publicado el: 25 mayo 2022 - 08:38

Terrorismo: arma de guerra asimétrica en América Latina y Asia Occidental

AUTORA: JESSICA PERNÍA. ILUSTRACIÓN: ETTEN CARVALLO
Terrorismo: arma de guerra asimétrica en América Latina y Asia Occidental

Segundo Paso para Nuestra América.- La reciente escalada de ataques terroristas a objetivos políticos militares iraníes ocupa un sitio estratégico en el debate público. Estos sucesos, hacen  visible el impacto que tiene en cada región del mundo la lógica impuesta a partir del conflicto geopolítico protagonizado por las fuerzas imperialistas norteamericanas e Israel como punta de lanza en el Asia Occidental contra naciones no alineadas como Irán, o el despliegue de sus agentes de inteligencia (Mossad) e instructores militares en diversos países de Latinoamérica, así como el uso de la política de “Guerra contra el Terrorismo” como arma de doble filo, basada en la utilización ideológica del término tras los atentados del 11 de septiembre; forzando una alineación automática a los intereses de las potencias occidentales y justificando el accionar del sionismo contra la población palestina, colombiana, iraquí, venezolana o cualquiera que limite su posicionamiento en el tablero del poder.

Estados Unidos y su principal aliado, Israel, sostienen una política permanente de acoso, colonización e injerencia tanto en el Asia Occidental como en la región latinoamericana, precisamente como parte de la defensa y extensión de sus intereses en el globo.  Aunque parezca que el conflicto occidente – Asia Occidental no debería influir en la política regional, cada vez es más evidente que se debe tener un ojo puesto allá y el otro aquí, para entender el complejo entramado político, económico y militar que arropan las relaciones geopolíticas mundiales.

Para conquistar mercados, controlar el tránsito de materias primas y bienes manufacturados en los corredores comerciales del mundo y sostener su hegemonía en el ecosistema capitalista, las potencias occidentales han utilizado la guerra, solapando las intenciones intervencionistas y colonizadoras bajo el discurso antiterrorista, así como también el de la defensa de los derechos humanos, para acosar y justificar el terrorismo contra la institucionalidad establecida en países soberanos y no alineados.

Existen muchos ejemplos de la utilización de la política “antiterrorista” en Latinoamérica que preceden a la propia guerra fría, y contradictoriamente, también existen muchas pruebas de la utilización de grupos terroristas para la desestabilización y el intervencionismo que desde el terreno de la diplomacia agresiva de EEUU y sus aliados, se traduce en la aplicación de embargos o sistemas de sanciones coercitivas unilaterales.

La huella del terrorismo en América Latina

Existen muchos ejemplos en toda la región sobre los actos terroristas cometidos por diversos actores de la política hemisférica, pero la intención es identificar paralelismos en estos actos con lo que actualmente ocurre en Asia Occidental, visibilizando la utilización del terrorismo metódicamente como herramienta de estados agresores en contra de naciones soberanas.

Cuba, nación que ha señalado la necesidad de apoyar la Estrategia Global de las Naciones Unidas Contra el Terrorismo, ha sido víctima de actos terroristas que han segado la vida de 3478 personas aproximadamente y herido de gravedad a 2099, debido a los diversos ataques de la contrarrevolución terrorista, financiada precisamente por Estados Unidos y entrenada posteriormente en este tipo de actos por agentes del estado israelí, durante los sesenta años de la Revolución Cubana. Hitos de la historia del siglo XX, son la invasión a Bahía de Cochinos y los atentados de 1976, que incluyen el derribo con explosivos del vuelo 455 de Cubana de Aviación.

