Gabriel García Márquez: realidad y el pensamiento mágico

"Yo creo que particularmente en Cien años de soledad yo soy un escritor realista, porque creo que en América Latina todo es posible, todo es real".

¿Por qué tendría que estar en el limbo? ¿Acaso había muerto? No. Simplemente fue un cambio de estado, un tránsito normal de un mundo físico a un mundo más fácil, descomplicado, en el que habían sido eliminadas todas las dimensiones.

Gabriel García Márquez

La literatura latinoamericana ha estado impregnada desde sus inicios de un sentido de lo mágico, que rompe de cierto modo con la tradición que en ese universo ha tratado la literatura del romanticismo europeo.

Ésta, pletórica de medievales castillos habitados de sombras, de maldecidos caballeros errantes y de bosques antiguos tutelados por arcanas deidades, carecía del elemento mediador que funde la realidad con lo mágico, ese donde la contemplación de un bloque de hielo es un acto de sublime trascendencia y la conversación con viejos espectros el acto más común.

Así la literatura latinoamericana lleva al lector a la comunión de lo real con lo mágico y lo maravilloso, esta es la poesía y la prosa de los grandes rapsodas que han cantado la alquimia cultural de América Latina, tales como Carpentier, Rufo, Fuentes, Arreola, Vargas Llosa y García Márquez.

No cabe dudas que Gabriel García Márquez es el autor literario que más ha explorado ese hondo universo en el cual colinda tanto la historia cultural del nuevo continente con lo onírico, los mitos precolombinos, las cosmovisiones africanas y el mundo mágico de tradición hispana.  El mismo García Márquez dice: «Yo he seguido buscando un personaje que sea verdaderamente la síntesis, el gran animal mitológico de América Latina».

En ese sentido podríamos aventurarnos a tratar de visorar algunos puntos de coincidencia entre el pensamiento mágico y  un sentido de lo sagrado, tal como lo define Mircea Eliade:

“El hombre entra en conocimiento de lo sagrado porque se manifiesta, porque se muestra como algo diferente por completo de lo profano. Para denominar el acto de esa manifestación de lo sagrado hemos propuesto el término de hierofanía, que es cómodo, puesto que no implica ninguna precisión suplementaria: no expresa más que lo que está implícito en su contenido etimológico, es decir, que algo sagrado se nos muestra. Podría decirse que la historia de las religiones, de las más primitivas a las más elaboradas, está constituida por una acumulación de hierofanías, por las manifestaciones de las realidades sacras (…)

El hombre de las sociedades arcaicas tiene tendencia a vivir lo más posible en lo sagrado o en la intimidad de los objetos consagrados. Esta tendencia es comprensible: para los «primitivos» como para el hombre de todas las sociedades pre-modernas, lo sagrado equivale a la potencia y, en definitiva, a la realidad por excelencia. Lo sagrado está saturado de ser. Potencia sagrada quiere decir a la vez realidad, perennidad y eficacia. La oposición sacroprofano se traduce a menudo como una oposición entre real e irreal o pseudoreal.

Entendámonos: no hay que esperar reencontrar en las lenguas arcaicas esta terminología filosófica: real, irreal, etc.; pero la cosa está ahí. Es, pues, natural que el hombre religioso desee profundamente ser, participar en la realidad, saturarse de poder.”[1]

Es de destacar que en el concepto de lo sagrado en Eliade hay una incisión entre lo real o profano y lo mágico, lo sagrado o hierofanía. En la literatura de Márquez el pensamiento mágico no tiene propiamente un divorcio entre realidad y universo mágico, y ese es el elemento fundamental en la cultura latinoamericana que es tan latente en la novelística de García Márquez.  

La investigadora Margarita Borrero Blanco sobre este tema argumenta:

“El pensamiento mágico convive junto al científico y se expresa a través de las manifestaciones del inconsciente; aflora, por ejemplo, en delirios o en lapsus, y a veces estalla en forma de temores y de miedos irracionales. En los sueños, como en el mito y en la magia, se navega sin tiempo ni espacio, se pasa de un mundo a otro sin advertirlo. Es lo mismo que ocurre en las obras de García Márquez. Las comunicaciones entre una realidad y otra son inmediatas porque ambas constituyen partes de un todo.”[2]

Es importante distinguir entre los conceptos de realismo mágico, propio de García Márquez, y el de real maravilloso de Alejo Carpentier. Los términos «real maravilloso» y «realismo mágico», suelen ser utilizados de forma indiscriminada. Alexis Márquez Rodríguez explica la diferencia entre ambas:

“Se ha dicho que García Márquez es el paradigma absoluto del realismo mágico. Lo es, pero solo en Cien años de soledad, donde su prodigiosa imaginación convierte en mágica la realidad circundante. El resto de su narrativa se ubica más bien en lo real maravilloso. La diferencia entre ambos conceptos es clara.

