publicado el: 17 mayo 2022 - 09:25
Derechos Humanos, Epistemología y Poder. Su Instrumentalización en los Conflictos Geopolíticos. Parte II

Segundo Paso para Nuestra América,.- Para que la unipolaridad pueda controlar el sistema internacional y establecer el orden hegemónico requiere construir una narrativa que convenza al mundo de que sus acciones son necesarias y correctas, que su sitema de valores dicotómicos (bueno- malo; amigo-enemigo) reprresenta el deber ser de la humanidad entera, Una especie de universalización de un cuerpo de principios y derechos humanos que en realidad son contradictorios, desvergonzados y de doble rasero. Esta narrativa está además avalada por una epistemoogía tradicional. De allí que Omar Hassan formule las siguientes interrogantes ¿Cómo logran estas narrativas ser tan exitosas, a pesar de tantas contradicciones, incoherencias e inconsistencias? ¿Cómo puede ser que justificaciones tan absurdas para acciones que obviamente buscan el poder y el dominio, pueden ser acríticamente absorbidas por tanta gente y aceptadas como una incuestionable realidad? ¿Cómo logran ciertas narrativas convencer a grandes sectores de las poblaciones humanas, cuando su propio contenido suele ser contraintuitivo de las propias realidades sociales, históricas y hasta fundamentalmente humanas?

En las Relaciones Internacionales del Siglo XXI, las guerras entre las potencias más grandes ya no se pueden dar con enfrentamientos militares directos, por múltiples razones, entre estas, la posesión de armas nucleares. Adicionalmente, las guerras de hoy – como todas a lo largo de la historia humana – se dan por el poder y los recursos (naturales, financieros, etc.). Con la finalidad de acumular y obtener el premio más anhelado del sistema internacional – el poder/las riquezas (esta dicotomía representa dos caras de la misma moneda) - una potencia debe quebrar la resistencia de las otras que debe dominar, por lo general a través de la erosión y agotamiento de sus soberanías y sus capacidades para resistir, ya que ahora no es necesario conquistar terrenos e incorporar territorios, si se logra neutralizar sus soberanías, a través de hacer las políticas exterior, monetaria y comercial del país dominado, unas meras extensiones del país dominante.

Al dominar las soberanías de la mayoría de los países y aislar y neutralizar los que no se dejan dominar, se puede obtener una situación sistemática o estructural que en ciertos círculos se identifica como una “unipolaridad”, en el sistema internacional. La clave de la unipolaridad, entonces, es lograr la erosión de las soberanías de un grupo particular de actores internacionales que resisten el dominio y la “incorporación” al manto hegemónico, a través del uso de armas políticas, económicas y diplomáticas. La erosión de la soberanía, lejos de las anticuadas estrategias de invasiones imperiales clásicas y despliegues militares (aunque estas aún se emplean, como en el triste ejemplo de Irak del 2003), ahora se logra a través de los famosos “regime change” que tanto se evidencian en el sistema internacional, empleando en estos procesos el colapso económico (destrucción de la moneda, por ejemplo), la “estimulación” de la desestabilización por parte de fuerzas internas, y las famosos medidas coercitivas unilaterales.

Aquí necesitamos comprender la fuerza e importancia de las narrativas para las medidas coercitivas, antes de proceder a relacionar estas con el concepto de los derechos humanos. Tomemos, por ejemplo, las denuncias realizadas por Estados Unidos contra Venezuela y Rusia por “injerencia” en las políticas de otros países y la “erosión” de sus soberanías. Durante las presidencias del Comandante Hugo Chávez, Washington denunciaba la “injerencia” del “comunismo de Caracas” en las “democracias” regionales, las cuales eran “democráticas” por tener gobiernos de derecha, como las de los narcotraficantes Álvaro Uribe Vélez en Colombia, y Juan Orlando Hernández en Honduras. Washington igualmente expresaba profunda preocupación desde el 2007, por las soberanías de los países del Báltico y anteriores miembros del Pacto de Varsovia y la antigua Unión Soviética, las cuales estaban supuestamente amenazadas por Moscú. La potencia anglosajona, alternativamente, nunca expresó preocupación por las soberanías de estos países cuando enfrentan “revoluciones de colores”, pero siempre cuando un gobierno de esos países firma voluntariamente un acuerdo con Moscú, por ejemplo.

