publicado el: 28 septiembre 2021 - 00:00
A 10 años de la muerte de Helmut Frenz

Segundopaso Cono Sur - El pasado 13 de septiembre se han cumplido diez años de la muerte del pastor luterano Helmut Frenz, fallecido en Hamburgo en 2011. Uno de sus grandes aportes para el país fue la creación del Comité Pro Paz, labor que realizó en conjunto con el cardenal Raúl Silva Henríquez y que presidió con el obispo Fernando Ariztía. Tras participar en la creación del FASIC, en 1975, fue expulsado del país por la dictadura militar.

Helmut Frenz dejó un recuerdo profundo entre quienes reconocen su rol clave en el período más negro de la dictadura y su constancia en el apoyo a los procesos de lucha por la verdad, la justicia y la reparación. Recordemos que luego de su expulsión en 1975 se desempeñó como secretario general de la sección alemana de Amnistía Internacional, por lo que pudo acoger a quienes sufrían el exilio y movilizar la atención contra la brutalidad del régimen pinochetista. Y en 2003 colaboró decididamente en la demanda por la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Como lo expresó en una entrevista a Punto Final en 2003, militó toda su vida en el “partido de los oprimidos y torturados”.

¿Pero como se llega a semejante compromiso? ¿Cuál era la raíz de sus motivaciones?

En 2006 Frenz presentó en la biblioteca nacional su autobiografía “Mi Vida Chilena: Solidaridad con los Oprimidos”. En sentido estricto no es un recorrido a toda su vida, sino sólo del período que él describe como su “vida chilena”, itinerario relativamente corto, ya que abarca sólo diez años; desde su llegada a Concepción en 1965 y su expulsión por la dictadura en 1975. Sin embargo este decenio chileno es el período clave en la vida del pastor Frenz, que le llevará a concretizar los valores que ya habían marcado sus opciones fundamentales.

Helmut era ante todo un cristiano, formado en un momento en el que la pregunta central a la que debía responder su iglesia alemana era ¿cómo hablar de Dios después de Auschwitz? Este dilema era fundamental, ya que desde 1932 la jerarquía luterana se subordinó ante el nazismo, por cooptación, por miedo o por conveniencia. En reacción, un pequeño núcleo de pastores y teólogos rechazó en 1934 el alineamiento eclesial ante Hitler. El grupo se llamó la “iglesia confesante”, ya que redactó una “confesión de fe” en la que argumentó su posición antifascista. Los “confesantes” se volcaron a proteger a los perseguidos por razones políticas y de raza, permitiendo que miles de personas pudieran escapar. La mayoría de sus miembros pagó con su vida esta disidencia, entre ellos el teólogo Dietrich Bonhoeffer, ejecutado por la Gestapo en 1945, quién sintetizó el momento afirmando: “La Iglesia permanecía muda, cuando tenía que haber gritado. La Iglesia reconoce haber sido testigo del abuso de la violencia brutal, del sufrimiento físico y psíquico de un sinfín de inocentes, de la opresión, el odio y el homicidio, sin haber alzado su voz por ellos, sin haber encontrado los medios de acudir en su ayuda. Es culpable de las vidas de los hermanos más débiles e indefensos de Jesucristo”[2].

La memoria de este núcleo de resistentes permitió que la generación de Helmut se planteara preguntas centrales sobre el significado de la dignidad humana y respecto al papel de la iglesia en la sociedad, especialmente en contextos de violencia e injusticia. Este fue el núcleo valórico que le acompañó toda su vida y que le impulsó a venir a América Latina. Sin embargo, sabemos que los valores no son más que opciones abstractas, prefiguraciones teóricas, hasta el momento en que debemos ponerlos a prueba en la realidad. Y esta prueba se presentó en su vida en ese decenio chileno. El pastor que llegó a mediados de los sesenta para servir a la colonia alemana del sur de Chile tuvo que hacer carne esos valores, cambiar sus prioridades, su percepción de lo urgente y de lo accesorio. Un cambio que no fue gratuito y que implicó un coste personal muy alto. Entre otros, un grave conflicto con sectores de su propia iglesia, que no entendió las opciones de su obispo.

