Colombia a las puertas de un cambio histórico: un pacto de futuro o la máscara del poder tradicional

Segundo Paso para Nuestra América.- Los resultados de la primera vuelta presidencial de Colombia, celebrada el 29 de mayo de 2022, dan cuenta de un acontecimiento histórico: el derrumbe político del uribismo, que hegemonizó el poder durante los últimos 20 años, y el entierro definitivo de las expresiones políticas tradicionales. Sin embargo, el cambio que es ya un hecho en la voluntad popular no está consumado aún, pues la segunda vuelta electoral enfrentará a la fórmula del Pacto Histórico, Gustavo Petro y Francia Márquez, quienes representan un movimiento amplio de izquierdas, con un candidato “outsider” con un discurso “antiestablecimiento”, que resulta ser la máscara de las élites económicas y políticas, y la última estrategia del uribismo para sobrevivir.

Los resultados de la primera vuelta de la elección presidencial de Colombia, realizada el 29 de mayo, enuncian, tempranamente, antes de la definición real y efectiva del nuevo presidente, la constitución de un nuevo espacio político en el país suramericano. En este sentido, estamos frente a un acontecimiento histórico. Sin embargo, es necesario hacer un análisis en dos perspectivas para poder aprehender el escenario político que se ha abierto a partir de esta fecha.

Pero antes, es preciso describir los hechos: La fórmula del Pacto Histórico, que aglutina las voluntades de los distintos sectores políticos de izquierda en torno a las figuras de Gustavo Petro y Francia Márquez como candidatos a presidente y vicepresidenta, ha ganado la primea vuelta con alrededor de 40% de los votos. En el segundo lugar, con 28%, y quien disputará al binomio Petro-Márquez la presidencia de Colombia en segunda vuelta, está Rodolfo Hernández, hasta hace poco un político de poca monta, millonario del sector de la construcción afincado en Santander, quien se incorporó a la carrera presidencial como un “outsider” que basó su discurso en la denuncia generalizada de la corrupción de los políticos tradicionales y en una imagen chabacana potenciada como “popular” mediante el uso estratégico de redes sociales. En tercer lugar llegó Federico Gutiérrez, el candidato “formal” del uribismo, con 23%.

La primera lectura es contundente: se trata de la caída simbólica del estamento político colombiano. Pasarán a segunda vuelta, por un lado, una fórmula izquierdista que demuestra por primera vez cierta solidez unitaria y, también por primera vez, lo hace como favorita; y por el otro, una figura emergente que se montó sobre el mismo rechazo popular a las identidades políticas históricamente desgastadas. El candidato apoyado por el gobierno de Iván Duque y la oligarquía colombiana, Federico Gutiérrez, quedó relegado a un vergonzoso tercer puesto, que representa la tumba de 200 años de hegemonía sociopolítica.

Este es el gran acontecimiento. Al menos desde un punto de vista fenomenológico, el cambio político ya ha sucedido. La segunda vuelta presidencial del 19 de junio se disputará entre dos identidades políticas que rechazan al establecimiento. Si Federico Gutiérrez hubiese pasado a segunda vuelta, estaríamos hablando de una contienda entre la política tradicional y algo nuevo. Pero esto no fue lo que sucedió, los partidos de la oligarquía colombiana, tanto los viejos como las nuevas fórmulas del uribismo, quedaron a partir del 29 de mayo borradas del mapa político.

La explicación inmediata de esto debe inequívocamente comenzar por las revueltas populares de 2020 y 2021. Las protestas masivas contra las reformas tributaria, sanitaria y laboral de Iván Duque se convirtieron en el significante vacío, para usar el esquema teórico de Ernesto Laclau, que amalgamó las demandas de todas las clases subalternas: los trabajadores, los desempleados, los estudiantes, los jóvenes “ninis” (ni trabajan ni estudian), los campesinos; y todas las identidades: las mujeres, los indígenas, los afrocolombianos, las comunidades LGBTIQ+. Durante casi dos meses, gran parte del país estuvo, casi literalmente, en llamas.

Y la reacción por parte del poder fue brutal. Los operativos policiales, militares y paramilitares generaron un saldo de miles de heridos, cientos de muertos, decenas de casos de mutilaciones y violaciones por parte de elementos de la fuerza pública. Todo esto lo que hizo fue galvanizar el movimiento. Aunque las propuestas eventualmente amainaron y el pueblo dejó las calles, esos acontecimientos se transformaron en un genuino momento político.