Alternativamente, Washington efectivamente ha condenado gobiernos que han sido víctimas de un golpe de Estado (militar o petrolero), como fueron los casos de Venezuela en el 2002, y Turquía en el 2016. El país suramericano y el otro euroasiático ambos perdieron su característica de ser democráticos, cuando Washington, en vez de denunciar el golpe de Estado, condena a los gobiernos víctimas del atentado contra la democracia por ser “no-democráticos” y “excesivamente represivos”, a pesar de que tanto Hugo Chávez Frías, Nicolás Maduro, como Recep Tayib Erdogan, fueron electos democráticamente. Esta dualidad contradictoria al igual se puede encontrar en el tema del control de manifestaciones violentas y/o pacíficas: Venezuela, Nicaragua y la Bolivia de Evo Morales son “autoritarias” y “represivas” por controlar la violencia asesina callejera, pero todos los países europeos, Estados Unidos, Colombia, Brasil y cada aliado de Washington que demostraron indudables formas de represión brutal contra sus propias poblaciones, solo estaban “defienden el orden público y la democracia contras las hordas terroristas”, solía ser la narrativa desde Washington.

Por lo general, cuando Washington defendía a sus aliados de sus respectivas acciones de represión y violencia (la Ecuador de Lenín Moreno, la Chile de Sebastián Piñera y la Colombia de Iván Duque), la culpa de las acciones represoras siempre la tenía la Venezuela de Hugo Chávez, culpa que después de la Siembra del Comandante, fue heredada entera e intactamente por la Venezuela de Nicolás Maduro. Si hubo represión, no fue culpa de los lideres “democráticos” como los narcotraficantes Uribe y Hernández, sino de Nicolás Maduro, o el maligno “Foro de Sao Paulo”. Estas fuertes contradicciones en las narrativas emitidas por el mismo autor, raramente requieren demostrar coherencia y consistencia, sino solamente deben existir, y las denuncias de duplicidad y doble moral se suprimen a través de invisibilizar y silenciar a quienes se quejan, empleando para estas tareas los medios globales.

Las narrativas permiten ejercer el poder en el sistema internacional, de tal manera que no se requiere del uso de ejércitos y marines, sino de otras formas del ejercicio del poder que no cuestan mucho, y tampoco desgastan a los nuevos imperios. Condenar a Venezuela y defender y alabar a Colombia por las mismas acciones es un ejercicio de poder, ya que buscas con la condena a Venezuela el anhelado “regime change” – exterminar el enemigo – y con la defensa de Colombia, la continuidad de un gobierno servil que le permite proyectar su “OTAN” en regiones que no justifican la presencia de esta organización guerrerista. Este ejercicio de poder solo se logra a través de narrativas que en la gran mayoría de los casos entran en contradicciones agudas con la propia realidad social como existe, y en otros casos hasta entra en contradicción con otras narrativas emitidas por la misma potencia. Pero nada de esto frena las narrativas y sus funciones.

Entonces, la pregunta que quedaría por hacer es la siguiente: ¿Cómo logran estas narrativas ser tan exitosas, a pesar de tantas contradicciones, incoherencias e inconsistencias? ¿Cómo puede ser que justificaciones tan absurdas para acciones que obviamente buscan el poder y el dominio, pueden ser acríticamente absorbidas por tanta gente y aceptadas como una incuestionable realidad? En otras palabras, ¿Cómo logran ciertas narrativas convencer a grandes sectores de las poblaciones humanas, cuando su propio contenido suele ser contraintuitivo de las propias realidades sociales, históricas y hasta fundamentalmente humanas?

La clave está en la epistemología tradicional, lamentablemente. Nos referimos aquí a una epistemología de las ciencias sociales que efectivamente ha establecido tradiciones y prácticas que, aunque en sus esfuerzos analíticos departen significativamente de la realidad social que pretenden estudiar, han logrado colocarle como el consenso y la norma, dentro y más allá del mundo académico. El positivismo comtiano y sus evoluciones históricas, el individualismo metodológico, las primera y segunda generaciones del llamado “Círculo de Viena”, el panfleto del estadounidense Milton Friedman titulado “Ensayos sobre la Economía Positivista”, y las teorías de selección racional, todas forman parte de esta epistemología tradicional, y su manera mecánica y obtusa de imponer los criterios metodológicos de las ciencias naturales, al estudio de las relaciones sociales humanas, con todo el subjetivismo que poseen estas relaciones, el relativismo y la “autoconsciencia del propio objeto de estudio” que caracteriza las interacciones humanas, y que están ausente de los objetos de estudio de las ciencias naturales.    

