publicado el: 20 septiembre 2022 - 08:39

El hijo del pueblo y la reina infausta I

AUTOR: RAMÓN MEDERO. ILUISTRACIÓN: ETTEN CARVALLO
El hijo del pueblo y la reina infausta I

Segundo Paso para Nuestra América.- La muerte de Isabel II coincide con la publicación del libro El hijo del pueblo. Memorias del presidente mártir Mohammad ‘Ali Rayaí (El Faro, Bogotá). Ramón Medero nos ofrece acá un minucioso ejercicio comparativo entre la difunta reina y el segundo presidente de la Revolución Islámica de Irán, personajes que son completamente antitéticos. Pone al descubierto no solo el centenario oficio de pillaje que caracteriza a la realeza británica, sino que cita algunos testimonios recogidos en el referido libro para destacar los rasgos de bondad, honestidad, humildad, dignidad y heroismo de Rayaí. Todo ello le sirve para afirmar que existe una alta probabilidad de que la difunta reina haya jugado un papel importante en el sicariato cometido contra Rayaí en 1981.

Mi querida esposa! Hasta la resurrección, en la

cima de las montañas y en la llanura,

los fuegos del enemigo nos arrastrarán a la tierra,

nuestros cadáveres ensangrentados, sin que

nuestros queridos se den cuenta.

¡Mi querida esposa! Aunque la vida es dulce,

deseo, con un deseo profundo, sacrificarme en el

camino de la humanidad.

Me gustaría ser una gota nítida en el río de la

vida, para morirme en el regazo del mar.

¡Mi querida esposa! No escondas la cara para

evitar que los rebeldes nocturnos piensen que te

sientes tímida ante tu marido. Cuelga un tulipán

rojo en tu cuello, para que se den cuenta de que

tienes un alma fuerte.

¡Mi querida esposa! Cuida a tus niños como si

fueran tus ojos y no dejes que el polvo de maldad

e indecencia cubra sus rostros.

Si algún día te preguntan por su padre, diles

que cayó mártir en el sendero de fe, mientras

sonreía.”

(Poema de Mohammad Ali Rayaí,

en El hijo del pueblo.

Memorias del presidente mártir Mohammad ‘Ali Rayaí,

Editorial El Faro Internacional, Bogotá, 2022, pp.55 y 56)

"Como todas las mejores familias,

tenemos nuestra cuota de excentricidades,

de jóvenes impetuosos y díscolos, y de desavenencias".

Isabel II

(Discurso a los jefes de Estado

a bordo del yate real Britannia,

en octubre de 1989).

«Construimos los dos imperios más grandes

que el mundo jamás haya conocido

y les legamos nuestras jurisprudencias,

nuestras creencias y nuestros idiomas»

Isabel II

(Discurso en el Congreso de Diputados,

Madrid, 1988).

Altamente probable

La casi simultaneidad de dos recientes eventos para mí muy significativos, como son el fallecimiento de Isabel II y el arribo a mis manos del libro El hijo del pueblo. Memorias del presidente mártir Mohammad ‘Ali Rayaí (El Faro Internacional, Bogotá, 2002; y al que estaremos haciendo referencia a lo largo del artículo), me obligan a establecer un parangón entre ambos personajes, cuyas vidas se entrelazan no por venturosas circunstancias, sino porque existe una “alta probabilidad” de que esta difunta matriarca nonagenaria, a la que se le recuerda por su gesto siempre reposado y flemático, haya sido corresponsable del magnicidio (1981) de aquel, el segundo presidente de la República Islámica de Irán, hecho acontecido apenas dos años después de que el gran líder Ayatollah Ruhollah Jomeini “llegara y mandara a parar” la soberbia de Su Majestad Imperial Mohammad Reza I de Irán, el Pavo Real desplumado, Shahanshah (‘Rey de Reyes’) y suprema Aryamehr (‘Luz de los Arios’), títulos y epítetos que fueron a dar a la mismísima letrina donde la historia depone a todos los viles opresores.

Naturalmente, esta tesis no requiere de pruebas irrefutables. Al estar fundamentada en la doctrina inglesa de la “alta probabilidad”, frase acuñada por Tony Blair y repetida hasta el hastío por laboristas y conservadores, no hace falta aportar evidencias que demuestren la validez de ello, así como tampoco los señalados podrán testificar lo contrario. De allí el poder y eficacia de esta pícara e ilustrada doctrina.