El realismo mágico linda con la fantasía, y, en todo caso, consiste en ofrecer una realidad real transformada en realidad mágica, en magia, es decir, en algo supuestamente sobrenatural. Ello se logra mediante diversos procedimientos dentro de la creación literaria. Es el caso de Cien años de soledad, este procedimiento tiene su base en la exageración, en la hipérbole desaforada. Abundan los episodios que, siendo unos hechos comunes y corrientes, son expuestos por el novelista con un grado tan alto de exageración, que los hace inverosímiles, no obstante lo cual, o quizás por ello mismo, logran encantar al lector.

En cambio, lo real maravilloso se da cuando el narrador describe y narra los hechos sin agregarles nada más allá de su realidad objetiva. Se basa en la existencia en la naturaleza y en la vida real de hechos insólitos que son presentados tal como son y tal como ocurrieron, mediante un lenguaje y unas técnicas narrativas especiales, capaces de convertir aquella realidad inalterada en materia estética.”[3]

Prueba de lo dicho anteriormente sería realizar una lectura comparada entre las novelas “Cien años de soledad” y la novela de Carpentier “El reino de este mundo”. El episodio de la llegada del hielo a Macondo posee ese uso hipérbole desaforada del realismo mágico, en contraste a esto en la metamorfosis de Mackandal se da el salto de lo real al plano de lo insólito y lo maravilloso. Esto último Carpentier lo definiría de la siguiente forma: 

Lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de estado límite. Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son quijotes pueden meterse, en cuerpo, alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco.”[4]

El novelista Mario Vargas Llosa brinda su opinión en correspondencia de esta distinción:

“Voy a definir muy brevemente qué diferencia, en mi opinión, las cuatro formas de lo imaginario: mágico, mítico-legendario, lo milagroso y lo fantástico. Llamo mágico al hecho real imaginario provocado mediante artes secretas por un hombre (mago) dotado de poderes o conocimientos extraordinarios; milagroso al hecho imaginario vinculado a un credo religioso y supuestamente decidido o autorizado por una divinidad, o lo que hace suponer la existencia de un más allá; mítico-legendario, al hecho imaginario que procede de una realidad histórica sublimada y pervertida por la literatura, y fantástico al hecho imaginario puro, que nace de la estricta invención y que no es producto ni del arte, ni de la divinidad, ni de la tradición literaria: el hecho real imaginario que ostenta como su rasgo más acusado una soberana gratuidad.”[5]  

Pero es en la voz del propio Márquez que se esclarece la definición de realismo mágico como parte de su monumental obra “Cien años de soledad” cuando dice:

“Yo creo que particularmente en Cien años de soledad yo soy un escritor realista, porque creo que en América Latina todo es posible, todo es real. Es un problema técnico en la medida en que el escritor tiene dificultad en transcribir los acontecimientos que son reales en la América Latina porque en un libro no se creerían. Pero lo que sucede es que los escritores latinoamericanos no nos hemos dado cuenta de que en los cuentos de la abuela hay una fantasía extraordinaria en la que creen los niños a quienes se les está contando y me temo que contribuyan a formarlo, y son cosas extraordinarias. Vivimos rodeados de cosas extraordinarias y fantásticas y los escritores insisten en contarnos unas realidades inmediatas sin ninguna importancia.”

Es justo esa realidad latinoamericana y caribeña, preñada de todo un universo mágico-simbólico, la que hace que la perpetua lluvia de Macondo (allí donde el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo) caiga en cualquier contexto humano donde la obra de García Márquez ha sido traducida. Es así que lo mismo en Atenas que en Beirut, o en Bombay, o en Yazd y en Tokio se pueda, junto con el coronel Aureliano Buendía, recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Por: Dr. Abdulwali Amílcar Aldama
Habana - Cuba


[1] Mircea Eliade. Lo sagrado y lo profano Guadarrama / Punto omega 4ta. edición 1981.

[2] Margarita Borrero Blanco, El pensamiento mágico en la obra de Gabriel García Márquez, Universidad Autónoma de Madrid, Madrid, 2010.

Continúa diciendo la investigadora:

“La imprenta permitió que el universo mítico griego y romano viajara junto con los textos bíblicos a las américas. Allí estaban destinados a mezclarse con las creencias nativas y con las llevadas de África. Esta amalgama evolucionó y aún hoy colorea el imaginario colectivo de los latinoamericanos. En Macondo, ese pueblo que no existe pero es el espejo de todos los del continente, la religión y el destino tienen una enorme importancia. Dice Mario Vargas Llosa:

En el Macondo de Cien años de soledad, como en Yoknapatawpha, de Faulkner, no existe la libertad. Un sino fatídico e ininteligible gobierna la historia de la comunidad, de la familia y del individuo, como en las tragedias clásicas. Ni la sociedad ni el hombre hacen su historia; la padecen: ella está escrita desde y para siempre.”

[3] Juan Gustavo Cobo Borda, compilador. El arte de leer a García Márquez. Texto: Gabo, de Alexis Márquez Rodríguez. Cit. Pág 20.

[4] Alejo Carpentier. Prólogo de El reino de este mundo. Ediciones Arte y Literatura, La Habana, 1982.

[5] Mario Vargas Llosa. Historia de un deicidio. Cit. Pág 529.

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