Entre los problemas más graves que impone el positivismo y sus derivados, tenemos el de las concepciones preestablecidas sobre las relaciones humanas, concepciones que se han filtrado y ahora dominan la manera en la cual muchas personas perciben y entienden la realidad que los rodea. Tomemos, por ejemplo, el tema del poder y las relaciones sociales de producción y acumulación de riquezas. Al observar críticamente el desempeño sociohistórico de las comunidades humanas, podemos concluir que la búsqueda por el poder y el dominio, junto al proceso de acumulación de riquezas, debe constituirse en quizás la dualidad más fundamental a ser estudiada en las relaciones humanas, aunque en realidad, estas dos no deben ser consideradas como una “dicotomía”, sino como una sola concepción, por lo tan interrelacionadas que son, en la realidad social.

Pero en la epistemología tradicional, esta dicotomía es periférica (generalmente ausente) en los procesos de construcción de los conocimientos y el análisis que surge de estas construcciones, favoreciendo interpretaciones abstractamente “culturales”, junto al empleo de modelos matemáticos abstractos, la fragmentación en el análisis de lo que existe en forma de sistemas interconectados y altamente complejos en la realidad social, y la descontextualización de un proceso del resto que explica su naturaleza netamente sociohistórica.

Interesantemente, los temas de las clases sociales y del poder social, por lo general no forman parte de las construcciones y modelos explicativos sociales que se fundamentan en la epistemología tradicional, a pesar de que intuitivamente, analizar el sistema internacional debe partir del punto de entender las relaciones de poder y dominio en el sistema, en vez de partir de “valores culturales y civilizatorios” que se distancian de los temas medulares de las relaciones humanas, como el poder y la acumulación y distribución de las riquezas. Por lo general, la visión epistemológica tradicional fragmenta la realidad y rechaza la estructura social como un elemento fundamental para comprender la realidad social, prefiriendo la atomización y la unidad “individual”.   

Tanto en el ámbito epistemológico como en el ámbito social mas amplio de la política y los medios de comunicación, el poder y las riquezas como unidades analíticas no forman parte del estudio de la realidad, ni mucho menos de la construcción de las narrativas, precisamente porque ese poder, para que sea efectivo, debe quedar ambiguo, oculto, incomprensible, y, finalmente, irrelevante. El momento que podemos observar los “hilos” del poder, este mismo pierde su efectividad, como el acto de un ilusionista, que pierde su efecto si la audiencia logra observar los métodos de sus ilusiones. Si las poblaciones en general entienden la naturaleza del poder y su rol fundamental en las relaciones humanas, si las sociedades humanas comprenden lo fundamental que es la lucha por las riquezas en todo tipo de conflicto humano, empezarían a colocar estos temas en el centro de toda comprensión sobre el devenir histórico de nuestra especie, y con esto pudiera perder relevancia las narrativas justificadoras, las mismas que se usan para ejercer el poder, en primer lugar.

En pocas palabras, y de manera bastante sencilla, las sociedades humanas modernas quizás apoyarían una guerra por conceptos abstractos como la religión, el nacionalismo, defender los derechos humanos, enfrentamientos “ideológicos” y dicotomías de “malos” y “buenos”, pero poco apoyo se encontraría para guerras y conflictos (los cuales por lo general poseen costos que son asumidos por los estratos más empobrecidos de las sociedades) que incrementarían los ingresos de las multinacionales, o para derrotar a un adversario económico con quien ya no se puede competir, en ese mismo terreno.

En la epistemología tradicional, y en las narrativas políticas, diplomáticas y mediáticas conservadoras (esto incluyen a las llamadas tendencias “liberales”, que simplemente representan la derecha liberal), temas como el del poder, las riquezas, el dominio sobre sociedades completas y el control de los medios de producción, son todos sustituidos por concepciones abstractas de carácter sociocultural. Por eso es que se entienden todos los conflictos en el Medio Oriente como luchas “religiosas”, “culturales”, “lingüísticas”, etc., como también las exigencias de independencia y soberanía por parte de pueblos sin Estados y que afectan países aliados importantes, por ejemplo.

