publicado el: 3 julio 2020 - 17:39
La dignidad del sol

Islamaldia – “Él siempre es así. Esta es la tradición de su familia, nunca dejan que nadie se avergüence de lo que pide de ellos. Él siempre es amable y generoso con la gente”.

Se escuchó un llamado a la puerta.

Era un hombre pobre que estaba de pie detrás de la puerta, cansado y con una mirada llena de tristeza, con preocupación, con ropa gastada y remendada, una cara confundida y cabello enredado...

Pasaba todos los días con la esperanza de un milagro en su vida... Una familia que lo estaba esperando y esperar con impaciencia a que regresara.

Se le llenaron los ojos de lágrimas... “¿Qué destino tan miserable nos sucedió a mí y a mi familia? ¿Qué pasaría si tuviera algo de dinero para alimentar a mi esposa y  a mis hijos, y con el resto, hacer un negocio, aunque sea pequeño; y poder ganarme la vida con el paso del tiempo?”

Se decía que, si se pedía ayuda al dueño de esta casa, no regresarías con las manos vacías.

La esperanza es lo único que hace que una persona vuelva a la vida... Si se quita la esperanza a alguien, este morirá...

El pobre hombre pensaba en el camino en que con esa generosidad que había escuchado del propietario de esta casa, si se le da una moneda, podría hacer muchas cosas...

En este periodo que la vida se le había quitado la alegría, se vio obligado a recurrir a cualquier persona, su orgullo fue herido y él mismo fue humillado muchas veces por los ricos.

A veces quería morir, para no ver y seguir siendo ridiculizado e ignorado por sus amigos y conocidos.

Se escuchó el ruido de los pasos de alguien, detrás de la puerta; rápidamente sacudió su ropa llena de polvo, se arregló los cabellos despeinados y en estos momentos solo pensaba en una cosa, ¿por dónde empiezo para que no piensen que soy mendigo?

A medida que el ruido de los pasos se hacía más fuerte y se acercaba a la puerta, aumentaba la angustia del pobre hombre.

La puerta se abrió y las manos de un hombre salieron por la puerta.

El hombre se sorprendió y se entusiasmó mucho a la vez por el brillo de monedas de oro entre sus manos.

Se quedó asombrado y se había privado del poder de hablar, miraba a su alrededor confundido, surgió la agradable voz del dueño de esas manos amables, quien dijo con inmensa calma: "Tome este regalo y váyase…" Sin preguntarle nada, ni dejar que solicitara algo y se avergonzara ni siquiera un poco.

El hombre pobre tomó las monedas y se fue.

Se estaba alejando de esa casa, pero era como si solo su cuerpo se hubiera alejado de allí, su mente todavía estaba en lo que pasó en esa casa.

"¿Quién era el dueño de esa casa?, ¿Acaso me conocía que me dio varias monedas de oro?, ¿Cómo sabía lo que quería?, ¿Por qué no abrió la puerta por completo para que me viera?", "¡debo saber quién es!", el hombre se decía.

Llegó al mismo comerciante que le había dado la dirección de esta casa y le preguntó de improviso.

“Amigo, ¿quién era el dueño de esa casa?”, preguntó el hombre.

“¡Hola hombre! ¿Cómo estás? Dime qué pasó”, preguntó el comerciante con una sonrisa en la boca.

“¡Me dio varias monedas de oro sin conocerme o incluso sin que me dejara traer a la lengua lo que quería!”, respondió.

Brillaron los ojos del comerciante, como si no hubiera escuchado nada extraño  y dijo:

“Él es Ali... Ali bin Musa al-Reza. Él siempre es así. Esta es la tradición de su familia, nunca dejan que nadie se avergüence de lo que pide de ellos. Él siempre es amable y generoso con la gente”.

MD/ RFM/ RN

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