El resultado fue que se hizo evidente la necesidad de transformar la revuelta en una identidad política amplia e incluyente que respondiera al horizonte común que efectivamente había definido las manifestaciones: el hastío por la política de siempre y la voluntad generalizada de producir un cambio. Así nació el Pacto Histórico. Este es el origen del hecho de que una figura como Gustavo Petro, quien ya había sido dos veces candidato a presidente y era una cara conocida y no exenta de polémicas, lograra posicionarse como favorito en todas las encuestas. Es bastante elocuente que, luego de las primarias de marzo, el “petrismo” haya tomado la decisión de proponerle a Francia Márquez, una líder de base, mujer, afrodescendiente, jefa de hogar de extracción genuinamente popular, dirigente comunitaria y símbolo de la lucha anticorporativista y ambientalista, que fuera su fórmula vicepresidencial.

Con este “pacto” se cerraba la apuesta por un frente lo suficientemente amplio que abarque tanto a una izquierda moderada, de discurso comedido (Petro), hasta las identidades efectivamente populares (Márquez). Tanto es así que en las formas de la campaña de primera vuelta se ponía en evidencia una estrategia disociativa: Petro y Márquez hacían actos de masas juntos, pero también separados, cada uno por su cuenta hablándole a su público, apelmazando sus respectivos bloques.

Así se completaba, en lo concreto, esta lógica populista de articulación política, siguiendo con el esquema teórico del Laclau. Pero esto es solo la mitad de la historia.

En la otra esquina tenemos a Rodolfo Hernández, un personaje hasta hace unos meses desconocido en la gran mayoría del país. A pesar de sus 77 años de edad, su experiencia política es bien corta. Había sido alcalde de Bucaramanga, en el departamento de Santander, entre 2015 y 2019, donde, al igual que ahora a la carrera presidencial, se presentó como independiente. Su imagen está embebida de polémica. Se trata de un personaje oscuro, un millonario dedicado a los negocios de la construcción y el mundo inmobiliario. Un sujeto impresentable que fue suspendido de su cargo de alcalde en dos oportunidades, una de ellas por agresión, tiene abierta una investigación por corrupción y debió renunciar a su cargo de alcalde por este motivo.

Su incursión en la contienda presidencial se montó sobre una estrategia de campaña “alternativa”, al estilo Donald Trump. Hace uso intensivo y bien logrado de la comunicación vía redes sociales, donde propaga mensajes dirigidos a los sectores populares desencantados con la política tradicional. Ha sido llamado “el viejito del Tiktok”, ya que en esta red social se presenta con una imagen desenfadada, graciosa y que logra convertir la chabacanería en un discurso “popular”, es decir, se presenta como un candidato que entiende lo que piensa y siente el pueblo y habla como lo hace la gente.

Rodolfo Hernández también afincó su campaña presidencial sobre el descontento generalizado respecto a las clases políticas. Su discurso se enfoca en la corrupción de “los políticos de siempre”, en mensajes simples que hablan de que, si se saca a los corruptos y se administra el Estado eficientemente, todos los problemas se pueden resolver. Su lenguaje es soez y pendenciero, llama ladrones a todos los políticos, en especial al gobierno de Iván Duque, contra quien ha enfilado la mayor carga de sus baterías. Es la otra cara de la articulación populista del discurso político. Es otro significante vacío que recoge todos los descontentos, las rabias y las esperanzas de un pueblo históricamente maltratado y las compacta en una identidad potente y agresiva, pero desprovista de toda la “palabrería” política que también genera cansancio en el ánimo popular.

Con este panorama se llegará a una segunda vuelta que, como quedó dicho más arriba, formalmente estará limpia de uribismo y partidos tradicionales. Esto es muy importante como primer punto de análisis. Gane quien gane en el balotaje, la expresión popular materializada en votos ha defenestrado a toda la clase política que gobernó Colombia por 200 años. Quedó demostrado con la fuerza documental de los sufragios lo que ya se había sentido en las calles los dos años anteriores, que le gente ya no quiere más nada con las oligarquías políticas. Las mayorías ya no les creen, ya no los quieren y han condensado una firme voluntad política de cambio. He aquí un hito histórico.

Ahora bien, debemos entrar en el segundo nivel de análisis. ¿Quién ganará la segunda vuelta? ¿Cuáles son las identidades políticas que están realmente en contienda?