No obstante, diferimos en los objetivos. La fórmula británica sirve para crear matrices de opinión que satanicen a sus adversarios, a los enemigos políticos o ideológicos; es utilizada para sembrar dudas, provocar indignación y rechazo mediante la difusión de medias verdades, especulaciones, conjeturas, mentirijillas y relatos extraídos del fabulario mediático.

En nuestro caso es diferente, no somos cretinos ni perseguimos tan innobles fines, simplemente es insustancial buscar y mostrar un documento desclasificado o la confesión de un esbirro arrepentido. Tampoco hay que mentir ni exagerar. El solo pedigrí de los opresores es suficiente prueba para elevar a 99,9% las probabilidades de culpabilidad de la ensombrerada anciana, o lo que ella representaba, en este fatídico hecho y en cualquier otro acto vandálico, sicariato, robo o fechoría que haya tenido lugar en el globo terráqueo durante los últimos quinientos años. Los exabruptos imperiales se heredan, pasan de una dinastía a otra, se pagan en retroactivo y nunca caducan.

Gran Bretaña está hundida en el fango de la ignominia y no hay que esforzarse demasiado para convencer a otros sobre ello y enardecer el ánimo de cualquiera que tenga un mínimo de sentido común. Basta con relatar las consecuencias de algunas de sus tropelías, que no son precisamente partes de una comedia al estilo de Sueño de una noche de verano, sino crudezas históricas ya trilladas. En tal sentido, suscribo la caracterización que hace Sergio Rodríguez Gelfenstein en su artículo Gran Bretaña: la ´justificación´ de un robo: “la catadura moral de la putrefacta monarquía británica no le deja mucho espacio para erigirse en defensa de ninguna causa decente. Al contrario, la clase política británica es un asco que no trasmite ni confiabilidad ni respeto”.

Para muestra un botón. ¿Acaso la crisis humanitaria actual del pueblo yemení y palestino, o lo que aconteció en Irak, Siria y Afganistán, no son pruebas suficientes para comprender el papel que juega el gobierno del Reino Unido en estas campañas sistemáticas de genocidios e infanticidios, destrucción masiva de infraestructuras estratégicas, desplazamientos, pobreza, hambre, así como la propagación y desatención de enfermedades? Para más detalles, están comprobadas, por confesión de partes, las transacciones de miles de millones de dólares en armas provenientes de ese reino que estuvo liderado por Isabel II, su Jefa de Estado, las cuales fueron a parar, y lo seguirán haciendo, a manos de gobiernos traidores que promueven la guerra, el odio y la desgracia en los pueblos árabes y en toda Asia Occidental.

Los países hegemónicos y neocoloniales se agavillan de tal manera que forman una madeja en la que cada hilo está estrechamente conectado con el todo, de modo que la acción de uno repercute en los demás porque colaboran entre sí, pagan y se dan el vuelto, fungen de victimarios y jueces al mismo tiempo. Esto significa que no es posible mover uno de estos hilos sin que toda la madeja se estremezca. En esta telaraña hegemónica, la complicidad es inevitable y el crimen siempre se comete en colectivo.

En todo caso, la extinta reina tuvo un rol simbólico e ideológico en el mantenimiento del choreto imperialismo británico (aunque siempre subsidiario del imperialismo yanqui) a lo largo de todo su mandato. La serenísima Isabel II sintió siempre una profunda atracción por Asia Occidental, pero no desde la perspectiva de un orientalismo romántico y exótico, al estilo de David Robert (1796-1864) o de Lord Byron (1788-1824), sino más bien con la distorsionada y perversa visión islamofóbica de Salman Rushdie (1947-). Son los mismos motivos que justificaron el asalto británico al mundo arabo islámico cuando colonizó en 1839 Adén, en Yemen; y los que forjaron la alianza franco- británica para apropiarse de Túnez (1881), Egipto (1882), Sudán (1898), así como también Libia y Marruecos (1912). El orientalismo de Isabel no fue el de hacer pinturitas y retablos después del té, con escenas de enjoyadas odaliscas, jardines fastuosos y guerreros cabalgando sobre briosos caballos, sino para extraer todas las riquezas del subsuelo y ubicarse geoestratégicamente en Euroasia, a medio camino entre Europa y Rusia-China.