Son “culturales” y altamente abstractas (o sea, son no-reivindicables), para así quitarle la posibilidad de una solución a través de abordar preocupaciones políticas y económicas legitimas, o revindicar derechos justificados. Se explican a través de nociones de cultura, extremismo con orígenes ideológicos, religiosos, socioculturales, etc., para así cerrar la posibilidad del dialogo y del compromiso mutuo, y permitir solamente la viabilidad de la opción del dominio y el sometimiento. Más importante, por esto es que se comprende la Segunda Guerra Mundial como una lucha titánica entre el “bien” y el “mal”, como también la Guerra Fría, en vez de analizar estas en el marco de luchas por el dominio, la supremacía global, la búsqueda por obtener el derecho exclusivo de redactar las reglas de un nuevo sistema internacional y la supresión de rivales geopolíticos hasta llegar a la “cima de la unipolaridad”.

Por todo lo antes expuesto es que insistimos en la importancia de comprender la naturaleza del poder y las maneras indirectas y abstractas en las cuales se ejerce este, y el rol de la epistemología tradicional, tanto en la reproducción de estas relaciones sociales, como en las precepciones distorsionadas que poseemos sobre la realidad social. Las narrativas dependen de una epistemología que sustenta el ejercicio del poder a través de ocultarlo, de hacerlo invisible e irrelevante. Y estas narrativas, a su vez, son las que permiten lanzar “armas modernas” como las medidas coercitivas unilaterales, entre los distintos contrincantes geopolíticos.

En los últimos años, el uso de estas armas modernas para erosionar la soberanía de los países y someter sus políticas exteriores (y económicas), ha incrementado considerablemente, por razones que ya hemos señalado en este artículo. Tomemos, por ejemplo, el secuestro en el año 2018 de la Señora Meng Wanzhou, Vicepresidenta de la junta y directora financiera del gigante de las telecomunicaciones chino Huawei, en Canadá, por ordenes de Estados Unidos. Las narrativas fueron múltiples para este secuestro: Primeramente, por conspirar para defraudar múltiples instituciones de Estados Unidos; luego por actos de espionaje contra Estados Unidos y después por proporcionar equipos de Estados Unidos a Irán a pesar de las “sanciones”. Finalmente, de manera extraoficial, se señaló que la razón para actuar contra la Señora Wanzhou fue el registro de “derechos humanos” que posee la República Popular China. Muchos en Estados Unidos aplaudieron el secuestro, tomándolo como un acto de justicia a favor de una población musulmana turca en el occidente de China que jamás antes habían escuchado que existía.

Una gran parte de las mal llamadas “sanciones” contra China por parte de Estados Unidos y la Unión Europea, poseen como base “justificadora” el tema de los derechos humanos. Lo fascinante es que grandes sectores de las poblaciones occidentales y sus apologistas en el resto del mundo efectivamente creen esto, y no se les ocurre ni por un momento considerar que el secuestro de la Señora Wanzhou y todas las sanciones contra Huawei (como si fuera que la empresa china es, efectivamente, un Estado) y la China misma, son acciones para ejercer el poder y limitar la expansión global de la empresa – y, por ende, la proyección económica de China en el mundo. Los sancionan porque no pueden competir con ellos. Aquí vemos cómo el concepto de los derechos humanos – y no los propios derechos, los cuales no valen absolutamente nada en la geopolítica de la guerra fría actual – es empleado repetidamente para construir narrativas que permiten desarrollar y usar armas de bajo costo pero de alto impacto, denominadas “sanciones”, las cuales en realidad son mecanismos para la destrucción o el debilitamiento económico del adversario geopolítico, completamente lejos de nociones de derechos humanos, de “cultura” y “civilización”, y de “buenos” y “malos”. 

