publicado el: 25 septiembre 2021 - 05:50
La Escuela de Nunca Jamás.  Apuntes para asomarse a la relación entre los artistas y los espacios de formación

Segundo Paso para Nuestra América,. A través de un lenguaje poético, cargado de metáforas, el artista Oscar Sotillo reflexiona acerca del arte y los procesos de formación. Crea un espacio utópico que denomina Escuela de Nunca Jamás, que se contrapone a la escuela donde se cursan estudios formales en arte. Para él, esta última es tan solo una metáfora apocada, marcada de prejuicios y dogmas, que niega la naturaleza creadora. En contraposición, la Escuela de Nunca Jamás, es donde el artista aprende a "golpear los límites del universo sensorial y material", la "fantasía absoluta de las almas libres".

Hay una escuela de arte que queda entre las esquinas de Utopía y Arrebato. No tiene horarios ni garantías. No hay allí materias ni unidades curriculares. Nadie se gradúa de nada y no hay actos de grados, ni exámenes, ni evaluaciones ni proyectos formativos. Es la fantasía absoluta de las almas libres. Pero no sé para qué necesita escuelas la gente que no quiere sentir ninguna norma, ningún límite en las formas de hacer. Esta tentativa de entrar a profanar los espacios de la formación siempre está presente en la rebeldía creativa. Son espacios tentadores, llenos de prejuicios y malos entendidos que se han ido quedando como viejos dogmas. En estos espacios, conservar las formas y las relaciones es parte del ritual de respeto. Destruir las formas, de alguna manera es la otra cara de ese ritual y una tentación permanente.

La escuela que queda de Utopía a Arrebato no regala nada. La voluntad se forja allí en un solo huracán de trabajo, reflexión y acción creadora. Pero, ¿Cómo se llega a esta escuela? Es que ya dijimos que no existe tal sitio. Cómo puede existir una escuela que justamente cuestiona cualquier mecanismo que permita la reproducción del segmento de la realidad que la alberga, es decir, un espacio destinado a negar la naturaleza reproductiva, los acuerdos fundamentales y la lógica (o ilógica) creativa. De igual manera la Escuela de Nunca Jamás retira del paisaje los elementos materiales y reduce a su mínima expresión las relaciones emocionales con el hecho creador. Todo esto para que el alma a la intemperie construya sus propias herramientas en medio de la nada.

Es necesario establecer un mínimo cuadrante para que no se desparrame el efecto del análisis. Esta Escuela de Nunca Jamás funciona solamente para los artistas, para los creadores inconformes que viven de golpear los límites del universo sensorial y material. Los conformistas o los cortos de vista, ven solo neblina o inmensidad, nunca una provocación para la voluntad de trabajo. Las puertas están abiertas siempre. Libros, brochas, películas, atuendos de época, pantallas y software maravillosos están allí a la espera de la voluntad de fuego. Una colección variopinta de materiales, ideas, emociones, texturas, olores, latidos, todos listos para ser desordenados, para escribir a diario una nueva gramática que guíe la exploración tormentosa de la “realidad” con cinco sentidos que a ratos son seis o cuatro, pero que es lo único que tenemos.

Sobrevive a esta nada la palabra escuela, la palabra arte que todavía tienen un significado saliendo de la boca y construyendo un sedimento emocional que es contradictoriamente etéreo y sólido a la vez. Navegaría en aguas infinitas quien intente precisar la utilidad exacta de someter a un grupo de ciudadanos a un riguroso sistema de formación para que “ejerzan” el oficio de artistas, de creadores visuales. La Escuela de Nunca Jamás sería un infinito espacio atestado de historias y de olvidos, de tecnología y de barro, de manías, de disciplinas, de líquidos y pixeles. Un espacio dedicado a formar artistas visuales debe ser infinito como el mismo arte que pretende escudriñar. No hay espacio físico capaz de albergar esto. La escuela se convierte entonces en una metáfora apocada de una realidad descomunal, donde la voluntad creadora y emocional del artista termina de construir el pedazo faltante del paisaje.

Los maestros de esta escuela vienen formados de otra escuela cargada de otros tiempos. Difícil remontar esta cuesta en una sola generación. El tiempo es necesario para forjar las almas. Los huracanes de la historia llevan y traen buenas intenciones. Al final se trata de que los estudiantes de esta escuela sean parte importante de la sociedad donde se han reproducido. Los imaginamos como unos guías de los espacios posibles que a menudo se han vuelto imposibles. Los imaginamos abriendo caminos para los cinco sentidos, para el disfrute pleno de las posibilidades de la imaginación. ¿Acaso no viene el ser humano a seguir imaginando el universo? Esta naturaleza hay que preservarla siempre. La Escuela de Nunca Jamás existe disgregada en las voluntades. Ninguna sociedad funda una escuela que la vulnere de manera contundente. Las escuelas son fundadas para todo lo contrario.

El propio arte señala el camino de construcción de esta escuela imaginaria. Retazos, trozos de experiencias, intentos felices, tiras de relatos emocionados, voluntades alocadas, pasiones desbocadas que dejen una obra creativa que se junte para enriquecer la experiencia de los otros miembros de este espacio tiempo. Es como un brote vegetal. Tarde o temprano surgirá de la tierra húmeda con la fuerza necesario hasta que lleguen los frutos y la Escuela de Nunca Jamás comenzará a ser visible justo allí entre las esquinas de Utopía y Arrebato.

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