Nos asiste la historia y el conocimiento a fondo del know how conspirativo imperial, el manual de procedimiento británico cuando se trata de guerras tercerizadas. Por tanto, reafirmo que es “altamente factible” que Isabel II haya sido coautora intelectual del magnicidio cometido por la Organización de los Moyahedin-e Jalq-e Iran contra el humilde y amado Mohammad ‘Ali Rayaí y el primer ministro Mohammad Yavad Bahonar, durante una reunión del Consejo Supremo de Defensa iraní en el año 1981. La maleta que contenía la bomba incendiaria que se dice colocó el asesino Masoud Keshmiri cerca de las autoridades iraníes era de la famosa marca inglesa Globe-Trotter, o al menos es "altamente probable"”(acá guiño el ojo en señal de sorna).

En todo caso, la organización Moӯāhedīn-e Jalq-e Iran, a principios de la Revolución Islámica de Irán, en un contexto donde su ambigua propuesta no tenía cabida en el corazón del pueblo, decidió degradarse moral y políticamente para sobrevivir. Fue así como volteó las armas hacia sus conciudadanos y cometió no solo el magnicidio en cuestión, sino otros muchos asesinatos masivos y puntuales (la cuenta supera las 12 mil víctimas iraníes). En poco tiempo, se convirtió en una secta extremista que aprendió a monetizar sus convicciones contrarevolucionarias. De esta manera, sus intereses fueron cambiando de dirección a lo largo de cuatro décadas. La obsesión patológica de derrotar a la Revolución y hacerse con el poder es hoy una fantasía que se sostiene solo por el hecho de que con ello han podido amasar grandes capitales. Esta organización siempre fue una especie de veleta empujada por los vientos más reaccionarios del planeta. No cuentan con un programa político ni económico propio, sino que su doctrina es la misma que la de los enemigos históricos de Irán.

De allí que estos camaleones, en muy poco tiempo, pasaron de ser partidarios de la Revolución Islámica al desenfreno terrorista contra el mismo pueblo por el que lucharon; luego, para colmo de la malcriadez y la hipocresía, pactaron con Saddam Hussein y, en la Guerra Impuesta o de la Santa Defensa (1980-1988), cerraron filas con las superpotencias en la descomunal e infructuosa cayapa propinada contra su propia patria y connacionales. Más tarde, durante la Guerra del Golfo (2003) que depuso a Hussein, se sumaron a la coalición occidental, la cual no solo los salvaguardó, sino que contrató sus servicios mercenarios y de inteligencia. Finalmente, mutan en Consejo Nacional de Resistencia de Irán, burda mampara que simula una mancomunidad de diversas organizaciones opositoras en el exilio. Establecen oficinas en Washington, Paris y Londres, donde ya se habían refugiado muchos de ellos. Hoy día siguen al servicio del imperialismo a cambio de protección y recursos financieros, de tal manera que nada nos impide pensar que, en ese año 81, esta rastrera pandilla de cipayos respondiera a las directrices occidentales (Estados Unidos, Francia y, por supuesto, el Reino Unido) para intentar impedir la consolidación de la Revolución Islámica.

Mohammad ‘Ali Rayaí siempre estuvo muy consciente acerca del doble rasero de los países europeos y Estados Unidos o del descaro de países como Francia, que dio asilo a los terroristas y asesinos del pueblo iraní. Por eso, a la hora de decir la verdad en defensa de la Revolución Islámica, no le importaban los protocolos o las normas diplomáticas. Le hablaba o escribía a sus homólogos occidentales con absoluta franqueza y no dejaba pasar sus falsedades. No estoy seguro si Rayaí conocía la frase del filósofo mexicano José de Vasconcelos: “con la verdad ni ofendo ni temo”, que es, a su vez, una adaptación del también famoso pensamiento del prócer uruguayo José Gervasio Artigas: “con la libertad ni ofendo ni temo”. En todo caso, Rayaí expresa esta misma idea con sus propias palabras. Por cierto, Chávez la utilizó varias veces, como cuando defendió, de manera valiente, la dignidad venezolana durante la XVII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno en Santiago de Chile (2007), ante los ataques de un Aznar fascista y de un rey Juan Carlos públicamente intolerante, agresivo e impaciente.