El caso de la invasión rusa de Ucrania es otro bastante emblemático. La invasión rusa viola los derechos humanos de los ucranianos, los mismos derechos que los iraquíes, libios y sirios nunca poseían, cuando sus países fueron invadidos por Estados Unidos. Supuestamente, las razones por la invasión son obvias: el Presidente Vladimir Putin es un tirano sangriento que desea reconstituir la Unión Soviética y por eso, sin provocación alguna, y seleccionando el peor momento histórico para emprender estas acciones militares, decidió destruir a Ucrania, por pura malicia de su parte. Esta narrativa fue construida en Washington, y distribuida por ciertas capitales de la Unión Europea.

Ahora bien, en ningún aspecto de esta narrativa se menciona la expansión de la OTAN y el grave peligro geopolítico que implica circundar a Rusia en su propio ámbito geopolítico y su “profundidad geoestratégica”. En ninguna parte de estas narrativas occidentales surge la idea de una lucha geopolítica global por la supremacía en el sistema internacional y la imposición de una unipolaridad, o la necesidad de someter a las potencias que adversan a Washington a través de la destrucción de sus soberanías y/o cambios de régimen. Nada sobre el poder (excepto el del “villano” Putin, las cuales seguramente en un futuro muy cercano serán acompañadas por las del “villano” Xi Jinping), sobre la lucha por la supremacía tecnológica y el dominio sobre la economía global a través del exterminio de todos los rivales (geoeconómicos y geoestratégicos). Mucho menos hablan sobre la incapacidad de Estados Unidos de sostener una competencia “limpia” contra China, como tanto dictaban los mismos estadounidenses a los latinoamericanos por más de un siglo, cuando estos exigían la imposición del libre comercio y la eliminación de las protecciones nacionales para las nacientes industrias latinoamericanas.  

Ciertos analistas consideran como una gran sorpresa que estas narrativas desprovistas de sentido, de realidad sociohistórica y de fundamentación intuitiva, avanzan y proliferan por todo el ámbito social internacional, a pesar de sus obvias fallas, las cuales son manifiestas, si son examinadas detalladamente. Alternativamente, para quien suscribe, no existe sorpresa alguna, ya que al verlas y evaluarlas de manera superficial, quizás no se puede entender tanta recepción positiva y acrítica de estas narrativas insensatas, pero al contextualizarlas en el ámbito de las raíces epistemológicas de estas, y las tendencias ideológicas que surgen de dichas epistemologías, pues se entiende la difusión exitosa de estas narrativas, ya que estas dependen casi exclusivamente de lo abstractamente “cultural” y de dicotomías reduccionistas, absurdas, y efímeras, a la vez de que se alejan completamente de evaluaciones críticas sobre el poder y la búsqueda por las riquezas. 

En el ámbito geopolítico internacional, es muy problemático hablar sobre los derechos humanos, porque corremos el riesgo de confundir estos derechos universales, los cuales aplican a lo individual y a lo colectivo, y a todas las poblaciones humanas en todos los momentos históricos, con un “concepto” de derechos humanos que es bastante ambiguo, impreciso y altamente transformativo, pues depende del momento dado, y de tantos otros factores que no poseen relación alguna con estos derechos. Quienes construyen estas narrativas para lanzar sus armas y continuar sus guerras, les conviene inmensamente que se confundan estos derechos universales con los conceptos “construidos” sobre estos, con la finalidad de prestarle credibilidad y legitimidad a sus armas de destrucción económica masiva.

¿Qué hacer, entonces? Simplemente, educar para desenmarañar los derechos humanos de las narrativas letales y bélicas que lanzan las potencias en sus guerras frías globales, las que tienen a estos derechos fundamentales completamente secuestrados, para sus propios usos estrictamente geopolíticos. La idea principal es enseñar a nuestras poblaciones a desmontar narrativas que se usan para justificar guerras, ver el escenario internacional como lo que efectivamente lo es – una lucha constante para imponer una unipolaridad en lo que es, por lo menos en la actualidad, un mundo irreversiblemente multipolar– y, más importante, comprender la naturaleza del poder, cómo se ejerce este, y cómo se debe analizar. Sin hacer esto, los derechos humanos seguirán siendo meramente un “concepto” que permite su fácil instrumentalización, con fines de construcción narrativa para destruir las economías de los adversarios en un conflicto geopolítico global. Así, no les quedarán derechos algunos, humanos o no humanos, a los pueblos del Sur.

Código para noticias 2434

etiquetas

Su comentario

Usted está respondiendo
Indicio de comentario
8 + 3 =