En su autobiografía recuerda que al llegar a Concepción el culto en la iglesia aún se hacía en alemán y el pastor anterior, que había estado 35 años en ese cargo, había sido miembro del partido nazi. “Me di cuenta que había llegado a un lugar que no tenía nada de Tercer Mundo: era el ghetto alemán”. A partir de allí comienza los cambios: el servicio dominical se comienza a hacer en castellano, empiezan a llegar “chilenos, se abren actividades sociales en Huelpencillo, en el campamento Lenin: “El 8 de mayo del 70, un día de frío y lluvia, murieron dos niños y vi que había que hacer algo. Se fue el punto de cambio de mi nacionalidad. Tuve que tomar una posición.” recordará a PF. Se generan los primeros quiebres en la iglesia: “Había una madre que decía que enseñar el Padre Nuestro en castellano era echarle perlas a los puercos. Así fue como salí del ghetto”. Elegido inesperadamente obispo, se traslada a Santiago. El proceso político de la Unidad Popular desafía sus marcos de comprensión, pero entiende que Chile demanda cambios profundos.

El golpe de septiembre de 1973 le retrotrae la memoria de la “iglesia confesante”. ¿Cual sería la actitud que debería tomar un cristiano en este contexto? ¿A que criterio obedecer? Para él era evidente que la mayoría de la colonia alemana era partidaria del golpe de Estado. Su feligresía no sólo se resistía a dejar de ser un “club social alemán”. También se oponía abiertamente a los cambios que impulsaba el gobierno de Allende. Pero Frenz decide ser fiel al Evangelio de la vida.

En septiembre de 1973 decide crear la Comisión Nacional de Ayuda a los Refugiados (CONAR), que permite a siete mil personas salir del país. Pero se trata de una tarea que exige una articulación más amplia. Surge la idea de un servicio ecuménico, el Comité Pro Paz, que constituyó rápidamente un equipo de asistentes sociales y abogados que apoyados por voluntarios, religiosas, sacerdotes y laicos se volcaron a proveer asistencia legal y judicial a los perseguidos y documentar las atrocidades. La reacción de prominentes miembros de su iglesia no se deja esperar. Comienza una campaña de desprestigio en su contra. El Mercurio publica una lista de 600 firmas de feligreses pidiendo su expulsión. En julio de 1975 la mayoría de los miembros de la Iglesia Evangélica Luterana en Chile decide retirarse y fundar una nueva iglesia: la Iglesia Luterana en Chile, que rechaza el compromiso social – humanitario y mantiene el culto en alemán. El 3 de octubre de 1975, mientras se encuentra en Ginebra presentando un reporte ante la ONU, el régimen decide impedir su regreso. Y el 11 de noviembre fuerza el cierre del comité Pro Paz. ¿Todo perdido? Contra todo lo esperado, y a pesar de toda la presión, una minoría de luteranos decide permanecer en la IELCH, ampliado su trabajo pastoral y social hacia los chilenos. De ese núcleo eclesial se articularán en el futuro buena parte de las iniciativas ecuménicas a favor de los DDHH y en demanda de la democracia, que se expresarán en la conformación de la Confraternidad Cristiana de Iglesias. Y FASIC, desde el campo protestante, prolongará hasta hoy el trabajo del Comité Pro Paz.

La obra de Helmut Frenz, que parecía perdida y destinada al fracaso, permanece. Como su recuerdo, que aunque se quiera obviar y opacar, se mantiene vivo entre aquellos que reconocen en su persona a un justo. Y como se atrevió a decir Lutero ante los poderes de su tiempo: “el justo por la fe vivirá”.

Alvaro Ramis Olivos.

Teólogo. Dr. en Filosofia.

Rector Universidad Academia Humanismo

[1] http://www.puntofinal.cl/547/frenz.htm

[2] D. Bonhoeffer. “El Precio de la Graci

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