Cuando Rayaí asumió la presidencia de la República Islámica de Irán, recibió numerosas felicitaciones, entre ellas la de François Mitterrand, presidente de Francia. Esto le pareció indignante y no pudo evitar responderle en los siguientes términos:

“¡Usted cree en formalidades políticas, pero yo no! ¡Usted aplica una política de doble rasero, o sea, en la guerra impuesta por Iraq [contra Irán], arma a nuestro enemigo a sabiendas de que es el país agresor, pero, aun así, me felicita por ser elegido como presidente del país agredido!” (El hijo del pueblo. Memorias del presidente mártir Mohammad ‘Ali Rayaí, p. 111).

“Usted me desea buena suerte y al mismo tiempo concede asilo a algunos delincuentes como Bani Sadr y Rayavi bajo la excusa de apoyar la libertad, a sabiendas de que se han manchado sus manos de sangre de decenas de mis inocentes compatriotas, conspirando contra la integridad de la revolución popular iraní y recibiendo el respaldo del imperialismo y el sionismo mundial.” (Op.Cit., p. 148).

De acuerdo con las afirmaciones del mártir Rayaí, Francia otorgó refugio, en 1981, tanto al terrorista Masud Rajavi, uno de los principales líderes de la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (MEK), como al traidor Abolhasán Banisadr, el infame primer presidente que tuvo la República Islámica de Irán. Volviendo a nuestra teoría de la madeja o la telaraña imperialista, cómo no pensar que el Reino Unido y su Jefa de Estado no estuvieron involucrados en el magnicidio que tuvo lugar pocos días después. Los montoneros huyeron a refugiarse bajo el ala de uno de sus amos, a sabiendas de que, en breve, se ejecutaría su meticuloso plan de asesinatos masivos.

Necrología de la reina Isabel II

Como se puede apreciar, en este momento preciso de la historia, cuando queremos conmemorar la memoria de un mártir, como en el caso de Mohammad ‘Ali Rayaí, estamos obligados a hacer alusión a la muerte de Su Majestad, la reina Isabel II. Por esta razón, hemos querido escribir esta modesta necrología, aunque los calificativos no se correspondan con lo esperado por el statu quo. Empecemos.

Todos los relatos de pillaje y asedio contra Irán y el Sur Global, antes y después del triunfo de la Revolución y de constituirse la República Islámica de Irán, conducen inexorablemente a esta odiosa y nunca bien ponderada mujer.

Acá no celebramos su muerte ni la de ningún otro malhechor, respetamos su condición de mujer y no descorchamos bebidas espumosas en algarabía fúnebre. Por el contrario, para resaltar la trascendencia de tan lamentable defunción, nos dejamos llevar por los enunciados profundamente religiosos que adornan el discurso protocolar de la realeza y de su Poder Ejecutivo, el cual se autoreconoce como beato y predestinado. Por otro lado, dado que todos los actos monárquicos están bendecidos de facto por la Gracia de Dios y autorizados por Él, aun cuando se trate de malograr el bien ajeno y la vida ajena, seguimos el tono de esta misma lógica de monacal proceder y expresamos nuestro consuelo de que la ungida Isabel se haya marchado a ese otro plano donde, llegado el Día, la balanza se inclinará a favor de todos los oprimidos.

Desde mucho antes de su coronación, en 1953, a Isabel le fabricaron una imagen mediática de mujer joven y valiente, patriótica y mesiánica, la encarnación misma de los valores familiares cristianos e ingleses más tradicionales. Sin embargo, la realidad es que Isabel II gobernó los despojos de un imperio que entró en decadencia luego de la Segunda Guerra Mundial. Ya coronada, el nuevo orden internacional posbélico la obligó a asumir el rol de monarca genuflexa, al servicio del imperialismo yanqui. De rodillas, pero siempre reina, vivió solo del estatus que le otorgaban los tesoros heredados de las correrías bucaneras de sus antepasados y sobre todo del título conferido, según la tradición, por “Dios”, nada más y nada menos.