Venezuela, asediada desde el ascenso de Hugo Chávez al poder y el establecimiento de una nueva constitución, padece las consecuencias de actos terroristas que han tenido lugar en diversos períodos, siempre con la conducción, promoción y fomento del departamento de estado norteamericano y sus aliados. Desde el sabotaje petrolero, que llegó a fondear un buque repleto de combustible en la cercanías del puente sobre el lago de Maracaibo, pasando por las “guarimbas”, sostenidas con fondos yanquis y europeos destinados a organizaciones no gubernamentales y partidos políticos opositores que azotaron las calles de las principales zonas residenciales de las grandes ciudades del país, el intento de magnicidio al Presidente Nicolás Maduro con drones, hasta la intentona golpista del 30 de abril de 2019, asesorada por agentes del Mossad israelí; los actos de extrema violencia han sido sostenidos y siguen teniendo consecuencias catastróficas para la economía y la sociedad venezolana. Pero en la política de doble rasero, el castigo y la sanción a este tipo de actos son señalados como violación a los derechos humanos o terrorismo de Estado, resquebrajando la institucionalidad y la gobernabilidad, imponiendo condiciones al ejercicio soberano de la justicia nacional, mediante la imposición unilateral de sanciones.

Colombia, cuya guerra se extiende ya a casi 7 décadas de conflicto, ha sido el laboratorio de verdaderas operaciones terroristas en la región. La estigmatización de grupos guerrilleros como las FARC y el ELN como responsables de la violencia nacional, sirvió como excusa para el surgimiento de los brazos armados de las oligarquías y burguesías narcotraficantes: los paramilitares. Los métodos de estas organizaciones pretenden sembrar terror en la población, a través de la mutilación o exposición de los actos de desmembramiento de deudores,  civiles inocentes, líderes sociales  o combatientes guerrilleros. Con el dinero del sicariato y del narco,  controlan vastas extensiones de territorio incluyendo las zonas fronterizas con Venezuela, Ecuador y Brasil, sosteniendo actividades criminales como la trata de personas, la pornografía infantil, el tráfico de órganos, el tráfico de combustible, entre otros delitos. En una evidencia de simbiosis con el Plan Colombia y las bases norteamericanas que en lo que va de siglo se multiplicaron por el territorio, el paramilitarismo convive también con el ejército colombiano, entrenado y asesorado por las agencias de inteligencia de EEUU e Israel, acompañante de las aventuras violentas de la oposición venezolana. El proceso de paz defenestrado por el partido gobernante, no detuvo la matanza de líderes sociales, actividad asumida por el ejército colombiano bajo el manto de la política de “seguridad democrática” implementada por Uribe en la década del 2000, que cobró la vida de miles de colombianos bajo la figura del falso positivo; política que ofreció al pueblo colombiano como carne de cañón al premiar el asesinato combatientes guerrilleros catalogados como terroristas.

Paralelismos

Podemos establecer paralelismos, el atentado contra el General Hassan Soleimani con drones, guarda semejanzas con el intento de magnicidio de Nicolás Maduro; los métodos de tortura y asesinato de los paramilitares colombianos se alinean con el ejercicio del terror de las fuerzas del DAESH en Siria e Irak, el acorralamiento, el despojo y la persecución hacia la población palestina coincide con el proceso de desplazamiento del pueblo campesino colombiano y el exterminio de sus liderazgos. El resquebrajamiento de la institucionalidad y el establecimiento de gobiernos paralelos en Venezuela y en Siria han llevado al borde de la guerra a la primera, y a la guerra misma a la segunda. El asesinato del coronel Sayyad Khodai en Irán, guarda un escalofriante parentesco con los métodos del sicariato colombiano.

En un contexto de hiperconexión global, de inmediatez de la información y de ampliación de las comunicaciones humanas, es ingenuo pensar que no se trata de métodos y estrategias propios de las guerras asimétricas. Que la financiación, preparación y armamento de grupos terroristas se da de forma espontánea por circunstancias nacionales, o que la guerra no es una industria que permite mantener a flote dinámicas del mercado global que favorecen a los países fabricantes de armas.

La maniquea postura de occidente respecto a la utilización de la guerra contra el terrorismo, favorece la discrecionalidad de la hegemonía norteamericana y sus aliados sionistas en todas las regiones del globo, pero desvirtúa el combate a este flagelo.

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