Para abordar este asunto, hay que, primero, comprender que el poder establecido, la oligarquía colombiana, no está sencillamente fuera del escenario, no podemos partir de la cándida premisa de que fueron eliminados y ya no serán actores de esta carrera electoral. Estamos en un campo político polarizado, y que se polarizará mucho más en los próximos días. En segundo lugar, es necesario siempre atravesar el análisis con el contexto sociopolítico de Colombia. Se trata de un país permanentemente convulsionado, con niveles extremos de violencia política, marcado por el narcotráfico, el paramilitarismo, los restos de la insurgencia guerrillera y un Estado fracturado cuya soberanía se ejerce precariamente en buena parte del territorio por medio de lógicas mafiosas.

Hay que decir, sin ambages, que el uribismo, ese monstruo político que ha dominado el Estado colombiano durante los últimos 20 años, no está muerto. El resultado del 29 de mayo podría entenderse, sin riesgo de exagerar, como un producto suyo. Entendamos lo siguiente: el candidato del uribismo, es decir, del partido Centro Democrático, era Oscar Iván Zuluaga, exministro de Hacienda de Uribe. Esa candidatura no logró levantar vuelo, se desmoronó tempranamente. La imagen de Álvaro Uribe se convirtió en un anatema político desde los últimos escándalos judiciales que lo involucran formalmente en la comisión de graves crímenes. Además, el gobierno de Iván Duque terminó de derrumbar la imagen de su partido, con una terrible gestión en todo sentido, particularmente en el manejo de la crisis económica y pandémica. El 72% de la población rechaza a Duque y 68% rechaza a Uribe, según datos de la encuestadora Invamer en noviembre de 2021. Es decir, el uribismo sabía hace tiempo que debía pivotar su estrategia para seguir ejerciendo el poder. Se decantaron entonces por la figura de Federico Gutiérrez, quien se había lanzado con aires independientes, como parte de una “coalición de alcaldes”, para concentrar allí las fuerzas cuyo principal objetivo era y es detener el avance de la izquierda personificada en Gustavo Petro. Si bien “Fico”, como lo llaman, pretendía distanciarse de la mala imagen de Duque y Uribe, nunca excluyó la alianza con este sector; y no solo eso, su discurso no era especialmente contundente contra el uribismo, más bien le coqueteaba luciendo pretensiones de “amplitud”.

Con Gutiérrez llegaron a primera vuelta, pero mucho antes del 29 de mayo ya se sabía que este señor no podría darle la pelea en condiciones a la fórmula de Petro y Francia Márquez, que no mostraba ningún signo de erosión o desgaste.  Fico fue identificado con el uribismo y, aunque contó con todo el apoyo de las derechas, el gobierno y el poder empresarial, estaba claro que no era suficiente. Así que surgió el gallo tapado, Rodolfo Hernández. Como dijo en Twitter el periodista colombiano Félix de Bedout el mismo día de la elección: “Quemado tempranamente el plan A, hundido estrepitosamente el plan B, se activa el plan C”.

Hernández aparenta no tener compromiso alguno con el gobierno y los políticos. Pero es un empresario del negocio inmobiliario y de la construcción, que necesariamente ha desarrollado relaciones políticas desde hace mucho tiempo. Él mismo ha declarado su agradecimiento a Álvaro Uribe por haberlo apoyado en su campaña política para la Alcaldía de Bucaramanga. Es una ficha de este, aun cuando posiblemente él mismo crea que no lo es. Uribe se sabe rechazado y diseñó una estrategia de dispersión. Controlaba a la figura que lo reivindicaba, la que lo trataba con distancia y la que, supuestamente, lo rechaza. Que Álvaro Uribe sea un personaje siniestro y condenable no debe hacernos evadir el hecho de que es un hábil político que ha cultivado una red de poder de largo alcance en su país.

Cuando Rodolfo Hernández hace gala de su chabacanería, explota sus “defectos”, como su ignorancia en términos de cultura general, su lenguaje decididamente vulgar e incluso su figura violenta y retrógrada, obviamente está lanzando anzuelos de empatía a las clases más populares, movilizando el voto de la plebe, la masa no politizada que lo identificará como alguien “distinto de las élites” y más bien “parecido a nosotros”. Puede que sea una visión todavía elitista y despreciativa de la identidad de “lo popular”, pero lo cierto es que en la práctica lo pone más cerca de este estamento que lo que están los otros candidatos. Esto sumado a una estrategia de mensajes simples, llanos, concentrados tercamente en el discurso anticorrupción, produce la construcción de una potencia política que se mueve fluidamente entre lo racional y lo emocional.