Una prueba de este carácter es que, apenas dos meses después de su coronación (2 de junio de 1953), se produjo el golpe de Estado 28 de Mordad (19 de agosto de 1953) contra el primer ministro iraní, elegido democráticamente, Mohammad Mosaddegh. Se trató de una operación conjunta entre Estados Unidos y Reino Unido, a través de la CIA y el MI6. Estas acciones encubiertas, hoy día desclasificadas y asumidas ya las respectivas responsabilidades, se ejecutaron bajo los nombres clave de “Operación Arranque” y “Operación Ajax”; la primera a cargo de los británicos y la segunda de los gringos. El plan contó con recursos suficiente para contratar mercenarios, asesinos y delincuentes de toda ralea; igualmente, sobornaron a funcionarios, periodistas y empresarios vinculados al gobierno iraní. El pecado cometido por Mosaddegh fue el de defender la soberanía y la dignidad iraní, impulsar la nacionalización de la industria petrolera y expulsar del país a los representantes corporativos extranjeros, especialmente los de la Anglo-Iranian Oil Company (AIOC).

Con este garrotazo nada democrático ni civilizado, Isabel II, recién coronada, inició su carrera de malandrina, pero sin dejar de ser persona devota. Ungida por la “divinidad” y muy apegada, como ya dijimos, a las tradiciones inglesas, aquellos supuestos atributos de valentía, patriotismo y bondad se transformaron rápidamente en mañas y destrezas de bribona, al exigir ingentes beneficios de los grandes botines y dividendos provenientes de este golpe de Estado y de los venideros, así como de las muchas guerras simétricas y asimétricas que en el futuro serían impulsadas por los Estados Unidos y la OTAN en Asia Occidental, América Latina y otros confines del Sur Global.

Isabel II, joya entre las joyas, no tuvo cabeza ni espíritu para ser otra cosa distinta de lo que le habían inculcado: una reina botaratas al tiempo que tacaña, avariciosa e insensible al mal ajeno, características que solo pueden complacerse mediante el expolio, la extorsión, el genocidio, el guerrerismo y la piratería. Cualquier donación suya o discurso televisado donde haya hecho referencia a las crueldades de las guerras, el medio ambiente, la Cruz Roja, la pobreza o a favor de las víctimas de cualquier calamidad, no fueron sino gestos de la más absoluta falsedad e hipocresía. Son las dádivas a las que obliga el cargo y que están perfectamente contabilizadas en el presupuesto anual, que además provienen del bolsillo del propio pueblo. Sus discursos solo son palabras que la gente quiere y espera escuchar de ella, pero totalmente vacías de bondad y sinceridad.

Esta pobre mujer (de espíritu, obviamente) fue, como se sabe, desmedidamente rica y a diario dilapidaba exorbitantes recursos para cubrir tanto los gastos de sus palacios como los lujos personales que derivan del ejercicio de su magnificencia, valiéndose para ello de la dotación anual del gobierno denominada "Sovereign Grant" o de sus ingresos privados, el "Privy Purse", es decir, sus excesos eran costeados por sus súbditos y por las riquezas ajenas escamoteadas a los países de la periferia, como de hecho lo hace la banca israelí-anglosajona de Wall Street/La City (Londres).

Este modelo de vida de la realeza, que goza de las bondades materiales de la tiranía, de la opulencia y el derroche, es diametralmente opuesto al camino que escogen los verdaderos revolucionarios, lleno de grandes sacrificios y privaciones materiales. Quien viene del pueblo y no olvida su origen humilde, a pesar de ostentar el poder político, siempre será amado, siempre será la hija o el hijo del pueblo.

“Pobre”, digo, porque a pesar de tanto oro saqueado, incluyendo las treinta y un toneladas de oro venezolano o las reservas libias calculadas en ciento veinte mil millones de dólares, así como la sangre derramada a lo largo de la longeva y suprema regencia de esta astuta corsaria palaciega, no podrá beneficiarse de nada de lo que obtuvo arteramente, ni tendrá amigo o amiga que interceda por ella en el Más Allá.

De este mundo partió indemne, quedaron impunes sus vandálicas y soterradas acciones, pero ahora, en las postrimerías de la muerte, lleva colgado en su cuello el peso de lo que acumuló debido a su avaricia. Decimos esto porque, si ella se asumía como una buena creyente, debemos acompañarla entonces en la certeza de que ahora sí conocerá Su verdadera Gracia y no la que ella decía haber obtenido de Él. Ya debe haberse enterado de que Dios nunca le otorgó una patente de corso.

Código para noticias 2742

etiquetas

Su comentario

Usted está respondiendo
Indicio de comentario
2 + 7 =