La pretensión de legítima defensa, como un suplemento ideológico de la Guerra Preventiva, disfraza la política de ocupación, destrucción y desposesión como un derecho histórico que condena la defensa de los derechos inalienables del pueblo palestino. Igualmente, inferioriza, racializa y des-humaniza a las víctimas palestinas del apartheid sionista solicitándoles vivir en esa condición precaria junto a sus conquistadores. En palabras de Edward Said, el sionismo invoca con un cinismo denodado el olvido de la propia historia palestina de persecución, debido a la violencia y destrucción que produce vivir de las sombras del pasado.

REFERENCIAS

Miguel Ángel Contreras Natera,  Una geopolítica del Espirítu. Leo Strauss: la filosofía política como retorno y el imperialismo estadounidense , Caracas, Fundación CELARG, 2011

Norman Finkelstein,  La Industria del Holocausto. Reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío,  Madrid, Siglo XXI Editores, 2002

Edward Said,  Palestina. Paz sin Territorios , Nafarroa, Editorial Txalaparta, 1997

Miguel Ángel Contreras Natera es un eminente sociólogo, escritor, ensayista, articulista, investigador y docente universitario de dilatada trayectoria. El objetivo de esta columna semanal que nos ofrece el profesor Contreras es contribuir al esclarecimiento de las grandes dinámicas societales que se superponen y entrecruzan conflictivamente en un contexto de grandes transformaciones globales. La disputa político-espiritual entre el Atlántico Norte (Estados Unidos) y el Asia Oriental (China) que definirá las nuevas áreas de la acumulación capitalista y la irrupción de nuevas conflictividades en una pluralidad de espacios regionales. Las tensiones entre Estados y Grandes Corporaciones, entre la economía fósil y la economía digital, entre trabajo e Inteligencia Artificial conformará los contenidos de los grandes debates políticos, económicos y sociales del Siglo XXI. 

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