Un analista despistado podría suponer que todo lo anterior debería ser rechazado por las élites económicas y políticas de Colombia. Pero no hay que olvidar un elemento muy importante, quizás el más importante de todos: no hay nada que despierte más odio y temor en las élites y sus partidos que la posibilidad del advenimiento de un gobierno de izquierda. En este sentido, las derechas tienen la capacidad de articularse más rápida y eficazmente que las izquierdas. No dudan ni un minuto en cerrar filas “en contra de”, sin perder tiempo en los “a favor de”.

La misma noche del 29 de mayo, Federico Gutiérrez anunció su apoyo a Rodolfo Hernández, sin la menor dificultad. El candidato más ubicado hacia el centro, Sergio Fajardo, titubeaba el lunes 30 de mayo sobre a quién endosarle su 4% de votación. Dijo que Hernández lo había llamado la misma noche de la elección y que él lo conoce y se han entendido… y que por el lado de Petro nadie había hablado con él. Es decir, tratando de darse una importancia que no tiene, queda asomado el hecho de que su preferencia es hacia Hernández antes que a Petro. Aunque su antiguo compañero político, Antanas Mockus, había apoyado a Petro en la elección presidencial de 2018 contra Iván Duque, la característica típica del centro es que, en momentos de polarización, tiende más fácilmente a decantarse por la derecha. Comparte su aversión por todo lo que representa la imagen de un eventual gobierno de izquierda.

Todos los candidatos y figuras políticas, así como distintos analistas de medios de comunicación, han repetido las mismas frases: “Petro es una amenaza para la democracia” y “sería un salto al vacío”. Ya tenemos la línea discursiva de la derecha en la segunda vuelta. Por otro lado, desde el mismo lunes 30 de mayo comenzó una campaña comunicacional dirigida a “lavar” la imagen de Rodolfo Hernández para tratar de sumarle los votos de las clases medias. Destacan su perfil “empresarial” y recurren a la tradicional imagen familiar, poniendo el foco, por ejemplo, en su esposa: “Meticulosa y de carácter santanderiano”, tituló una nota de Infobae. Ha surgido incluso la frase “cambio con orden”, que busca calar la idea de que se distancia tanto del gobierno como de Petro.

Gustavo Petro y Francia Márquez representan a la Colombia que decididamente ha estado en resistencia y combate frente a una élite económica que ha recurrido sin escrúpulos al narcotráfico y al paramilitarismo para ejercer su poder. El mundo campesino identifica en el Pacto Histórico la esperanza de que la paupérrima situación que vive hoy, azotado por la pobreza y el asesinato sistemático de sus líderes, pueda definitivamente cambiar para mejor. Los pobres ven una alternativa de gobierno que, por fin, los ponga como prioridad. Los movimientos progresistas saben que es el único camino para avanzar, así sea poco. Los estudiantes, los jóvenes de la revuelta de 2021, saben que se trata de la única articulación política viable. Salud y educación públicas garantizadas, más empleo y mejores salarios, fin de la persecución, respeto a los acuerdos de paz, reforma fiscal progresiva, unificación de pensiones, ingreso mínimo vital, estructura anticorrupción, derechos efectivos para las comunidades negras, indígenas, campesinas, justicia e igualdad de género. Todo esto forma parte de las propuestas y el discurso de Petro-Márquez y ha logrado mantenerlos en primer lugar.

Con 8 millones y medio de votos, les hacen falta un millón más de sufragios para asegurarse la presidencia. La pregunta es ¿de dónde los sacarán? Pasemos así al análisis numérico y la proyección de escenarios de segunda vuelta.

El Pacto Histórico se consolidó como favorito con 40,32% de los votos efectivos, superando en cinco puntos las proyecciones de las encuestas. Esto se traduce en 8.527.768 sufragios. Rodolfo Hernández obtuvo 28,15%, es decir, 5.953.209 votos. Aunque la diferencia es contundente, está lejos de ser suficiente porque Federico Gutiérrez se llevó 23,91%, o lo que es lo mismo, 5.058.010 papeletas. Solo 900 mil votos menos que Rodolfo Hernández. De esto se entiende fácilmente que la fuerza del segundo y el tercer lugar reúne las condiciones para, matemáticamente, ganarle al primero. Los votos de Rodolfo Hernández y los de Federico Gutiérrez, sumados, superan el 50% de la votación. El 4,2% de Sergio Fajardo, 888.585 votos, se convierten en este escenario en algo insignificante, porque no le hacen falta a la derecha para ganar y porque, en caso de que se sumaran a Petro (improbable), tampoco les serían suficientes para lograr el triunfo.

Aunque Petro y Márquez son sin duda la fórmula favorita, hay que decir que el primer escenario en términos de posibilidad real es el que acabamos de describir. La derecha, o sea Hernández y Gutiérrez, con el uribismo detrás, tiene un sólido compromiso de unidad para derrotar al Pacto Histórico. Y, al menos formalmente, tienen chance de lograrlo. Algo parecido ya ocurrió en la reciente elección presidencial de Ecuador, cuando el candidato de la izquierda, Andrés Arauz, se impuso en primera vuelta con 32% frente a 19% de Guillermo Lasso. Tenía porcentualmente más ventaja que la que obtuvo Petro sobre Hernández. Pero en la segunda vuelta se fueron con todo contra el candidato del “correísmo”, que de paso “limó” su discurso creyendo que podría abarcar a sectores moderados. El resultado fue que Lasso ganó la presidencia con 52,5%. Además de la matemática, están presentes razones que tienen que ver más con el realismo político concreto, como veremos un poco más adelante.

La participación electoral en este proceso fue de 54% del padrón. Esto deja 46% de votantes que no han sido convencidos ni motivados por nadie. El Pacto Histórico tiene que mantener su 40% inicial y lograr sumar votos de este difícil sector. No se trata solamente de abstencionistas, la no participación electoral tiene en muchos casos que ver con la violencia política extrema en la cual viven muchas comunidades de la Colombia profunda. Petro y Márquez deben, además, arrancar votos al mismo Rodolfo Hernández, tal vez haciendo evidente y explotando su relación con Uribe y así ganándose en parte de este sector el lugar de legítimo representante de la alternativa antiuribista. Lo más difícil será tratar de obtener votos del sector de Federico Gutiérrez, decididamente “antipetrista”. En este caso lo mejor sería tratar de incentivar su abstención. Los votos de Sergio Fajardo lo más probable es que se dividan, una parte a la abstención, otra a Rodolfo Hernández y, solo quizás, una muy pequeña a la fórmula del Pacto Histórico. Esto es esperable aún si se llegara a dar un acuerdo Petro-Fajardo, que luce poco probable.

Entonces, el foco está en ese espacio que representan los votantes que se abstuvieron en primera vuelta. La derecha, agrupada en torno a Hernández, políticamente profundizará su “antipetrismo”, radicalizando el discurso del miedo y concentrándose en la demonización de Gustavo Petro. Tratarán de convertirlo en sinónimo de caos y desastre nacional, de crisis económica y pobreza. Es seguro que intensificarán la “carta Venezuela”, es decir, identificar a Petro con el chavismo y al chavismo con la crisis económica venezolana.

Pero la estrategia no será solo política ni positiva, es decir, que solo busque sumar votos para sí. La derecha, respaldada por el Estado, los sectores económicos más poderosos, el narcotráfico y el paramilitarismo, se encargará de incentivar por todos los medios de fuerza la abstención del voto petrista. Tratarán de evitar a toda costa que las comunidades rurales donde el Pacto Histórico mostró mayor favoritismo en primera vuelta logren ejercer su derecho libremente. Los métodos son conocidos: utilizarán el amedrentamiento, las amenazas, los asesinatos, el “paro armado”, el sitio militar de comunidades enteras. Los datos de la primera vuelta les facilitan un mapa claro sobre dónde, específicamente, deben implementar una estrategia de terror.

El discurso de la campaña de todos los candidatos de la derecha prácticamente desapareció el conflicto armado, como si Colombia fuera un país donde no hay una guerra civil de casi 80 años. Pero la verdad es que la guerra es un elemento determinante en las elecciones colombianas.

Tampoco hay nada que haga pensar que no se repetirán las operaciones de compra de votos, como ocurrieron en 2018, y donde se vieron comprometidos tanto Iván Duque como Álvaro Uribe Vélez. Los escándalos por las pruebas de estos delitos electorales tuvieron mucha importancia en el deslave de la imagen del uribismo.

La campaña del Pacto Histórico para la segunda vuelta del 19 de junio no debe cometer los mismos errores que cometió, por ejemplo, Andrés Arauz en Ecuador. Pretender que moderando el discurso y ablandando su imagen conseguirán votos de la derecha, más que simple ingenuidad, sería una gran torpeza. El discurso con el que ganaron la primera vuelta, con el que han logrado aglutinar a una mayoría política nacional no debe ser desechado. Por el contrario, debe ser profundizado y ampliado, entendiéndose esto último como la decisión de llegar más allá de donde han llegado, buscar a los sectores populares que no se han sentido convocados e incorporarlos en su propuesta política.

La izquierda ha cometido durante la historia reciente, tanto en países de América Latina como en Europa y otras latitudes, dos errores fundamentales, que se relacionan entre sí y tienen un obvio origen común. El primero es el que acabamos de señalar aquí: pretender sumar votos en sectores acomodados, clases medias altas y comunidades cuyo voto es supuestamente racional, como los intelectuales, profesionales y académicos, pero que en realidad ejercen un voto profundamente emocional en contra de lo que identifican como “atraso”, “caos”, “ignorancia” y “pobreza”. La polarización hace imposible tal pretensión.

El segundo error es la tendencia, lamentablemente repetida en muchos sectores de la izquierda en muchos países, y que tiene una bochornosa base en cierta interpretación de los textos marxistas, a despreciar a los sectores más excluidos. Esos sectores de clase realmente baja, los más pobres, los que no trabajan, los que son identificados siempre como “delincuentes” sencillamente por ser lo que son, los que comen poco, los que “se portan mal”, los que no comparten los valores morales del contrato social revindicado por las instituciones. Esos sectores, llamados “lumpen”, son los que tienen la oportunidad de saltar al frente en una verdadera ola de cambio social. Si vamos a ampliar la base, es por aquí por donde hay que empezar. En lugar de querer “subir” y buscar la gracia de la gente con dinero, hay más bien que “bajar” y capitanear la rebelión de los pobres.

La izquierda debe abandonar su pretensión de “vanguardia luminosa” que conducirá al pueblo a la revolución. Esto lo único que ha traído es la distorsión continuada de los proyectos políticos emancipadores. Es el origen común de los errores arriba enunciados. La articulación política debe comenzar en la realidad, en la búsqueda de lo común, el establecimiento de lazos, en la cooperación productiva, en el parto de una verdadera nueva subjetividad que necesariamente será múltiple, diversa y autoproductiva.

En resumen: Petro debe buscar el millón de votos que le faltan en la población que se abstuvo en primera vuelta, en los sectores populares y en la base antiuribista del mismo Rodolfo Hernández.

Para terminar, es preciso señalar un elemento importante en cuanto al análisis de la comunicación política en este caso, pero que ameritará un comentario más extenso en otro artículo. El rol de las redes sociales y los mensajes y formatos que estos medios digitales han generado y puesto en el centro de los sistemas de comunicación.

En esta campaña política se hizo muy evidente que tanto Rodolfo Hernández como Gustavo Petro desarrollaron estrategias de contenido en redes como TikTok y Facebook, que cada vez tienen mayor importancia en la definición de los escenarios políticos. Las redes, si bien no son medios propiamente “masivos”, permiten el ejercicio de un tipo de comunicación que está demostrando ser incluso más eficaz que la comunicación de masas: la comunicación segmentada. La segmentación funciona aquí tanto para la separación de públicos por gustos, intereses, perfil demográfico, perfil psicográfico, comportamiento online, como para la separación del discurso, la definición de mensajes independientes, incluso contradictorios, dirigidos a cada uno de los segmentos antes definidos. Esta comunicación consiste en el mensaje corto, directo, simple, desprovisto de cualquier complejidad, que busca la identificación por emotividad (humor, amor, temor, rabia, indignación, empatía) y excitación sensorial (audio y video de alta calidad, filtros y efectos digitales, estética y lenguaje disruptivos); pero también persigue un tipo particular de identificación racional, el llamado “sesgo de confirmación”. No importa si la gente ha sido expuesta a distintos mensajes, se quedará siempre con el que “confirme” sus creencias y los parámetros y explicaciones que considera “propios”.

Lo cierto es que, a partir del 29 de mayo, Colombia ha dado un paso al frente en la historia. El país está a las puertas de un cambio real hacia el futuro, la consolidación del derrumbe político de las clases hegemónicas, o un cambio falso, un engaño tejido por los sectores más reaccionarios para tratar de sortear la crisis política que ellos mismos, con su ciega y criminal sed de poder, provocaron y pretenden eludir con su acostumbrada soberbia e impunidad.

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